Corriente Marxista Internacional

La lucha por reformas parciales

El papel que juegan las reivindicaciones es un punto también muy importante. “Todas las revoluciones se han generado en el seno del pueblo. Jamás revolución alguna apareció de pronto, armada de los pies a la cabeza, como Minerva surgiendo del cerebro de Júpiter. No hay revolución que no haya tenido su periodo de incubación, su proceso evolutivo, durante el cual las masas, tras haber formulado modestísimas demandas, llegan a concebir la necesidad de cambios más profundos y más completos. Así se les ve crecer en osadía y en arrojo, lanzándose a las más atrevidas concepciones sobre los problemas del momento y adquiriendo cada vez mayor confianza y mayor dominio de sí mismas, al emerger de su letargo de desesperación y ampliar bravamente su programa y sus exigencias. Poco a poco, paso a paso, ‘las humildes peticiones’ se truecan en verdaderas demandas revolucionarias”. ¡Qué bien queda reflejada en esta frase la relación entre las reivindicaciones, la toma de conciencia, la confianza en sus propias fuerzas por parte de las masas y la revolución! ¿Qué añadir más? ¡Pero no es una frase de Lenin —que podría asumirla sin problemas— sino del anarquista Kropotkin!

La Revolución de Febrero en Rusia empezó con una huelga del sector textil de las mujeres de Petrogrado; los sucesos revolucionarios que sacudieron a Argentina adquirieron su punto culminante con el robo de miles de millones de dólares a los pequeños ahorradores, pero estuvieron precedidos por siete huelgas generales e insurrecciones populares en distintas localidades.

La forma más elemental de lucha de los trabajadores y de la juventud es la lucha por mejoras inmediatas en sus condiciones de vida. Mejoras salariales, condiciones de trabajo, gastos sociales, etc. Desde el punto de vista marxista la lucha por mejoras parciales, por reformas, es extraordinariamente positiva. Los marxistas no nos diferenciamos de los reformistas porque los primeros sólo sepan proclamar la revolución socialista como loros y los segundos luchan por mejoras cotidianas. Lo que caracteriza a los reformistas es que las únicas reformas a las que aspiran son las que el capitalismo objetivamente puede permitirse.

En periodos de ascenso de la economía capitalista, hecho que no se da ahora, efectivamente algunas reformas son posibles. Pero en la fase que estamos actualmente, de crisis aguda del capitalismo, los reformistas siguen aspirando a ser gestores del capitalismo. En una situación en que ni las más mínimas reformas son posibles sin una lucha seria y contundente desde abajo, se convierten en reformistas sin reformas o abiertamente en reformistas a favor de contrarreformas, como Tony Blair, Schroeder o Felipe González en su momento.

La lucha contra el reformismo sólo puede ser eficaz si ante los ojos de los trabajadores y jóvenes los revolucionarios demostramos que en el terreno de las mejoras parciales somos los luchadores más consecuentes. Una lucha triunfante de la clase obrera y de la juventud, aun por pequeñas mejoras, es un salto importante de la conciencia en su aspecto fundamental: la confianza de la clase en sus propias fuerzas. Anima a la participación de sectores más amplios en la lucha cotidiana, se amplia el horizonte de “lo posible”, anima a luchas futuras. También, al oponerse a la lucha obliga a la burguesía a revelar su verdadero carácter reaccionario, cómo emplea a la policía, los medios de comunicación, los jueces, etc.

Las luchas por mejoras económicas, aun cuando son encabezadas por reformistas que se han visto obligados a la lucha por intereses burocráticos, siempre ayudan a colocar a cada uno en su sitio. Si la lucha es victoriosa —cada vez más complicado con los dirigentes reformistas— se fortalece la compresión de que sólo la acción organizada puede conseguir mejoras, y eso sitúa en una posición incómoda a aquellos dirigentes que se basan exclusivamente en la política de despachos.

Proclamar permanentemente la revolución contrapuesta a la lucha por las mejoras parciales es la mejor manera de que los reformistas sigan teniendo influencia de masas.

Para los marxistas la lucha por mejoras parciales está ligada a la necesidad de transformar la sociedad. El pleno empleo, un salario digno, una seguridad social en condiciones, unos estudios de calidad, la reducción de horas de trabajo y un ocio creativo son reivindicaciones necesarias, inmediatas, económicas, pero a todas luces muy difíciles de conseguir bajo el capitalismo.

En este contexto los reformistas, en aras del ‘realismo’ abandonan estas reivindicaciones. Los marxistas revolucionarios también en aras del verdadero realismo explicamos que el pleno empleo, la reducción de horas, sí son posibles en base a la nacionalización de la banca y de los grandes monopolios bajo control obrero, mediante una planificación democrática de los recursos económicos. Evidentemente esas medidas implican una lucha más amplia, más organizada ¡pero esa es precisamente la conclusión que hay que sacar!

Las reivindicaciones tienen que cumplir dos aspectos: por un lado deben recoger necesidades sentidas ampliamente para que puedan servir como aglutinador de la lucha. En segundo lugar deben ligar los aspectos inmediatos a una perspectiva más amplia, a otras medidas que pongan en cuestión los cimientos del funcionamiento capitalista. Para esto último no es necesario inventarse nada extraordinario sino simplemente partir de las posibilidades objetivas que nos brinda el actual desarrollo de la economía y de la tecnología y situar el problema donde verdaderamente está: no en que “no hay dinero”, ni que “tenemos que ser competitivos”, ni nada semejante, sino en el papel reaccionario que juega la propiedad privada de los medios de producción y los límites del Estado nacional.

Los reformistas sólo se acuerdan de la primera parte de las reivindicaciones, las más inmediatas, lo que generalmente les permite tener una influencia entre las masas. Oponer a esas reivindicaciones inmediatas la segunda parte, las medidas ligadas a la construcción de una sociedad socialista, es una manera de aislarse de las masas, dejar el campo libre al reformismo para seguir confundiendo al movimiento. La cuestión es ligar los dos aspectos, la lucha por mejoras inmediatas con la perspectiva de transformación socialista de la sociedad.

Al principio toda una serie de aspectos de nuestras reivindicaciones podrán ser vistas como algo exagerado por una parte del movimiento pero su experiencia, la experiencia de que sus reivindicaciones más elementales chocan con el sistema, les irán acercando al programa de la revolución. Para ello es necesario estar en la lucha desde el momento en que se produce y no despreciarlas “radicalmente” por estar dirigidas por “reformistas”.

Efectivamente el capitalismo puede hacer concesiones parciales y temporales para evitar que el movimiento vaya más allá, para evitar perderlo todo. ¡Pero eso siempre tiene dos caras! La confirmación práctica de que la lucha sirve para alcanzar mejoras no necesariamente es un freno, puede ser un factor de ánimo.

Como dice Kropotkin, en la medida en que las masas adquieren más confianza en sí mismas pueden “ampliar bravamente su programa y sus exigencias”. Efectivamente una reivindicación básica siempre es algo relativo, depende de la experiencia del propio movimiento. En la Revolución Rusa en febrero de 1917 era básico reivindicar “Pan, Paz y Tierra” como lo hacían los bolcheviques, pero a partir de un momento determinado, por la propia evolución de los acontecimientos y la experiencia de la clase obrera era fundamental, para hacer posible esas aspiraciones, la reivindicación de “Todo el poder para los soviets”. Las reivindicaciones inmediatas cambian.

Una vez más vemos cómo lo importante es el método y no un recetario de libro aparentemente infalible y radical.

Ligar las aspiraciones inmediatas con una perspectiva de lucha más amplia es fundamental para que el movimiento avance, adquiera conciencia de su papel, de las tareas que están por delante. Pero no siempre esta relación se establece fácilmente ni con la suficiente rapidez como para que este movimiento o lucha obtenga una victoria. De ahí que sea decisiva la existencia de una organización revolucionaria con una influencia de masas que haya asimilado la experiencia histórica de la lucha de los trabajadores y se haya ganado una autoridad en el propio movimiento. Se podrá estar de acuerdo o no con la Revolución Rusa, pero lo que está claro es que sin el Partido Bolchevique ésta no hubiese triunfado; hubiese sido descarrilada por los mencheviques y socialrevolucionarios (am-bos partidos eran reformistas).

La idea “Todo el poder para los soviets” reflejaba el sentir mayoritario de las masas trabajadoras en un momento determinado de la lucha, en Octubre de 1917; pero los bolcheviques la defendieron desde antes, cuando todavía no estaba asumida por la mayoría de los trabajadores. Los bolcheviques confiaban en que su postura conectaría con los trabajadores en la medida en que éstos iban aprendiendo de la experiencia, de la incapacidad del gobierno Kerenski para acabar con la participación de Rusia en la guerra, para dar la tierra a los campesinos, poner fin al colapso económico y frenar a la reacción interna.

Una de las acusaciones clásicas de los reformistas contra los marxistas es de reivindicar cosas “que no piensa la gente”, de ser unos “visionarios”, de estar desconectados de la “realidad cotidiana”. De hecho uno de los métodos de los dirigentes reformistas para mantener el movimiento obrero dentro de unos límites tolerables para el capitalismo es aislarlo en luchas de barrio, de fábrica, de comunidad, evitando como a la peste un movimiento general de la clase obrera. La razón es sencilla, un movimiento general de la clase pone más en evidencia las carencias generales del sistema, exige por tanto una alternativa general al sistema que los reformistas no tienen.

Durante todo el proceso de desmantelamiento industrial de principios de los años ochenta emprendido por los gobiernos del PSOE, vimos cómo los dirigentes sindicales hicieron lo posible, y lo consiguieron, para evitar un movimiento estatal de la clase obrera contra la destrucción de empleo. En lugar de organizar una lucha coordinada y contundente, empezando por una huelga general de 24 horas planteando la oposición a la destrucción de un sólo empleo, dividieron la lucha en líneas nacionales. Canalizaban el descontento con consignas como “Salvar Galicia”, “Salvar Asturias”, “Salvar Cantabria”. Está claro que eso conectaba con un sentir general y muy inmediato puesto que comarcas enteras fueron afectadas por la desertización industrial, pero, en vez de hacer avanzar la lucha, en vez de fortalecerla unificándola en todo el país y dándole una perspectiva más amplia, la mantuvieron en compartimentos estancos, explotando los prejuicios nacionales. Un día se convocaba en una comarca, otro día en una comunidad, otro día en otra y así hasta que el movimiento descendía y se acababan las movilizaciones “porque no hay ambiente” o porque “la gente no quiere luchar más”, etc.

Una lucha contundente y coordinada sí hubiera podido parar esos planes, por lo menos temporalmente, pero hubiera puesto más en evidencia la necesidad de una alternativa a los argumentos del gobierno que planteaba la necesidad de acabar con el déficit, la necesidad de ser competitivos en el mercado internacional, etc. La reconversión industrial era una necesidad del capitalismo y no una necesidad de la “economía” en abstracto. La única manera de salvar los puestos de trabajo era mediante la nacionalización de las empresas en crisis bajo control obrero unido a la expropiación de la banca y de los grandes monopolios para que dentro de un plan económico en beneficio de la mayoría y no en beneficio privado se creara empleo para todos. La respuesta de los reformistas a este programa es que “no es realista”, pero lo que realmente no es realista es que se resuelva el problema del desempleo y de las sucesivas reconversiones dentro del marco capitalista.

En general, un movimiento puede empezar en un barrio o por un conflicto puntual, etc. Pero lo más revolucionario es intentar hacerlo lo más amplio posible y ligar esas reivindicaciones a otras que demuestren que sí es posible resolver los problemas pero que eso implica una lucha contra el sistema. Eso no significa abandonar el objetivo de conseguir mejoras puntuales, pero sirve para elevar el nivel de participación y de compresión de las causas de fondo de los miles de problemas que acechan a la juventud y a los trabajadores día a día.

Curiosamente los reformistas siempre han considerado el programa marxista como algo “ajeno a lo que piensa la gente”. Se basan en que las masas “no piden la nacionalización de la banca”, o no “ven” convocar una huelga general, o no “apoyan” la lucha por el socialismo, todo para inhibirse de sus responsabilidades. El oportunismo es una característica básica del reformismo. Por otra vía distinta el anarquismo también acusa al marxismo de lo mismo porque “introduce reivindicaciones desde fuera”, “porque defiende un programa discutido en un partido”, etc.; de esa manera el oportunismo se hace más estridente, con una envoltura más radical, pero es oportunismo al fin y al cabo.

No es ninguna casualidad que la idea de que “la revolución tiene que empezar por uno mismo” sea común tanto del anarquismo como del reformismo. Para el reformista esa idea va de perilla porque “mientras la gente no cambie” ellos no se ven en la obligación de plantear ninguna revolución general. Para el anarquista lo fundamental es garantizar la integridad del individuo, que no puede ser violentado por una dinámica de lucha en la que los intereses de clase estén por encima de los intereses individuales.

Una lucha amplia y seria del movimiento obrero necesariamente implica formas de movilización y de organización que sobrepasan con creces los esquemas organizativos de laboratorio de la doctrina anarquista (un movimiento “sin líderes”, “sin política”, “sin partidos”) de ahí que la tendencia de los movimientos anarquistas sea limitar la lucha y sus perspectivas, manteniendo así su “pureza” y al mismo tiempo su esterilidad, o si efectivamente esta lucha alcanza un nivel más amplio y ellos están en la cabeza de la misma incumplen punto por punto todo el abecé de su ideario organizativo.

¿Son aceptables los acuerdos?

¿Qué aporta el anarquismo en el terreno de la lucha práctica? Generalmente nada en positivo porque la defensa organizada de una táctica determinada, según la concepción anarquista, va en contra de la espontaneidad. Que cada uno haga lo que quiera. Ahora bien en negativo el anarquismo sí ha hecho una serie de aportaciones que pasaremos a analizar. Por ejemplo el anarquismo está en contra de todo “acuerdo”. Como en muchos otros aspectos que ya hemos analizado y que no vamos a repetir, el anarquismo analiza las formas al margen de su contenido convirtiendo la negativa al acuerdo como un fetiche moral en defensa de la pureza revolucionaria.

Veamos hasta dónde llega el razonamiento sin caer en el absurdo. Para los anarquistas todos los acuerdos significan la aceptación del sistema. ¿Pero qué es un acuerdo? Podemos decir que es un pacto temporal entre dos partes.

Veamos, cuando alguien trabaja en una empresa en realidad acepta implícitamente un pacto con el empresario: tantas horas de trabajo por tanto salario. ¿Es un pacto justo? En absoluto, en realidad el empresario sólo paga parte de la riqueza generada por el trabajador con su trabajo, el resto se lo queda él. ¿Diríamos en este caso que con este pacto el trabajador ‘está reconociendo el sistema de explotación capitalista’ y que por lo tanto es un ‘traidor’ que favorece con su actitud la permanencia del sistema? Todo suena radical, sí. Radicalmente estúpido. Nadie en su sano juicio —o totalmente desligado de la realidad cotidiana de millones de trabajadores— razona así. Los trabajadores tienen que comer, alimentar y vestir a sus hijos y por lo tanto ‘pactan’ pero eso no significa que lo acepten de buen grado. En el momento que considere oportuno, examinando factores ligados a la correlación de fuerzas con el empresario (ánimo en la plantilla, nivel de organización sindical, contexto general de luchas, etc...), no a consideraciones de tipo moral, se lanzará otra vez a la lucha. El carácter más inmediato o más general de las aspiraciones de esta lucha dependerá siempre de muchos factores.

Hay acuerdos y acuerdos. Pero esos son positivos o negativos dependiendo de factores que van mucho más allá del acuerdo ‘en sí’. Las luchas tienen su propia dinámica y lo fundamental es analizar la correlación de fuerzas de cada momento. ¿Es un mal pacto un 5% de aumento salarial neto? Depende. Por ejemplo en un caso hipotético en que la lucha ha llegado a una ocupación total de las fábricas, millones de trabajadores se han manifestado durante días en la calle, el ejército se descompone y una parte de los soldados dan muestras de simpatías en la lucha..., en fin una situación en la que se impone acabar con el poder de la burguesía, qué duda cabe que aceptar un 5% de aumento salarial es una verdadera traición.

Evidentemente es un ejemplo extremo pero es útil para comprender el carácter relativo de los pactos.

Actualmente la mayoría de los pactos a que los dirigentes sindicales llegan con la patronal y el gobierno son negativos. Pactos como la reforma del mercado laboral, las pensiones, el pacto de Toledo, implican un retroceso en los derechos conquistados por los trabajadores en el pasado y han sido presentados como grandes conquistas por los propios dirigentes sindicales.

Pero para combatir eso no sirve de nada limitarse a gritar a los dirigentes “traidores, traidores”...; eso no es ningún programa de lucha y con eso no se construye nada ni se añade nada a lo que todo el mundo puede ver con sus propios ojos. Hay que demostrar que la lucha podía haber ido más allá, poner ejemplos de luchas internacionales, demostrar dónde está el dinero para nuestras reivindicaciones, basarse en los sectores que ya están movilizados, organizar mejor y extender el movimiento, dotarlo de un programa serio y objetivos claros, apelar directamente al conjunto de la sociedad, etc. La única forma de restar la influencia y el apoyo de los dirigentes reformistas es demostrando que se puede ganar y luchando hombro a hombro con los trabajadores en sus organizaciones de clase.

El problema fundamental de las luchas no es la incapacidad de los trabajadores y de la juventud de ir más allá, sino sus direcciones. Por tanto la alternativa en positivo y el método no sectario hacia las organizaciones obreras es fundamental para que las ideas revolucionarias vayan alcanzando más posiciones.


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