Corriente Marxista Internacional

La revoluciones son acontecimientos totalmente excepcionales en la historia de la humanidad. Trotsky en Historia de la Revolución Rusa señala: “El rasgo característico más indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos. En tiempos normales, el Estado, sea monárquico o democrático, está por encima de la nación; la historia corre a cargo de los especialistas en este oficio: los monarcas, los ministros, los burócratas, los parlamentarios, los periodistas. Pero en momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insoportable para las masas, éstas rompen con las barreras que las separan de la palestra política, derriban a sus representantes tradicionales y, con su intervención, crean un punto de partida para el nuevo régimen. Dejemos juzgar a los moralistas si esto está bien o está mal. A nosotros nos basta con tomar los hechos tal como nos los brinda su desarrollo objetivo”.

Las revoluciones, la forma en que éstas se producen, no es arbitraria. Las revoluciones tienen características propias, al margen de las intenciones de los propios hombres que las protagonizan, y pueden y deben ser estudiadas por todos los revolucionarios serios.

Como señalaba Trotsky el rasgo característico de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos. Este fue el rasgo esencial de la Comuna de París, de la Revolución Rusa, de la Revolución Española, del Mayo del 68 francés...

Los marxistas revolucionarios hoy, en el Estado español y en todo el mundo, creemos que efectivamente estos periodos especiales se van a reproducir aquí y en otros países en el futuro. En esto los marxistas revolucionarios nos diferenciamos de todas la demás corrientes políticas que ya han descartado desde hace tiempo esta perspectiva.

Para nosotros la perspectiva de la revolución no es un acto de fe, sino la comprensión de dos procesos fundamentales y que están totalmente interrelacionados: la incapacidad del capitalismo de hacer avanzar más la sociedad en líneas progresistas y el proceso de toma de conciencia de la clase trabajadora, su capacidad de jugar un papel revolucionario.

Precisamente sobre esos dos aspectos, la compresión del carácter del capitalismo y la capacidad de actuación de la clase trabajadora, es donde se sitúa el meollo de las diferencias entre otras corrientes de pensamiento político del movimiento obrero y el marxismo.

La incapacidad del capitalismo de satisfacer las necesidades de la mayoría y su necesidad de empujar a los trabajadores a condiciones de vida cada vez peores, no tiene un efecto instantáneo de poner como tarea inmediata acabar con el capitalismo. La conclusión de que es necesaria una revolución, rompiendo con la rutina del día a día, sólo surge en la medida en que millones de mujeres y hombres comprendan que no hay otra salida posible. Como hemos dicho, la conciencia humana es bastante reticente a los cambios bruscos. Por eso la sociedad funciona a saltos: largos periodos de relativa calma seguidos de choques virulentos entre las clases.

Incluso la perspectiva inevitable de este enfrentamiento, de la revolución, no garantiza automáticamente su triunfo. De hecho, si las revoluciones son excepcionales todavía lo son más las revoluciones triunfantes. La revolución jamás se produce con independencia de la contrarrevolución, de los intentos de la clase dominante de echar hacia atrás la rueda de la historia, de ahogar en sangre el movimiento obrero y de la juventud, de recuperar como sea sus tradicionales palancas de dominio, su Estado, etc.

La victoria o el fracaso de la revolución ha dependido de que en los momentos decisivos, los sectores de la clase obrera que han sacado las conclusiones más avanzadas, que han comprendido las tareas y los pasos que hay que dar, sobre la base de su experiencia y el estudio de los procesos revolucionarios de la historia, hayan ganado el apoyo no sólo de la vanguardia sino de las amplias masas de los oprimidos. En otras palabras, la calidad de la dirección revolucionaria es fundamental para asegurar el triunfo.

La importancia de

la dirección

En este sentido no da igual el signo político de los que encabecen el movimiento obrero en el momento en que se produzca una situación revolucionaria. Si los mencheviques hubiesen mantenido su predominio sobre el movimiento revolucionario ruso en 1917 no cabe duda que la Revolución de Octubre no se hubiese producido o hubiera fracasado.

Los mencheviques, que descartaban la revolución socialista, tenían una presencia mayoritaria en el movimiento obrero apenas ocho meses antes de la Revolución de Octubre, cuando, sin exagerar, los bolcheviques eran una minoría casi desconocida para la gran masa de trabajadores de la ciudad y sobre todo para los campesinos. Sin embargo, en este corto espacio de tiempo los bolcheviques fueron capaces de aumentar su influencia en el movimiento y desbancar a los mencheviques de la dirección.

La Revolución de Octubre barrió definitivamente las viejas instituciones zaristas y burguesas y dejó en evidencia el papel reaccionario de los mencheviques (que acabaron pasándose al bando de la burguesía). Eso sólo fue posible porque los bolcheviques, basándose en una perspectiva correcta (la Revolución Rusa no tenía que dar el poder a la burguesía sino a la clase obrera y era por tanto una revolución socialista) adoptaron en los diferentes momentos del proceso revolucionario una táctica correcta.

Se podrá objetar lo que se quiera a la Revolución Rusa y a la política de los bolcheviques —para nosotros es una fuente de inspiración impresionante— pero lo cierto es que, partiendo de una posición minoritaria en el movimiento, arrebataron la mayoría a los reformistas de entonces y consiguieron romper con el aparato del Estado zarista. En las diferentes etapas de la Revolución, e incluso antes de la Revolución de Febrero, los bolcheviques adoptaron un mismo método (elevar el nivel de comprensión de los trabajadores, favorecer un movimiento independiente de la clase obrera partiendo de su propia experiencia), pero diferentes tácticas.

Para nosotros, y para los clásicos del marxismo, la táctica, las consignas, el lenguaje, las formas organizativas, los objetivos puntuales de las luchas, son “correctos” o “incorrectos” si ayudan o no a que un sector cada vez más amplio de los trabajadores comprendan que el capitalismo es la causa fundamental de sus problemas, que sí existe una alternativa al capitalismo y que la clase trabajadora sí tiene fuerza suficiente para hacer frente a la burguesía y su aparato represivo. En otras palabras, si ayudan al proceso de toma de conciencia y arman a los trabajadores con un programa viable para el derrocamiento del capitalismo.

El parlamentarismo

y la revolución

Mientras que para el anarquismo la participación en el parlamento es por principio negativa para el marxismo es una cuestión táctica que se deriva del análisis concreto de una situación dada. No basta decir que el parlamento es una institución burguesa y que no sirve para resolver los problemas de los trabajadores. Ante todo hay que hacer que esa verdad sea asumida por los propios trabajadores en base a su experiencia.

En la cuestión del parlamento es muy ilustrativa la experiencia de la revolución de Chile de principios de los años 70 que acabó con el golpe militar de Pinochet.

¿Cuál fue el error de Allende y de los dirigentes socialistas en todo el proceso revolucionario? ¿Participar en las elecciones? ¿Formar gobierno después de ganarlas? En absoluto.

Hay que analizar los procesos tal como son. La victoria electoral de Allende fue el producto de una situación de enorme radicalización de los trabajadores, que habían padecido con miseria y represión los anteriores gobiernos de la derecha, pero a su vez la victoria de Allende y el hecho de que el gobierno tomara medidas en beneficio de los trabajadores (gratuidad de la leche en los colegios, incremento de la escolarización, aumentos salariales, construcción de viviendas populares, por ejemplo) y en contra de los monopolios imperialistas que saqueaban el país (nacionalización de las minas de cobre), actuó como un revulsivo impresionante, animando a las masas a participar directamente en la toma de decisiones. Por primera vez un gobierno actuaba en su favor y no a favor de los de siempre, por primera vez la perspectiva era cambiar sus miserables condiciones de existencia por una vida mejor.

De hecho, la preocupación para la burguesía y el imperialismo —además de las medidas del gobierno de Allende, que sí afectaron sus intereses— era el hecho de que los trabajadores, en defensa de lo que consideraban su gobierno, habían empezado a establecer el control de las empresas, a crear comités de abastecimiento y otros órganos de participación directa al margen de las instituciones oficiales. Eran medidas que los trabajadores tomaban para contrarrestar el boicot de la reacción a las decisiones del gobierno.

El error de Allende no fue participar en las elecciones ni formar gobierno, su error fue confiar en que era posible alcanzar el socialismo por la vía parlamentaria, por la vía legal. La victoria de la Unidad Popular en las elecciones, la formación de un gobierno de izquierdas, el permanente boicot de la reacción al gobierno de izquierdas sirvieron para demostrar ante millones de trabajadores que efectivamente la única manera de acabar con la miseria y la opresión era a través de la revolución socialista.

En un momento determinado del proceso, cuando la posibilidad de un golpe militar era ya obvia, los trabajadores una y otra vez pidieron armas. Ya no era suficiente el voto, ya no eran suficientes las manifestaciones de apoyo masivas, ya no era suficiente el control de las empresas: era necesario aplastar a la reacción y establecer una nueva sociedad en base a una planificación socialista, consciente y democrática de los recursos económicos.

En vez de aprovechar el enorme potencial revolucionario de las masas y su disposición a llegar hasta el final, los dirigentes socialistas y del PCCh optaron en los momentos decisivos por la “moderación”, por llegar a un acuerdo con la Democracia Cristiana para “calmar los ánimos”. Una situación funesta de indecisión y parálisis que acabó propiciando el golpe.

La experiencia de la Revolución Chilena fue una lección sobre todo para el reformismo y su tesis según la cual es posible transformar la sociedad utilizando la legalidad y las instituciones burguesas. Pero esa experiencia no demuestra para nada que desde el punto de los intereses de la revolución, la participación en las elecciones y en el parlamento sean negativas siempre y en todo momento.

Eso, como cualquier otra cuestión táctica, depende del análisis de las circunstancias concretas. La clase obrera no vive en una urna de cristal en la que sólo tiene oídos para los revolucionarios. La burguesía influye en el modo de pensar de los trabajadores, los reformistas también; ciertamente más que todo eso influye su propia experiencia, pero eso es un proceso que pasa por diferentes etapas.

Que el parlamento burgués es una institución burguesa y que no sirve para transformar la sociedad es un principio. Pero no es un principio que la mejor manera de que los trabajadores comprendan eso sea la no participación en el parlamento así como la no utilización de otros recursos legales que tiene el sistema burgués para defender ideas revolucionarias.

La cuestión es ¿para qué utilizar el parlamento y cómo hacerlo?

Los reformistas utilizan el parlamento como un fin en sí mismo, creen que desde allí se puede cambiar sustancialmente la realidad social. Además lo hacen cayendo en el cretinismo parlamentario, se acostumbran a las frases grandilocuentes y vacías de contenido para convencer a “sus señorías”, y por supuesto a las ventajosas condiciones de vida que otorga el acta de parlamentario.

En cambio para los marxistas revolucionarios, en un momento determinado, el parlamento puede ser utilizado como un altavoz de un programa revolucionario. En el parlamento no defenderíamos el consenso ni nos dirigiríamos a “sus señorías” sino directamente a los trabajadores. Defenderíamos un programa basado en la reducción de las horas de trabajo, la eliminación de los contratos basura, en un salario decente para todos y un subsidio de desempleo indefinido para todos los parados hasta encontrar trabajo. Explicaríamos públicamente cómo saca sus beneficios la Banca, cómo con su nacionalización bajo control obrero se podría utilizar ese dinero para garantizar e incrementar gastos en sanidad y en educación. Defenderíamos el levantamiento del secreto comercial y haríamos públicos todos los “secretos de Estado”. Denunciaríamos la propia utilización que hacen los burgueses del parlamento, los sueldos que cobran, sus comisiones, cómo utilizan su tiempo y sus influencias para sus negocios. Exigiríamos también que todos los diputados obreros cobrasen el sueldo de un obrero, explicaríamos también cómo en la práctica el parlamento no decide nada, cómo los parlamentarios pueden hacer todo lo contrario de lo que han prometido en la medida en que no existe la revocabilidad inmediata por parte de los que les han elegido, etc.

¿Tendría un efecto positivo o negativo esa utilización del parlamento en la conciencia de los trabajadores? ¿Nuestra presencia fortalecería o debilitaría esa institución frente a los trabajadores? ¿Los reformistas se sentirían más cómodos o menos cómodos con unos cuantos diputados marxistas de este tipo en el parlamento? Parece que las respuestas se desprenden por sí mismas. Además, una táctica correcta presupone un programa correcto.

Ni siquiera todo eso que hemos apuntado agota la cuestión de la táctica frente al parlamento o unas elecciones. Efectivamente, en momentos determinados, sería correcto el boicot del parlamento. No hacemos ningún fetiche de la participación (como lo hacen los reformistas) ni de la no participación (como lo hacen los anarquistas).

Lenin, en su maravilloso libro El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, escrito pocos años después del triunfo de octubre, respondía de esta manera a los elementos ultraizquierdistas del comunismo alemán que abogaban por el boicot al parlamento y la salida de los sindicatos: “Aunque no fueran ‘millones’ y ‘legiones’, sino una simple minoría de obreros agrícolas la que siguiese a los terratenientes y campesinos ricos, podría asegurarse ya sin vacilar que el parlamentarismo en Alemania no ha caducado todavía políticamente, que la participación en las elecciones parlamentarias y en la lucha desde la tribuna parlamentaria es obligatoria para el partido del proletariado revolucionario, precisamente para educar a los sectores atrasados de su clase. (...) Mientras no tengáis fuerza para disolver el parlamento burgués y cualquier otra institución reaccionaria, estáis obligados a actuar en el seno de dichas instituciones, precisamente porque hay todavía en ellas obreros idiotizados por el clero y por la vida en los rincones más perdidos del campo. De lo contrario correréis el riesgo de convertiros en simples charlatanes”*.

Lo más significativo aquí es el método de Lenin para acercarse a una cuestión táctica. Respecto al parlamento, hay que utilizarlo: 1º) para denunciar el sistema y 2º) mientras no haya fuerza suficiente para apoyarse en los organismos revolucionarios creados por la propia clase trabajadora para destruir el aparato del Estado.

Como se ve, la postura marxista nada tiene que ver con el reformismo ni con el formalismo antiparlamentario de los anarquistas. En momentos determinados la burguesía se ve obligada a conceder una serie de derechos democráticos y una serie de mejoras económicas para evitar perderlo todo; en otros momentos, como se vio en la revolución española de los años treinta o en los años setenta en Chile y Argentina, opta por suprimir hasta los mínimos derechos democráticos y establece dictaduras feroces.

Para los marxistas no hay ninguna duda de que la democracia burguesa sigue siendo un instrumento de dominación de clase. De hecho las decisiones fundamentales que afectan a la vida y al futuro de la mayoría de las personas, no se toman ni siquiera en el parlamento sino en los consejos de administración de las grandes empresas, bancos y monopolios y en los estados mayores. En las inversiones, los despidos, en lo que se produce o se deja de producir no interviene para nada el parlamento; lo mismo ocurre con los aspectos fundamentales del funcionamiento del Estado, que se llevan con un sigilo extremo.

Por otro lado no hay que confundir los juicios con los prejuicios. La participación electoral de los trabajadores no es una ‘aceptación del sistema’, de la misma manera que la aceptación de un salario, mientras exista capitalismo, no es la aceptación de la explotación.

Los trabajadores no votan a los partidos obreros que tienen direcciones socialdemócratas o estalinistas porque sean “borregos” y estén con la “cabeza comida”, ni porque estén de acuerdo con su política. El voto no se contradice con la lucha práctica. Salvando todas las distancias cuando los trabajadores votaron al Frente Popular en febrero del 36 no lo hicieron por “borreguismo”, porque aceptasen el sistema o porque pasaran por alto todos los errores de la política de los dirigentes de los partidos obreros. Sabían, a pesar de que los dirigentes no tenía un programa revolucionario y muchos de ellos habían jugado un papel nefasto en el 31-33, que votar a la derecha fascista era un suicidio. En cierta manera las masas trabajadoras establecieron “un pacto” con sus dirigentes y la prueba más palpable de que eso no era “aborregamiento” fue el hecho de que meses después la masas pasaron a la acción revolucionaria contra el fascismo en la calle. La propia CNT, como hemos visto, tuvo que abandonar su postura abstencionista que tan desastrosas consecuencias tuvo en 1933. Durruti, abiertamente, pidió el voto al Frente Popular para liberar presos políticos del ‘Bienio Negro’.

Por un sindicalismo revolucionario

Hemos dicho que el dominio ideológico de la burguesía y la rutina son dos factores fundamentales para la supervivencia del sistema. Un factor que viene a complicar aún más todo el proceso es la existencia de organizaciones de la clase obrera, con influencia de masas, cuya dirección acepta, en la teoría y en la práctica el sistema capitalista como único posible.

Por tanto en esta evolución de la conciencia de la clase trabajadora a la conclusión de la necesidad de la revolución socialista no sólo aparecen como obstáculo los prejuicios y las ideas que transmite la burguesía directamente sino la que transmite la burguesía a través de los dirigentes de la clase obrera.

Desde el punto de vista del marxismo revolucionario es necesario defender un programa y unos métodos que ayuden a comprender a los trabajadores y la juventud no sólo el papel del capitalismo y de la burguesía sino del reformismo. Hay que demostrar la incapacidad del programa reformista de satisfacer las necesidades de los oprimidos, y restar así su influencia a favor de las ideas revolucionarias. Este último aspecto es importante sobre todo porque en momentos determinados la burguesía, una vez ha usado a los dirigentes reformistas de la clase obrera y éstos están desprestigiados, trata de que este desprestigio favorezca directamente a las ideas reaccionarias.

Respecto a la actitud de los revolucionarios en las organizaciones dominadas por los reformistas, una vez más, lo importante es el método para llegar a una táctica adecuada, huyendo de recetas preconcebidas.

Para restar influencia a los dirigentes reformistas son necesarias dos condiciones: que quede en evidencia que el programa reformista no sirve desde el punto de vista de las aspiraciones de las masas y, no menos importante, que existe una alternativa a ese programa.

Para ese punto volvemos una vez más al citado libro de Lenin:

“¿Deben entrar los revolucionarios en los sindicatos reaccionarios? Los izquierdistas alemanes consideran que pueden responder con una negativa absoluta a esta pregunta. A su juicio, el vocerío y los gritos de cólera contra los sindicatos ‘reaccionarios’ y ‘contrarrevolucionarios’ (...) bastan para demostrar la inutilidad y hasta la inadmisibilidad de que los revolucionarios, los comunistas, actúen en los sindicatos contrarrevolucionarios (...).

“Los sindicatos fueron un progreso gigantesco de la clase obrera en los primeros tiempos del desarrollo del capitalismo por cuanto significaba el paso de la dispersión y de la impotencia de los obreros a los rudimentos de la unión de clase. Cuando empezó a desarrollarse la forma superior de unión de clase de los proletarios, el partido revolucionario del proletariado (que no merecerá este nombre hasta que no sepa ligar a los líderes con la clase y las masas en un todo único e indisoluble), los sindicatos comenzaron a manifestar fatalmente ciertos rasgos reaccionarios, cierta estrechez gremial, cierta tendencia al apoliticismo, etc. Pero el desarrollo del proletariado no se ha efectuado ni ha podido efectuarse en ningún país de otro modo que por medio de los sindicatos y por su acción conjunta del partido de la clase obrera (...).

“Los mencheviques [reformistas] de Occidente se han ‘atrincherado’ mucho más sólidamente en los sindicatos, ha surgido allí una capa mucho más fuerte que en nuestro país de ‘aristocracia obrera’, profesional, mezquina, egoísta, desalmada, ávida, pequeñoburguesa, de espíritu imperialista, comprada y corrompida por el imperialismo. (...) Es preciso librar una lucha implacable y continuarla de manera obligatoria, como hemos hecho nosotros [los bolcheviques], hasta poner en la picota y arrojar de los sindicatos a todos los jefes incorregibles del oportunismo (...).

“Pero la lucha de la ‘aristocracia obrera’ la sostenemos en nombre de las masas obreras y para ponerlas de nuestra parte; la lucha contra los jefes oportunista y socialchovinistas la sostenemos para ganarnos a la clase obrera. Sería necio olvidar esta verdad elementalísima y más que evidente. Y tal es, precisamente, la necedad que cometen los comunistas alemanes ‘de izquierda’, los cuales deducen del carácter reaccionario y contrarrevolucionario de los cabecillas de los sindicatos la conclusión de que es preciso... ¡¡salir de los sindicatos!! ¡¡Renunciar al trabajo en ellos!! ¡¡Crear formas de organización nuevas, inventadas!! Una estupidez tan imperdonable que equivale al mejor servicio que los comunistas pueden prestar a la burguesía (...).

“No actuar en el seno de los sindicatos reaccionarios significa abandonar a las masas obreras, insuficientemente desarrolladas o instruidas, a la influencia de las ideas reaccionarias, de los agentes de la burguesía, de los obreros aristócratas. (...) Para saber ayudar a la ‘masa’ y conquistar su simpatía, su adhesión y su apoyo, no hay que temer las dificultades, las quisquillas, las zancadillas, los insultos y las persecuciones de los ‘jefes’ (...) y se debe trabajar sin falta allí donde están las masas” .

La línea divisoria entre una política reformista o revolucionaria no estriba en absoluto en la participación o no en los sindicatos y en las organizaciones de trabajadores. Al igual que en el caso de las elecciones y el parlamento la cuestión clave es para qué y cómo.

La táctica es algo flexible, lo importante es el objetivo que se persigue: restar influencia al reformismo y ganar influencia para las ideas revolucionarias. Como hemos repetido la revolución es un proceso de masas, por tanto el objetivo es ganarlas. Sólo lo podremos hacer si contrastamos nuestras ideas con las de los reformistas allí donde están los trabajadores.

Ni siquiera eso agota la cuestión de las organizaciones de la clase obrera. En cada etapa del proceso revolucionario la clase obrera crea y participa en determinados organismos. La forma más elemental de organización son los sindicatos y los partidos obreros pero en momentos de auge en la lucha se crean comités de fábrica con la participación de sectores no organizados, esos comités se pueden crear en comunidades de vecinos, institutos, etc. y luego unirse creando organismos más amplios. Asambleas de barrios o incluso de localidad que asumen no sólo la defensa de determinadas reivindicaciones sino que empiezan a gestionar directamente aspectos de la vida cotidiana. Eso lo vimos en los Chile en la época de la Unidad Popular, en Portugal tras la revolución de abril de 1974, en Albania en febrero de 1997, en Rusia en 1917, y en estos momentos en los acontecimientos revolucionarios de Argentina. Esos órganos son bastante más amplios y democráticos que los sindicatos, eligen y revocan a sus representantes de forma permanente según la evolución de los acontecimientos. La discusión y la toma de decisiones es mucho más fluida que ningún otro tipo de organización. Esos organismos son característicos de períodos prerrevolucionarios o revolucionarios y son extremadamente participativos.

Eso no significa que la consigna central que debamos lanzar los revolucionarios ahora en el Estado español sea la formación de comités obreros; ahora el punto central es transformar los sindicatos en auténticas organizaciones de lucha sobre la base de la defensa de un programa revolucionario y el combate contra la burocracia sindical. En el futuro la batalla tendrá otro carácter; en una situación revolucionaria donde la cuestión fundamental sea el triunfo de la revolución o de la contrarrevolución la participación de los trabajadores superará los estrechos límites organizativos y políticos de los sindicatos y el punto en el que tendríamos que poner énfasis sería otro.

La táctica, las medidas a corto plazo, siempre deben estar supeditadas a la estrategia que es la transformación socialista de la sociedad. En todo caso el objetivo siempre es ayudar a crear un movimiento independiente y revolucionario de la clase obrera.


Nueva página

Para mantenerse al día con nuestras actualizaciones, por favor visite nuestra nueva página en luchadeclases.org