Corriente Marxista Internacional

¿Individualismo

o lucha de clases?

Por supuesto que el capitalismo es un verdadero tapón para el desarrollo individual de las personas. No podría ser de otra manera tratándose de un sistema que obliga a la inmensa mayoría de la población del planeta a concentrar todas sus preocupaciones en la supervivencia cotidiana. Para millones de seres humanos el simple hecho de estar vivos al día siguiente (superando las inclemencias de la naturaleza, el hambre y violencias de todo tipo) constituye un auténtico éxito personal. No es ésa la mejor situación para el desarrollo de todas las inquietudes individuales implícitas en el género humano. Todo lo contrario: el capitalismo nos retiene con fuerza en un modo de vida mucho más animal que auténticamente humano. En ese sentido, la lucha contra el capitalismo y por una sociedad socialista significará un desarrollo sin precedentes de todo el potencial creativo, intelectual, físico y moral de los individuos y cómo no, de toda la colectividad. Pero una cosa es eso y otra muy distinta es situar al individuo, contrapuesto a la clase obrera, como el agente fundamental llamado a acabar con la opresión capitalista y del Estado.

Para el marxismo el motor de la evolución histórica es la lucha de clases. “Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra: opresores y oprimidos se enfrentaron siempre (...); lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases en pugna”, afirmaban Marx y Engels en El Manifiesto Comunista. La perspectiva de transformación revolucionaria de la sociedad se basa en el análisis de las propias contradicciones que genera la sociedad de clases. La consolidación del modo capitalista de producción frente a la economía de tipo feudal, el desarrollo y la concentración de los medios de producción, la generalización del trabajo asalariado, han creado las condiciones objetivas para la transformación socialista de la sociedad. Esas condiciones son esencialmente dos: un nivel de desarrollo económico y tecnológico que permita al ser humano planificar conscientemente la obtención y la reposición de lo necesario para vivir dignamente y la existencia de una clase social revolucionaria, la clase obrera, con la fuerza suficiente para derrocar a la burguesía, a los explotadores.

Así, aunque tanto el anarquismo como el marxismo tienen como objetivo inmediato la lucha contra la opresión (hablando en términos muy generales), ocurre que para los primeros la base que sustenta esta lucha es la del individuo (en general), contra el Estado (en general) y para los segundos es la lucha de los trabajadores (una clase social con intereses históricos y características determinados) contra la burguesía (otra clase social que también tiene intereses propios y una forma de actuar característica) y su Estado (el Estado capitalista o burgués).

El pensamiento anarquista clásico lleva implícita una visión ahistórica de los procesos sociales. El individuo, llamado a restablecer la justicia, no pertenece a ninguna formación social determinada, como tampoco le ocurre a la autoridad a combatir. El surgimiento del Estado, por tanto, aparece desligado de los procesos económicos y sociales y es un fenómeno que tiene su origen en el pensamiento puro, que pudo haberse producido en cualquier momento de la historia de la humanidad. Por la misma lógica desaparecerá la opresión simplemente por otro acto de voluntad, pero esa vez de signo contrario. En este sentido el anarquismo abraza completamente al idealismo en el campo del pensamiento filosófico, desembocando en una visión conspirativa y organizativa de los métodos de lucha.

La naturaleza de clase

del anarquismo

El anarquismo y el marxismo tuvieron una influencia clarísima en la lucha de clases desde mediados del siglo XIX. Cualquier ideología que alcanza determinado eco e influencia refleja también (de una manera más o menos directa, más o menos consciente) los intereses de determinadas clases sociales. Establecer estas relaciones ayuda siempre a comprender la auténtica naturaleza de esas ideologías y situarlas en su contexto histórico.

El anarquismo proclama como objetivo alcanzar una sociedad en la que los individuos se relacionen libremente, según su propia voluntad. En el terreno económico esto se concreta en la defensa de una sociedad libre de productores que intercambian libremente las mercancías, asociándose libremente entre ellos.

A principios del siglo XIX, la gran masa social estaba compuesta por pequeños productores en el campo y en la ciudad. El individualismo anarquista tenía una base social en la que apoyarse. Los pequeños productores querían preservar esa libertad característica de la fase inicial del capitalismo frente al surgimiento de grandes fábricas, al creciente papel de la banca y la actuación del Estado al servicio de la gran burguesía.

De hecho, Proudhon, el precursor más inmediato del anarquismo, defendía una economía mercantil pero sin su desarrollo ulterior inevitable: la concentración del capital, la desaparición de la libre producción como efecto de la libre competencia, y la aparición del monopolio... es decir un capitalismo imposible. En el terreno político aspiraba a la disolución del poder central en pequeñas comunidades inspiradas en la época medieval.

Los anarquistas del siglo XIX denominaban al anarquismo como “la Idea”. Aunque el radicalismo anarquista atrajo a sectores descontentos y oprimidos de la sociedad, los primeros activistas de la “Idea” no proclamaban la lucha de clases sino el humanismo. Refiriéndose al anarquismo en la Andalucía rural de finales del siglo XIX, Gerald Brenan en su libro El laberinto español relata lo siguiente: “La idea’, como se llamaba, era difundida por los pueblos por los ‘apóstoles’ anarquistas. En las gañanías de los cortijos, en las aldeas perdidas, a la luz del candil de aceite, los apóstoles hablaban de la libertad, la igualdad y la justicia a auditorios entusiasmados. Se formaban pequeños círculos en los pueblos y aldeas que creaban escuelas nocturnas en las cuales muchos campesinos aprendían a leer, se hacía propaganda antirreligiosa y se practicaba a menudo el vegetarianismo y la abstención del alcohol. (...) Pero la característica principal del anarquismo andaluz era su milenarismo ingenuo. Cada nuevo movimiento o huelga era considerado como la inmediata aparición de una nueva época de plenitud en la que todos —hasta la Guardia Civil y los terratenientes— serían libres y felices. Nadie sabía explicar cómo se conseguiría este objetivo: fuera del reparto de tierras (y ni siquiera esto en algunas zonas) y la quema de la iglesia parroquial, no existía ninguna propuesta positiva”.

En las ciudades el movimiento anarquista de mediados del siglo XIX no actuó independientemente de los partidos políticos que aglutinaban a la pequeña burguesía radical. El experimento cantonalista fue aplastado por su falta de objetivos, así como todos los pueblos que, de una forma totalmente descoordinada con el pueblo de al lado, proclamaban el anarquismo. La Guardia Civil podía concentrar sus fuerzas a su antojo ante la carencia total de planes de los insurgentes.

La lucha contra la explotación sólo podía tener un carácter muy desestructurado y repleto de actos individuales de desesperación frente a la represión, con atentados a diversas autoridades políticas y militares. Paradójicamente las luchas de las masas acababan siendo rentabilizadas, pese a los anarquistas, por los partidos burgueses radicales federalistas. No es ninguna casualidad que el primero en traducir y difundir los textos de Proudhon en el Estado español fuera Pi i Margall, artífice del movimiento federalista pequeño burgués de finales del siglo XIX.

La característica fundamental de este periodo es que la clase obrera no había puesto su sello en los acontecimientos. La presencia del anarquismo en España, Italia y Rusia era debida precisamente a su atraso económico en comparación con los demás países capitalistas y la consecuente debilidad de la clase obrera.

La crisis del anarquismo de fin de siglo, más que por los efectos de la represión policial, era el reflejo de que la lucha se polarizaba cada vez más claramente entre la burguesía y la clase obrera.

La Internacional bakuninista celebró su último congreso en 1877. Después de esta fecha, una crisis en la industria relojera arruinó a las pequeñas empresas familiares de los Alpes suizos, cuyo espacio fue ocupado por la producción a gran escala en Ginebra. Eso era el fin del principal punto de apoyo social que tenían los bakuninistas en Europa y fue algo más que un hecho anecdótico o casual, era un indicio de los nuevos tiempos.

El misionerismo, el terrorismo individual, la búsqueda del ‘hombre natural’ mediante las escuelas racionalistas, la figura del bandolero revolucionario, las insurrecciones descoordinadas, el cantonalismo son fenómenos totalmente ligados a la etapa en la que la clase trabajadora no podía desplegar toda su capacidad de lucha —por su debilidad numérica e inexperiencia— ni su temple revolucionario, del que el marxismo no es más que su condensación teórica.

Por “la Idea”, por la anarquía, dieron la vida miles de oprimidos. Pero el anarquismo, aunque coetáneo del marxismo, nació mirando hacia el pasado. Se sustentaba en clases sociales que, aunque oprimidas, iban a quedar relegadas a un segundo término en la medida en que la lucha de clases iba teniendo dos protagonistas cada vez más claros: la clase obrera y la burguesía. En cambio, cuando los postulados de Marx y Engels salieron a la luz, la clase obrera apenas había desplegado una pequeñísima parte de su peso social, su capacidad de lucha y su potencial para convertirse en el sostén de una nueva sociedad.

El surgimiento

de la clase obrera

Dentro del régimen feudal se fueron desarrollando los primeros pasos de la economía capitalista. Con el florecimiento de la economía mercantil la burguesía fue escalando en la pirámide social. Las revoluciones burguesas, que fueron un enorme progreso para la humanidad, transfirieron el poder político, el control del Estado, a una clase que de hecho ya tenía el poder económico.

Con la clase obrera ocurre lo contrario. Conforme el capitalismo se desarrolla la riqueza se concentra cada vez más en manos de la burguesía. Los trabajadores no pueden vivir más que vendiendo su fuerza de trabajo a los capitalistas que detentan todos los medios de producción necesarios para el funcionamiento de la sociedad. No sólo eso, la burguesía, basándose en su riqueza, inunda a toda la sociedad de sus valores, su ideología... En cambio la única fuerza de la que dispone la clase obrera es la de su unidad consciente para la transformación de la sociedad.

La clase obrera, como otras en otros momentos históricos, es una clase oprimida, pero con propiedades específicas que le permiten acabar con la opresión capitalista.

El trabajo asalariado generalizado y la concentración de los obreros en empresas, superando los límites del pequeño taller, favorecen el desarrollo del sentimiento de solidaridad, de lucha colectiva, de que su trabajo es sólo una parte de una producción que es social, en la que participan otros trabajadores de otras fábricas y de otras ramas. Por eso en un trabajador difícilmente arraiga el sentido de propiedad sobre el instrumento de trabajo o sobre la fábrica. La enorme amplitud de los intercambios de mercancías entre las diferentes ramas, países, etc. obliga a los trabajadores a tener una visión más amplia del funcionamiento de la sociedad que un productor aislado en su parcela, por poner un ejemplo.

La clase obrera actúa de forma independiente frente a la burguesía porque es la única que puede adquirir conciencia de que la sociedad puede seguir funcionando sobre otras bases, prescindiendo de la burguesía. Potencialmente tiene la última palabra en el funcionamiento de la economía. Nada funcionaría sin el consentimiento de la clase trabajadora.

La clase trabajadora, en la que incluimos los trabajadores asalariados del campo, no es la única clase oprimida de la sociedad; también lo son los pequeños comerciantes, los campesinos pobres, las personas que ni siquiera tienen el privilegio de ser explotadas y que forman grandes bolsas de miseria en las grandes ciudades, etc. Pero ninguna de esas clases puede jugar un papel decisivo e independiente en la lucha por la transformación de la sociedad. Debido a las condiciones en que trabajan, viven y se relacionan, los trabajadores alcanzan un nivel de conciencia, de capacidad de organización y de lucha al que no llegan otras clases sociales. Evidentemente hay que entender que este proceso no es automático y que pasa por diferentes etapas.

El papel que atribuye el marxismo a la clase obrera no tiene por lo tanto nada de romántico; se basa en el análisis científico y en la experiencia. Naturalmente el carácter revolucionario de los trabajadores se revela cuando actúa realmente como clase, es decir colectivamente y organizadamente. La clase no es la mera suma de los individuos que la componen y no encontraremos todas las propiedades de la clase en cada uno de los individuos y en cualquier momento. Cuando la clase obrera actúa como clase se diluyen los intereses individuales, los sectores más decididos arrastran a los más indecisos, los más conscientes ayudan a los menos conscientes, etc.

La concepción del anarquismo acerca de la naturaleza del proletariado es muy imprecisa. Bakunin, por ejemplo, defendía que la clase más revolucionaria era el lumpemproletariado, porque “estando casi totalmente incontaminada por toda la civilización burguesa, lleva en su corazón, en sus aspiraciones, en todas las necesidades y las miserias de su situación colectivista, todos los gérmenes del socialismo futuro, y que es la única con suficiente poder hasta hoy en día para iniciar la Revolución Social y conducirla hasta el triunfo”.

Mientras el marxismo ve en el desarrollo del proletariado, por todas las razones que hemos apuntado más arriba, una mejora de la correlación de fuerzas en la lucha contra el capitalismo, la concepción bakuninista se fijaba en los sectores de la sociedad más afectados por la descomposición social que implica el capitalismo, otorgando al lumpen un papel revolucionario que nunca podrá tener.

No falta en la actualidad quien vea en la clase obrera “contaminación burguesa” por el hecho de tener un coche, o un vídeo u otras pequeñas necesidades que pueden cubrirse con un salario. Es un factor que tienen en común tanto los reformistas como los grupos ultraizquierdistas y anarquistas. Unos pretenden justificar con esta idea la imposibilidad de luchar por transformar la sociedad y otros para lanzarse en busca de oprimidos “descontaminados” al margen de las relaciones de producción, a los que otorgan una capacidad revolucionaria “pura”.

El papel de la organización

La clase trabajadora, desde su aparición en la escena de la historia hasta hoy día, también ha tenido un aprendizaje.

El primer paso de la clase trabajadora fue unirse en sindicatos para enfrentarse organizadamente a los patronos. Primero en el ámbito de cada empresa y luego a nivel de distintos sectores de la producción, hasta llegar a escala estatal.

Pero la experiencia demostró que la organización sindical, si bien era un paso fundamental, no era suficiente. Las mejoras salariales, la reducción de las horas de trabajo, las vacaciones..., ni eran ni son conquistas duraderas. Tarde o temprano, lo que la burguesía da en un momento determinado lo quita en otro en el que la correlación de fuerzas le es más favorable. Pronto quedó claro para la vanguardia del movimiento obrero, la necesidad de una lucha más global contra la burguesía. Para hacer las conquistas más permanentes, era necesario dar una perspectiva más general a la lucha económica y por mejoras inmediatas. También se hacía necesaria la lucha por derechos que no se podían arrancar fábrica a fábrica, como el derecho a reunión, manifestación, el derecho a la libre propagación de ideas... Era necesario hacer frente a las maniobras de la burguesía, a la utilización que ella hacía de las diferencias culturales y lingüísticas de los trabajadores, de las diferentes formas de Estado (democracia, dictadura, monarquías constitucionales, y demás), de la guerra, etc. En definitiva, era necesaria la participación de los trabajadores en la política como forma de alcanzar la plena libertad y emancipación de los oprimidos.

Igual que la organización en sindicatos, la participación en la vida política surgió como una necesidad de la lucha de la clase trabajadora. La clase obrera no podía quedar limitada a la actividad sindical mientras la burguesía actuaba en todos los frentes de la vida: político, ideológico, filosófico, cultural, etc... Indudablemente el éxito en el terreno de la lucha inmediata, sindical, está totalmente ligado a una lucha política e ideológica correcta, que sea capaz de animar, de hacer comprender los procesos generales.

De hecho la utilización del aparato represivo del Estado no es el único método, y en muchos periodos ni siquiera el más importante, que utiliza la burguesía para mantener su dominación. En muchas ocasiones a la burguesía le basta que cuaje la idea de que cambiar su sistema es imposible, de que es insustituible; le basta infundir al proletariado la sensación de que es impotente para hacer frente a un sistema aparentemente tan poderoso y de encabezar la lucha por otra sociedad.

El principal factor con el que juega la burguesía es la inconsciencia de la clase trabajadora de su propia fuerza.

El dominio ideológico es mucho más cómodo y seguro que la represión directa. La burguesía utiliza los más mínimos rasgos que diferencian a un sector de la clase obrera de otro para dividirles y echar una cortina de humo sobre la verdadera causa de todos los problemas que es la existencia del capitalismo. Utilizan las diferencias culturales, lingüísticas, incluso las diferentes condiciones laborales que ellos mismos han impulsado para intentar crear división.

Como reacción a la utilización combinada de todos estos factores, la clase obrera ha respondido con la única arma a su alcance: la fuerza de su unidad, primero en la lucha económica organizándose en sindicatos y luego en el terreno político e ideológico, creando partidos.

Evidentemente la participación de las masas en esos procesos no es automática ni simultánea.

La gran mayoría de los trabajadores no se organizan en sindicatos o participan en la vida política por inspiración teórica, sino por la conclusión que sacan de su experiencia cotidiana. Y cuando lo hacen tampoco abrazan directamente la idea de la revolución socialista o de la transformación radical de la sociedad. Un sector de los trabajadores y de los jóvenes sí lo hacen, pero a la inmensa mayoría de la gente le resulta más fácil aceptar la idea de un cambio gradual de la situación mediante la suma de pequeñas mejoras sucesivas, evitando así un cambio brusco, traumático. La idea de transformar la sociedad mediante pequeños cambios y reformas parece bastante más práctica que la revolución. Eso es muy normal, la mente también tiende hacia la línea de menor resistencia... hasta que la realidad se hace insoportable.

La conciencia humana no es un factor acelerador de los procesos históricos. Muy a pesar de lo que piensan los idealistas, que sitúan la evolución histórica a remolque de las ideas, los procesos se dan precisamente al revés. La conciencia tiene tendencia a adaptarse a la situación hasta límites insospechados. “Esto está mal, es cierto. Pero si siempre ha sido así, no es posible cambiarlo”. Cuando la inmensa mayoría de los trabajadores y jóvenes deciden romper con esta rutina e intentan cambiar las cosas, no lo hacen por haber leído ni una línea de marxismo o anarquismo, entre otras cosas porque el capitalismo agota las energías de los trabajadores en largas horas de trabajo, hasta el punto de que lo último que se propone al llegar a casa por la noche es leer algo “de teoría”. La conciencia siempre refleja con retraso los procesos que se dan en la base material de la sociedad.

¿Es mala la participación

en política?

La política es un reflejo de la disputa entre las diferentes clases sociales por la hegemonía social, aunque normalmente esa disputa aparezca de forma muy distorsionada y diluida.

Es sólo cuando el enfrentamiento entre las clases es más abierto, por ejemplo durante una huelga general, cuando se hace inevitable un posicionamiento más claro por parte de todos los políticos, los partidos, los sindicatos, los intelectuales, los sociólogos y hasta de todos los que teóricamente abjuran de la política o de ‘los asuntos terrenales’, como los curas y los jueces.

La política de la burguesía es el conjunto de maniobras, ideas, tácticas, que utiliza para mantener su dominación. La política burguesa está hecha para confundir, dividir y desmoralizar a los trabajadores. ¿Cómo contrarrestar esta influencia?

Para los marxistas hay que participar en política defendiendo una auténtica política de clase, denunciando las maniobras y los engaños de la burguesía. Hay que defender y demostrar que existe un tipo de sociedad diferente que podemos construir, sin desempleo, sin miseria, con justicia y con igualdad. Hay que utilizar todas las formas posibles para que esas denuncias y alternativas lleguen al máximo número de trabajadores y jóvenes. Hay que agrupar a todos los sectores más conscientes de la clase obrera para que este trabajo sea más eficaz, para evitar la dispersión de fuerzas. Hay que participar en política, para que las ideas revolucionarias tengan una influencia masiva y se conviertan en una fuerza material.

La participación en la vida política ha sido considerada por parte de la clase trabajadora como una necesidad en la lucha contra la burguesía a lo largo de la historia. Lejos de ser una imposición ‘externa’ o ‘antinatural’ la creación de partidos políticos obreros, a finales del siglo XIX fue producto de una maduración interna de la clase obrera, de su capacidad de actuar como clase de una forma independiente, con fines propios y contrapuestos a los de la burguesía.

A la teoría anarquista le ocurre con la política lo mismo que con el poder o el Estado, es decir, le quita su carácter de clase, dando más importancia a la forma que al fondo. Ocurre lo mismo con los partidos, la centralización, la disciplina, las decisiones “desde arriba”, los líderes, etc. No importa si proceden o están al servicio de la burguesía o del proletariado.

En sus inicios los ideólogos anarquistas proclamaban un odio furibundo contra la lucha sindical de los trabajadores. Desde su punto de vista, la lucha sindical por mejoras salariales era, por su propia naturaleza, el reconocimiento del sistema de explotación burgués en tanto que se reconocía la aceptación de un salario. Cualquier acto que no condujese inmediatamente a la huelga general revolucionaria contra el poder era conciliarse con ese mismo poder. El bandolero, el lumpen, la sociedad medieval con sus pequeños gremios de trabajadores autónomos eran la fuente de inspiración de los ideólogos anarquistas y no el sindicalismo obrero.

Esos planteamientos chocaban evidentemente con los trabajadores industriales e iban a contrapelo del propio desarrollo económico y social. El anarquismo si quería sobrevivir tenía que ganarse el apoyo del movimiento obrero y con ello dejar cada vez más atrás sus postulados originales.


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