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La vigencia de la teoría marxista sobre las crisis capitalistas (I parte)

La crisis brutal del mercado financiero se ha transformado en una metástasis para la economía capitalista. La infección ha contagiando a un organismo que atraviesa una prolongada fase de decadencia y senectud, y que hace mucho tiempo dejó de jugar un papel progresivo en el desarrollo de las fuerzas productivas. Tras años de ilusiones y propaganda apologética, el fantasma real de la crisis y la recesión se ha presentado de imprevisto en la economía y la política mundial, amenazando con instalarse cómodamente por un periodo prolongado. En todo el mundo se habla de la crisis: en los diarios de circulación de masas; desde los gobiernos y las instituciones financieras; en las tribunas académicas y, por supuesto, en el seno de la clase obrera, en los barrios, las fábricas, los hogares... Después de años de beneficios multimillonarios, de burbujas financieras e inmobiliarias, de endeudamiento masivo y precariedad, la incertidumbre y el miedo sobrevuela el pensamiento de miles de millones de personas.

La vigencia de la teoría marxista sobre las crisis capitalistas (I parte)

La crisis brutal del mercado financiero se ha transformado en una metástasis para la economía capitalista. La infección ha contagiando a un organismo que atraviesa una prolongada fase de decadencia y senectud, y que hace mucho tiempo dejó de jugar un papel progresivo en el desarrollo de las fuerzas productivas. Tras años de ilusiones y propaganda apologética, el fantasma real de la crisis y la recesión se ha presentado de imprevisto en la economía y la política mundial, amenazando con instalarse cómodamente por un periodo prolongado. En todo el mundo se habla de la crisis: en los diarios de circulación de masas; desde los gobiernos y las instituciones financieras; en las tribunas académicas y, por supuesto, en el seno de la clase obrera, en los barrios, las fábricas, los hogares... Después de años de beneficios multimillonarios, de burbujas financieras e inmobiliarias, de endeudamiento masivo y precariedad, la incertidumbre y el miedo sobrevuela el pensamiento de miles de millones de personas.

La crisis actual ha sido preparada concienzudamente durante años. Su naturaleza virulenta se explica, dialécticamente, por el carácter del boom económico que ha vivido la economía capitalista en las dos últimas décadas. Pocos fueron, sin embargo, los que predijeron la inevitabilidad de esta crisis. La inmensa mayoría de los economistas burgueses y los periodistas especializados, por lo general a nómina de los grandes consorcios capitalistas, no hace tanto que parloteaban acerca de la solidez de los cimientos del sistema financiero y la economía mundial, o escamoteaban cualquier trascendencia a los desequilibrios económicos de EEUU. Miles de estos individuos, que desde sus foros mediáticos crean diariamente la corriente dominante en la opinión pública, rechazaban indignados la perspectiva de un parón brusco de la actividad económica... Estos "realistas" no podían conciliarse con la idea de que su sistema podía no ser tan perfecto y que el "circulo virtuoso" se transformaría en una pesadilla.
En momentos tan aciagos para los defensores del capitalismo , es necesario decir con absoluta rotundidad que ¡Marx tenía razón! Las teorías económicas del marxismo han superado brillantemente la prueba de la experiencia; sus fundamentos y sus análisis del proceso global de la producción capitalista, de sus contradicciones y de su dinámica están vivos, más vivos que nunca. Basta leer obras como El Capital o Teorías sobre la plusvalía, escritas hace más de 150 años, para comprender por qué la burguesía y sus ideólogos consideran al marxismo su enemigo más temible, y al que recurrentemente hay que sepultar bajo toneladas de injurias, mentiras, difamaciones y falsificaciones. Para la clase obrera, para la juventud, para sus sectores más conscientes, conocer la riqueza que atesora la teoría económica marxista es una tarea necesaria. Por esta razón, queremos presentar algunos de sus aspectos más relevantes en una serie de artículos que publicamos en El Militante a partir de este número1.

Si no hay ganancia no hay producción

Para los teóricos de la economía burguesa, su concepción de la historia descarta que el capitalismo sea una formación social transitoria. Esto no es casualidad: como ideólogos a sueldo de los explotadores, consideran al sistema que les proporciona sus privilegios y prestigio el escalón más depurado del progreso humano2. En general todas las escuelas de la economía política burguesa suponen que, cuando la crisis estalla, tan sólo se necesita encontrar aquellos factores con los que lograr el reestablecimiento del equilibrio entre la producción y la demanda para resolver el problema. En otras palabras, el fenómeno de las crisis capitalistas es resoluble en el marco del sistema, y los periodos depresivos no son más que accidentes puntuales en un proceso de ascenso continuado de producción y creación de civilización.
Para la economía marxista, que se basa en el materialismo dialéctico, el punto de partida para abordar el problema es, justamente, el contrario. El sistema capitalista, como cualquier modo de producción o formación socioeconómica, tiene un carácter transitorio. Marx demostró en su obra cumbre, El Capital, las leyes que explican el funcionamiento de la producción, la circulación y el intercambio de mercancías y que caracterizan el sistema capitalista. Partiendo de y superando las contribuciones realizadas por la economía clásica, Marx descubrió que el objetivo que impulsa la producción capitalista es el máximo beneficio, es decir, la lucha por la apropiación de la plusvalía producida por el trabajo humano, la única fuente generadora de valor, que se valoriza en el mercado a través de la venta de mercancías. En el capitalismo lo importante no es la satisfacción de las necesidades sociales sino la obtención de ganancia: si no hay posibilidad de ganancia, de realizar la plusvalía, el capitalista no producirá. Este es el rasgo fundamental del modo de producción capitalista. Al mismo tiempo, la ley que actúa como regulador en la producción capitalista es la ley del valor, según la cual, la magnitud de valor de una mercancía se puede medir mediante la cantidad de la "sustancia creadora de valor", esto es, del trabajo contenido en ella. Para el marxismo, el valor de una mercancía viene determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario invertido en su producción.

Crisis de sobreproducción

Lejos del cuadro idílico que los economistas burgueses pretenden pintar sobre el funcionamiento lógico y ordenado del capitalismo, el marxismo explica el carácter anárquico de la producción capitalista, dirigida por las fuerzas ciegas del mercado y el afán de lucro individual de los capitalistas. Esta es la razón por la cual la acumulación capitalista siempre choca contra límites objetivos. El marxismo sitúa las causas de las crisis capitalistas en el propio corazón del sistema, en la contradicción derivada del carácter social que la producción adquiere bajo el capitalismo y el carácter individual, privado, de la apropiación.
Bajo el capitalismo, el desarrollo de las fuerzas productivas y la división internacional del trabajo ha transformado completamente el carácter de la producción, pero este hecho revolucionario lleva aparejado la aparición cíclica de crisis, de crisis de sobreproducción. A diferencia de otros modos de producción y formaciones socioeconómicas anteriores, los propietarios de capital, acuciados en todo momento por la competencia de otros capitalistas que concurren en el mercado, se ven obligados a revolucionar incesantemente las técnicas de producción, renovar los medios de producción e intensificar la explotación de la fuerza de trabajo asalariada (aumentando la plusvalía absoluta y relativa). Como resultado, entre los dueños de capital se desata una feroz competencia por conseguir una tasa de beneficios mayor, hecho que tendrá implicaciones dramáticas para el funcionamiento general del sistema.
De forma permanente, el capital afluye hacia aquellas ramas de la producción que ofrecen más margen de ganancia, aunque ello implique un elevado desembolso de capital fijo, y un aumento paulatino en la  composición orgánica de capital. Este fenómeno se ha producido en todo periodo de auge capitalista, cuando la producción está en ascenso y se extiende la división internacional del trabajo y el comercio mundial amplía los mercados. Ocurrió en el periodo de auge económico posterior a la Segunda Guerra Mundial, tras una devastación bélica que destruyó la mayor cantidad de fuerzas productivas que registra la historia. En efecto, durante las décadas doradas de los 50 y 60 y en los países capitalistas avanzados, se produjo un formidable desarrollo de nuevas ramas de la producción (derivados del petróleo, química, industria automovilística, aeronáutica, electrónica, industria militar...), y se alcanzaron tasas de pleno empleo. Pero a partir de la gran recesión de 1973, el tipo de crecimiento ha sido muy diferente, con avances mucho menores y una reinversión de las ganancias en el aparato productivo muy modestas, lo que abrió las compuertas a una fase histórica de especulación financiera sin precedentes.
En cualquier caso, los capitalistas, como ya hemos señalado, invierten sus capitales movidos por la ganancia: si piensan que pueden obtener beneficios rápidos y mayores en determinadas ramas de la producción, no dudarán en invertir en ellos la mayor parte de capital que puedan, recurriendo al crédito bancario y al endeudamiento masivo. Si no lo hacen perderían posibilidades de ampliar su cuota de beneficios. Pero este proceso no puede ser ilimitado, aunque el afán de ganancia lo sea. Al final se produce una sobreinversión de capital, es decir las inversiones no se amortizan tan rápidamente porque el mercado se empieza a saturar de mercancías. El efecto inevitable de esta sobreinversión en bienes de capital es la sobreproducción, tanto de bienes de consumo como de medios de producción, y la sobrecapacidad productiva instalada. En definitiva, existe demasiada abundancia de todo, una abundancia que el mercado, en un momento dado, no puede absorber. A partir de determinado punto, comienza la fase de crisis, con una espiral de caída en la tasa de beneficios, desinversiones, despidos masivos, cierre de fábricas. En resumen, la destrucción de fuerzas productivas se apodera del ciclo económico.
Obviamente la crisis, que responde a la propia organización de la producción capitalista, puede ser catalizada y acelerada por diferentes factores. La fabulosa burbuja financiera acumulada en la última década gracias a la explosión del crédito y el endeudamiento masivo, no sólo extendió el mercado y la producción más allá de sus límites y proporcionó grandes ganancias a los capitalistas que especularon, también ha precipitado la actual recesión. La crisis de los mercados financieros no ha sido la causa de la recesión, que hunde sus raíces en la economía real, pero no hay duda de que la ha favorecido y condicionará su virulencia. En definitiva, tal como Marx y Engels señalaron en El Manifiesto Comunista, las crisis expresan la rebelión de las fuerzas productivas contra la camisa de fuerza de las relaciones de propiedad burguesas y el Estado nacional, creado por la burguesía en su fase de ascenso revolucionario, pero que en la época del dominio aplastante del mercado mundial se ha transformado en un obstáculo reaccionario.

 


1. En próximos artículos trataremos sucintamente las polémicas teóricas sobre las crisis que se han producido en el movimiento marxista, así como la teoría marxista del imperialismo. Posteriormente analizaremos la historia de las crisis centrando nuestra atención en el crac de 1929, el auge posterior a la Segunda Guerra Mundial y el pensamiento económico keynesiano, para concluir en la recesión de 1973/74. Por último analizaremos el colapso financiero actual, la recesión de la economía estadounidense y las implicaciones de ambos fenómenos en la economía mundial y en la lucha de clases.
2. "La tesis de que ‘el modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general', de que todas las relaciones sociales y estatales, todos los sistemas religiosos y jurídicos, todas las ideas teóricas que brotan en la historia, sólo pueden comprenderse cuando se han comprendido las condiciones materiales de vida de la época de que se trata y se ha sabido explicar todo aquello por estas condiciones materiales; esta tesis era un descubrimiento que venía a revolucionar no sólo la Economía Política, sino todas las ciencias históricas (...) ‘No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia" (Engels, Prólogo a Contribución crítica a la economía política de Carlos Marx. Estas ideas centrales del pensamiento marxista, en ningún caso suponen la adopción de una visión fatalista y mecánica de la historia. Marx y Engels también dejaron constancia de "que ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecerán nuevas y más altas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado en el seno de la propia sociedad antigua" (Carlos Marx, Prefacio a la contribución de la economía política.) Incluso un sistema en decadencia como el capitalismo, puede sobrevivir y arrastrarse durante un periodo muy prolongado si la clase obrera no es capaz de acabar con el por métodos revolucionarios y establecer otra forma superior de producción y organización de la sociedad. De ahí el rechazo frontal del marxismo hacia el determinismo económico, aunque éste haya sido considerado como un rasgo destacado del pensamiento marxista por sus enemigos ideológicos. Frente a cualquier visión mecánica y empírica, el marxismo revolucionario siempre se ha basado en la lucha de clases como motor del cambio histórico.