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A diferencia de lo que piensan los abogados de la libre empresa, el excedente de capital no se dedica a la eliminación de las diferencias sociales ni a la elevación del nivel de vida de las masas. Marx subrayó que el empobrecimiento creciente de la p A diferencia de lo que piensan los abogados de la libre empresa, el excedente de capital no se dedica a la eliminación de las diferencias sociales ni a la elevación del nivel de vida de las masas. Marx subrayó que el empobrecimiento creciente de la población constituía un proceso inevitable y parejo al desarrollo de la producción capitalista. Durante décadas los enemigos del marxismo han ridiculizado esta previsión presentando las conquistas salariales y la cobertura en servicios sociales presentes en un puñado de países desarrollados, como la negación práctica del análisis de Marx.

Un estudio más detallado de las cifras actuales sugiere que las posiciones del marxismo no estaban tan equivocadas.

Según la FAO, la ración alimenticia mínima por persona es de 2.345 calorías diarias. Según datos de la ONU en 1998 cuarenta y cinco países se encuentran por debajo de esta norma, lo que significa que más de mil millones de personas sufren hambre.

Si analizamos la desigualdad de rentas, el 20% de la población mundial acumula el 86% de la renta total mundial, mientras que el 40% del planeta sólo se beneficia de un 3,3% del Producto Mundial Bruto. Cuando hablamos de pauperación y desigualdades, las cifras cuentan: las 225 personas más ricas del planeta tienen unas rentas equivalentes a las de los 47 países más pobres. Tan sólo el 4% de los ingresos de estas 225 personas bastaría para resolver las necesidades básicas en alimentación, agua potable, infraestructuras sanitarias y educativas de los países subdesarrollados

Mientras en 1960 el 20% de la población mundial correspondiente a los países más ricos disponía de una renta 30 veces superior a la del 20% de la de los más pobres, en 1995 esta diferencia se triplicó. En estos momentos más de 1.600 millones de personas malviven con un dólar diario.

El reparto del mundo

Cuando Lenin escribió su libro sobre el imperialismo en 1916 pocos podrían prever la vigencia y el alcance de sus afirmaciones en la época actual: “los monopolios se reparten entre sí, en primer lugar, el mercado interior apoderándose de un modo más o menos completo de la producción del país. Pero bajo el capitalismo el mercado interior esta inevitablemente enlazado con el exterior”.

En 1998, las 200 mayores empresas multinacionales controlaban el 80% de toda la producción agrícola e industrial del mundo, así como el 70% de los servicios e intercambios comerciales. Las diez primeras empresas de telecomunicaciones copan el 86% del mercado. Diez compañías dominan el 85% del mercado mundial de plaguicidas y otras diez son dueñas del 70% del negocio de productos de uso veterinario, por poner algunos ejemplos.

A través del intercambio desigual, las potencias imperialistas y sus multinacionales han impuesto a los países pobres un régimen de empobrecimiento y deuda que se ha transformado en un círculo vicioso. El desarrollo del comercio y de las nuevas tecnologías no ha hecho más que acelerar este fenómeno. Además mientras en 1970 los países pobres representaban el 40% del comercio mundial en 1990 la cifra había caído al 20%; por el contrario los intercambios comerciales realizados entre Europa, EEUU y Japón representan el 75%.

Lenin señalaba en su libro la siguiente idea: “La política colonial de la etapa del capital financiero, que se traduce en una lucha brutal por el reparto del mundo, origina abundantes formas transitorias de dependencia estatal. Para esta época son típicos no solo dos grupos fundamentales de países —los que poseen colonias y las colonias— sino también las formas variadas de países dependientes que desde un punto de vista formal gozan de independencia política, pero que en realidad quedan envueltos en las redes de la dependencia financiera y diplomática”. En la actualidad estas ideas escritas hace casi 90 años son más verdad si cabe. La dependencia de las burguesías nacionales de los países ex coloniales respecto al capital imperialista es un hecho incuestionable. De aquí se desprende el carácter reaccionario de estas burguesías y su incapacidad para asegurar el desarrollo económico y social de sus países, pues actúan como fuerzas cipayas de los grandes consorcios imperialistas que saquean estas naciones.

Esta realidad reivindica las ideas de León Trotsky y la revolución permanente, que explica que la clase obrera al frente de todos los oprimidos de la nación (empezando por el campesinado pobre) debe derrocar a la burguesía nacional y expropiar a los imperialistas, para acometer las reformas democráticas que la burguesía es incapaz de abordar y enlazarlas con las tareas socialistas. Una perspectiva que considera además la revolución socialista en los países ex coloniales como parte de la revolución mundial, pues la quiebra del dominio del capital internacional sólo se puede garantizar internacionalmente.

En el estado actual de dominio del capital financiero, los monopolios privados y estatales constituyen un todo, convirtiéndose en distintos eslabones de la lucha imperialista que los más grandes monopolios sostienen por el reparto del mercado mundial.

Lenin insistía en que no había que buscar razones morales particularmente perversas para explicarse las razones de este reparto: el motivo que mueve la división imperialista del mundo es la obtención de benéficos, mercados y áreas de influencia y en esa lucha la utilización de la fuerza es un recurso más.

Si el reparto del mundo ya se había culminado en 1918, lo que hemos presenciado desde esa fecha han sido nuevos repartos. En la actualidad la existencia de una única superpotencia que ha cambiado el equilibrio de fuerzas posterior a la segunda guerra mundial, no presupone el fin de nuevos repartos. Los preparativos para una nueva agresión militar contra Iraq tienen mucho que ver con este hecho: los imperialistas norteamericanos necesitan controlar los recursos petrolíferos de la zona, para asegurar un suministro barato de crudo. Este fin llevará consigo nuevas divisiones territoriales y económicas, pero no resolverá las contradicciones de fondo del modo de producción capitalista.