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Al día de escribir esta nota, la acampada ha vuelto frente a la factoría de Pilkington en Sagunto (Valencia), con carácter indefinido, y se han vuelto a convocar paros hasta el 30 de abril. Hace un mes la multinacional retiraba su plan de despidos de 192 trabajadores (el 40% de la plantilla) para negociar sin cifras una salida. En el aire estaba y está la posibilidad de que las bajas sean en todo o en parte voluntarias y prejubilaciones. Hasta ahora el comité de empresa se ha negado a ningún despido traumático. Tras intensas negociaciones y la constatación de que no hay ningún plan industrial para la factoría, los representantes obreros han decidido volver a instalar la acampada desmantelada a finales de marzo y a convocar los paros en su momento previstos. Mientras, la empresa pretende chantajear con los despidos para sacar más subvenciones a la Generalitat.
Hay otros 500 despidos previstos, o recientemente realizados, en las principales empresas del Camp de Morvedre, la comarca. Eso sin contar la desaparición masiva de subcontratas y la no renovación de contratos. A esto hay que añadir el reciente anuncio de despidos de la multinacional Arcelor Mittal; la factoría local ha descendido la producción un 50%, señal inequívoca de que el plan afectará aquí, como a muchas de las otras dieciséis plantas del Estado español.
Frente a esta situación, los dirigentes sindicales tienen que retomar la senda de la histórica manifestación del 10 de marzo: la respuesta conjunta de los trabajadores de todas las industrias de la zona, arrastrando tras de sí al resto de trabajadores, parados, estudiantes (víctimas futuras de la destrucción de empleo), comerciantes... Esa respuesta, para que sea contundente, sólo puede ser una huelga general en toda la comarca. También es fundamental la coordinación de todas las factorías de Arcelor Mittal para actuar como un solo hombre en la lucha.
Por otra parte, animamos al comité de Pilkington a no aceptar ningún despido, traumático o no, sin que haya contrato de relevo. El llamado mal menor nos debilita ante un futuro próximo más que incierto, donde continuarán los ataques. Basarse en la capacidad de lucha de los trabajadores y toda la población es la única garantía de mantener todos los puestos de trabajo.