Corriente Marxista Internacional

La victoria abrumadora de Evo Morales en Bolivia, un nuevo torpedo en la línea de flotación de la ya frágil estabilidad del capitalismo en la zona, ha removido a más de uno en su sillón. A pesar de sus discursos tranquilizadores hacia los empresario La victoria abrumadora de Evo Morales en Bolivia, un nuevo torpedo en la línea de flotación de la ya frágil estabilidad del capitalismo en la zona, ha removido a más de uno en su sillón. A pesar de sus discursos tranquilizadores hacia los empresarios bolivianos y las multinacionales, como señalaba el presidente de la Cámara de Industria y Comercio de Santa Cruz tras un encuentro con Morales: “ahora hay que ver que las palabras tengan relación directa con los hechos”. Y es que la clase dominante sabe que la cosa no empieza y termina con Evo, no olvidan a quién representa y el modo en que ha llegado al poder. Los esfuerzos por tratar de moderarlo, incluida la macro gira internacional por Europa, Asia y África (pero, cuyo primer destino fue Cuba y Venezuela) rodeándolo de altos mandatarios y hombres de negocios, sólo reflejan una parte de las presiones que Evo Morales está recibiendo. No podemos olvidar que lo que le ha permitido ganar las elecciones ha sido la lucha revolucionaria de los trabajadores en Bolivia, y le han elegido para que cumpla la “agenda de octubre”. Es decir, para que de una vez por todas se ponga en manos de los trabajadores y oprimidos bolivianos los inmensos recursos naturales existentes. Que se expropie y nacionalice los hidrocarburos y que se termine el saqueo de un pueblo que, teniendo las segundas reservas de gas más importantes de Latinoamérica, soporta niveles de pobreza de más del 60%. Lo cierto es que la situación política en Bolivia está muy abierta.

Un país de ‘alto riesgo’

Los intereses de los capitalistas españoles, especialmente de Repsol YPF, que posee el 35% de las reservas de gas de Bolivia, no se encuentran en su mejor momento. El 26 de enero, el presidente de la multinacional, Antonio Brufau, tuvo que anunciar la reducción en un 25% de sus reservas. El 52% de esa caída se debe a Bolivia. El país ha dejado de ser fiable para los capitalistas a nivel internacional, que ven cómo el negocio del saqueo sin límites se les puede venir abajo. El 1 de febrero el periódico El País condensaba, en el titular de una breve nota en sus páginas de economía, el sentimiento predominante de los capitalistas: “Bolivia, considerado por primera vez un país de alto riesgo”. En la misma fecha, el diario financiero del Estado español Cinco Días, hablaba aún más claro: “la intermediadora de seguros AON cree que la llegada al poder del izquierdista Evo Morales ha elevado el riesgo para las inversiones en Bolivia, un país de destino importante de la inversión española. La posible nacionalización de las explotaciones energéticas es un factor a tener muy en cuenta en los próximos meses”. Esta aseguradora, sin dudarlo un instante, ha incorporado a Bolivia al Mapa de Riesgos Políticos y Económicos 2006 ya que “los negocios en Venezuela y Bolivia se están enfrentando a mayores impuestos, revisiones de contratos y amenazas de expropiación de bienes”. Es evidente que en estas condiciones el negocio no es tan rentable y Repsol ya ha empezado a tomar medidas: congelar las inversiones previstas por importe de 400 millones de euros, como primer paso para presionar al gobierno boliviano.

La guerra del gas

Las reservas de gas en Bolivia, valoradas en alrededor de 150.000 millones de dólares, según el nuevo ministro de Hidrocarburos, Andrés Soliz Rada, son un suculento bocado para las multinacionales que no están dispuestas a perder así como así. Repsol reconoce que “por cada dólar invertido en Bolivia una petrolera gana diez” y esto gracias a los ridículos impuestos que tienen que pagar y la venta a un precio abusivo en el mercado interno.

Propiedad de las reservas de gas de Bolivia

· Repsol YPF 35%

· Petrobrás 16%

· British Gas 15%

· British Petroleum 4%

Lo primero que anunció al ser nombrado ministro Soliz Rada es que registrará todo el gas del país como propiedad boliviana en los registros y bolsas internacionales y denunció a la petrolera hispano-argentina por haber cometido “fraude contable” al anotarse como propias, en la Bolsa de Nueva York, las reservas de gas natural que explota en el país. Además añadió que “Repsol no es la única” que ha actuado de esa forma. Sin embargo, todo esto no significa que el gobierno boliviano esté planteando la expropiación y nacionalización de las empresas petroleras. Y es que a un metro por encima de la boca de pozo la propiedad de estas inmensas riquezas pasa a manos de las multinacionales, que se encargan de la comercialización y exportación, haciendo un negocio redondo.

En mayo de 2005, el gobierno boliviano aprobó una Ley de Hidrocarburos que elevaba los impuestos a las petroleras del 18% al 50%, pero que en la práctica no se ha llevado a cabo. Fue un intento de calmar a las masas bolivianas en su lucha por la nacionalización de los hidrocarburos, punto central de las movilizaciones desde la insurrección de octubre de 2003. Pero la llegada de Evo al gobierno y su anuncio de renegociar todos los contratos que tenían las petroleras bajo estas nuevas condiciones (50% de impuestos) es lo que ha empezado a incomodar a las multinacionales que no están dispuestas a ver como el negocio se hace algo menos rentable, bajo unas condiciones más duras.

Con esta política impositiva el gobierno del MAS evalúa en entre 100 y 200 millones de dólares al año lo que podría recaudar el Estado boliviano y reinvertirlo en políticas sociales y de industrialización del país. Éste es el verdadero programa del MAS. Pero, ¿es esto posible?

Hay que ser claros. Sus intentos de conciliar los intereses de unos y otros están abocados a fracasar. Ni las grandes multinacionales van a sentirse satisfechas, ni significará un avance significativo en las condiciones de vida de las masas. Ya se empiezan a dar las primeras contradicciones. Las promesas de aumentar significativamente el salario mínimo de los bolivianos han quedado congeladas por el momento, según el ministro de Planeamiento, Carlos Villegas, desacreditando las palabras de uno de los ministros más valorados por los bolivianos, el de Trabajo, proveniente del movimiento sindical.

No hay terceras vías

Dentro del gobierno se están reflejando y lo seguirán haciendo aún más, las dos presiones que tiene Evo Morales: la de los capitalistas y la de los trabajadores. No es posible una tercera vía, o lo que es lo mismo, no se puede establecer en Bolivia un capitalismo de rostro humano o un “capitalismo andino” como lo califica el vicepresidente, García Linera.

El gobierno del MAS tiene que basarse en la fuerza tremenda de los trabajadores y oprimidos del país para dar la batalla a las multinacionales. Sólo expropiando a las multinacionales y nacionalizando bajo control de los trabajadores las principales palancas de la economía, fundamentalmente los hidrocarburos, será posible satisfacer las demandas de las clase obrera, los indígenas y campesinos pobres en Bolivia.

Si la burguesía de momento está intentando mantener la calma y está buscando una estrategia de no enfrentarse abierta y virulentamente con el gobierno boliviano es, en primer lugar, porque la experiencia de Venezuela no ha pasado en balde para ellos y, sobre todo, porque son conscientes de que la correlación de fuerzas en Bolivia (y en el conjunto de América Latina) no les es favorable y prefieren intentar domar al actual gobierno antes de llegar a un enfrentamiento decisivo que podría llevar a que los trabajadores tomaran el poder en sus manos.

Pero, a la vez, no van a dudar ni un segundo si tienen que boicotear la economía boliviana o utilizar medios más expeditivos. En la medida que estos señores sean los dueños de la riqueza y los medios de producción de Bolivia el destino de las masas bolivianas estará en sus manos. Por eso, el argumento de quienes se oponen a la nacionalización porque “no hay que alterar a la oligarquía” como dice el vicepresidente García Lineras es totalmente falso y contraproducente. La oligarquía y los capitalistas ya está alterados, no quieren que les suban los impuestos, ya está amenazando con dejar de invertir en el país. Pero el enfrentamiento entre las clases está ya encima de la mesa. La riqueza de las reservas energéticas equivale a 16 veces el total de la deuda externa del país y supera en más de 130 veces la inversión pública anual. Es evidente que es un robo sin paliativos y que con esos recursos en manos del Estado, incluyendo el proceso de extracción y comercialización, toda esa riqueza podría revertir en la mejora y transformación radical de los niveles de vida de las masas bolivianas. Pero mientras todo eso no esté en manos de los trabajadores, para ser utilizado en cubrir las verdaderas necesidades sociales de la población y no para incrementar los beneficios individuales de las multinacionales de turno, la miseria y la explotación que sufren las masas pobres seguirá. La experiencia de Venezuela es muy rica para los trabajadores bolivianos y de ella debe aprender el gobierno de Evo: golpe de Estado, paro patronal, fuga de capitales... Sin embargo, todo eso se frenó con la intervención consciente de las masas en la calle y en las empresas. En PDVSA, la voluntad revolucionaria y el ingenio de los trabajadores fue capaz de contrarrestar el sabotaje patronal auspiciado por EEUU, en una empresa altamente cualificada y compleja.

El ejemplo del agua

Evo Morales tiene que basarse en la movilización y organización de los trabajadores y campesinos bolivianos, en la lucha por el control de los recursos energéticos y por la toma del poder, si no quiere hacer fracasar la oportunidad histórica de terminar con el capitalismo en Bolivia. “Bolivia puede y debe vencer en la lucha por la recuperación plena de sus recursos naturales” este es el mensaje que Óscar Olivera, uno de los principales dirigentes del levantamiento popular en la ciudad de Cochabamba del año 2000, contra la subida de los precios del agua potable y el alcantarillado, en la que se conoció como “guerra del agua” —pistoletazo de salida del proceso revolucionario que se sigue desarrollando en Bolivia— lanzaba a Morales. Durante ese alzamiento las masas consiguieron expulsar a la multinacional francesa Betchel. Ahora el gobierno boliviano ha comprado a precio simbólico (25 centavos de dólar) el 80% de la empresa Aguas del Tunari, filial de Betchel en Cochabamba, y ha puesto fin a la demanda de esta multinacional que exigía el pago de indemnizaciones multimillonarias. Esto tiene que, como señalaba Olivera, servir a Morales para que “no tenga miedo” de la reacción de las petroleras y el imperialismo. Esta victoria demuestra que es posible vencer al chantaje de las multinacionales y tiene que ser un ejemplo en el que se base Morales para nacionalizar la industria de los hidrocarburos. Dar este paso en Bolivia tendría consecuencias inmediatas en toda América Latina y sería un impulso para la lucha revolucionaria de las masas en todo el continente americano. La nacionalización de Repsol tendría una profunda repercusión en la conciencia de la clase obrera en el Estado español. Los mismos que saquean a países como Bolivia son los que aquí exprimen y explotan a los trabajadores. El ejemplo de que la clase obrera puede prescindir de ellos y aspirar a una vida más digna animaría la lucha dentro de nuestras fronteras. La lucha de los trabajadores bolivianos es nuestra lucha.


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