Corriente Marxista Internacional

Extracto: "El 9 de enero (22 de enero en el calendario gregoriano) se conmemora el centenario de uno de los mayores acontecimientos de la historia del siglo XX. Los tormentosos acontecimientos de 1905 formaron un prólogo majestuoso al drama revoluci “En la historia de las revoluciones surgen a la luz contradicciones que han madurado a lo largo de décadas y hasta de siglos. La vida adquiere una riqueza sin precedentes. Aparecen en la escena política, como combatiente activo, las masas, que siempre se mantienen en la sombra, y que por ello pasan con frecuencia inadvertidas para los observadores superficiales, e inclusive, en ocasiones, resultan despreciadas por ellos. Estas masas aprenden en la práctica, ensayan sus primeros pasos a la vista de todos, tantean el camino, se fijan objetivos, ponen a prueba sus propias fuerzas y las teorías de todos sus ideólogos. Realizan heroicos esfuerzos para elevarse a la altura de las tareas gigantescas, de envergadura universal, que la historia les impone”. (Lenin. Jornadas revolucionarias. Enero 1905).

El 9 de enero (22 de enero en el calendario gregoriano) se conmemora el centenario de uno de los mayores acontecimientos de la historia del siglo XX. Los tormentosos acontecimientos de 1905 formaron un prólogo majestuoso al drama revolucionario de 1917, fueron célebremente descritos por Lenin como el “ensayo general” de la Revolución de Octubre. La revolución somete a los partidos y los individuos a la prueba del ácido y clarifica los programas, las ideas y las perspectivas. En realidad, el éxito de 1917 en gran medida fue debido a la experiencia adquirida por la generación en la revolución de 1905.

La revolución de 1905 no fue una sorpresa para los marxistas rusos que durante mucho tiempo habían pronosticado un movimiento revolucionario de las masas rusas. Cuando llegó la revolución, el entusiasmo y el alcance de los acontecimientos fueron verdaderamente históricos.

“Se están desarrollando en Rusia acontecimientos de máxima importancia histórica”, escribía Lenin unos días después de la masacre del Domingo Sangriento. “El proletariado se ha levantado contra el zarismo... Los acontecimientos se están desarrollando con una asombrosa rapidez. La huelga general en San Petersburgo se está extendiendo. Todas las actividades industriales, públicas y políticas están paralizadas... La revolución se está extendiendo”.

La revolución de 1905 fue producto de la acumulación de contradicciones en las profundidades de la sociedad rusa. El zarismo se encontraba en un callejón sin salida y no podía desarrollar más la sociedad. El surgimiento del proletariado puso la revolución en el orden del día. Pero había más causas inmediatas que provocaron la chispa de la revolución. Los acontecimientos de 1905 fueron también fruto directo de la guerra ruso-japonesa, de la misma forma que la revolución de 1917 fue el resultado directo de la Primera Guerra Mundial. Las derrotas militares del zarismo, combinadas con las insoportables cargas impuestas por el régimen sobre las espaldas de las masas, fueron la gota que colmó el vaso.

La Rusia zarista había sido durante mucho tiempo la potencia más reaccionaria de Europa. Gobernada por una autocracia feudal, el desarrollo capitalista había llegado tarde a Rusia. El capitalismo en gran medida había sido importado de occidente e injertado artificialmente en unas relaciones económicas y sociales atrasadas. A diferencia de sus homólogos occidentales, la burguesía rusa era extremadamente débil e incapaz de llevar adelante la revolución democrático burguesa que crearía una república democrática moderna. En realidad, más que jugar un papel revolucionario, jugaba un papel contrarrevolucionario. La burguesía temía a las masas, mientras buscaba “reformas”, sobre todo lo que buscaba era proteger el Viejo Orden. Todo recaía sobre el recién surgido proletariado ruso que era quién debía llevar a cabo la lucha revolucionaria contra el zarismo. Pero la lucha no terminaría aquí. Como explicó Trotsky en su brillante teoría de la revolución permanente, desarrollada en gran medida a partir de la experiencia de 1905, los trabajadores debían luchar para llegar al poder, llevar adelante las tareas burguesas y después emprender las tareas socialistas. La revolución inevitablemente atravesaría los confines nacionales y se convertiría en parte de la cadena de la revolución socialista mundial.

El papel dirigente del proletariado en la inminente revolución, como explicaron tanto Lenin como Trotsky, fue confirmado por los acontecimientos de 1905. Era la primera vez que la clase obrera rusa entraba decisivamente en la escena histórica e intentaba tomar en sus manos su propio destino.

“En la revolución el principio de la historia se identificará con el año 1905”, escribía Trotsky, “el proletariado avanzará por primera vez bajo su propia bandera en nombre de sus propios objetivos”.

La dictadura zarista, la carga de la guerra, las terribles condiciones en las fábricas, hicieron que el descontento de la clase obrera alcanzara nuevas cotas. Esto alcanzó su punto culminante con la explosiva huelga en la fábrica de armas de Putilov en diciembre de 1904. En la clase obrera se estaba produciendo un enorme cambio, las huelgas se extendían de una industria a otra. Representaba el fermento que precedía a la explosión. Sin embargo, la revolución de 1905 estalló finalmente por un incidente: con la presentación de una petición al zar el 9 de enero, encabezada por un sacerdote, el padre Gapon, una manifestación pacífica de unas 140.000 personas se dirigieron al Palacio de Invierno para solicitar la ayuda del zar, conocido afectivamente como el “Pequeño Padre”.

“Señor, ¡nuestra fuerza se está agotando! Nuestra paciencia ha llegado al límite: ante nosotros ha llegado el terrible momento en que es mejor morir que continuar sufriendo un tormento intolerable”.

Pero sus quejas cayeron en oídos sordos. En lugar de simpatía la manifestación se enfrentó a la masacre, unas 4.600 personas fueron asesinadas o resultados heridas por las tropas del gobierno, esa fecha pasó a ser conocida por la historia como el “Domingo Sangriento”. La salvaje reacción del régimen transformó la situación en veinticuatro horas. La acorralada energía revolucionaria de las masas finalmente explotó.

Marx explicó que la revolución a veces para avanzar necesita el látigo de la revolución. La masacre de enero de 1905 actuó como un catalizador revolucionario. En todas partes se podía oír el grito: “¡Armas! ¡Armas!”

“La clase obrera”, escribía Lenin desde el exilio, “ha recibido una lección trascendental en la guerra civil: la educación revolucionaria del proletariado avanzó más en un día que lo que podía haber hecho en meses y años de existencia monótona, aburrida y miserable. La consigna del heroico proletariado de San Petersburgo: ‘Muerte o libertad’ se puede escuchar a través de toda Rusia”.

El 10 de enero se levantaron barricadas en Petersburgo. En una semana, 160.000 trabajadores habían dejado de trabajar. Las huelgas rápidamente se extendieron a otras zonas. En enero unos 400.000 trabajadores fueron a la huelga a través de Rusia. La oleada revolucionaria alcanzó a Polonia y los estados bálticos, Georgia, Armenia y Rusia Central.

La autocracia zarista estaba asustada. ¡Más que dar a los trabajadores una lección lo que provocó fue una revolución! “La gran mayoría de las personas parecían enloquecidas”, esto es lo que escribía el Conde Witte en sus memorias. Pero todas las revoluciones parecen una locura para aquellos que quieren apartarla a un lado. El 18 de febrero, bajo la presión del creciente movimiento huelguístico el zar publicó su primer Manifiesto en el que hacía referencia a una constitución y a reformas. Por supuesto esta concesión “desde arriba” era simplemente una maniobra, tenía el objetivo de dividir al movimiento y calmar la situación. Pero el movimiento continuó y se intensificó.

Antes del 9 de enero la socialdemocracia rusa tanto bolcheviques como mencheviques al principio se encontró con la hostilidad de las masas. Ahora, por primera vez conectaban con el movimiento de masas y su influencia crecía a pasos agigantados.

Condicionado por los años de clandestinidad, Lenin urgió a los bolcheviques a que abrieran inmediatamente sus filas. “Necesitamos fuerzas jóvenes. Soy partidario de poner en dificultades a todo aquel que presuma de decir que no hay personas que puedan entrar. La población de Rusia es una legión: lo que todos tenemos que hacer es ganar a jóvenes amplia y audazmente, más audaz y ampliamente, y una vez más, más audazmente, sin temor. Esta una época de guerra”.

Continuaba: “Librarnos de todos las viejas costumbres de inmovilidad, de respeto por el rango y otras cosas por el estilo. Formar cientos de círculos de Vperyodistas [el periódico bolchevique] entre los jóvenes y animarles a trabajar a toda máquina”.

“Resumiendo”, decía Lenin, “debemos reconocer que el creciente movimiento, que ha aumentado un céntuplo, con una atmósfera más libre y un campo de actividad es más abierto. El trabajo debe tener un alcance totalmente diferente. Los métodos de formación deben reenfocarse desde la instrucción pacífica a las operaciones militares. Hay que ganar luchadores jóvenes de una manera más audaz, amplia y rápidamente en las filas de todo tipo de nuestras organizaciones. Se deben crear cientos de nuevas organizaciones para este propósito y sin ningún retraso. Sí, cientos, esto no es una hipérbole y no decirme que es ‘demasiado tarde’ para enfrentarse a un trabajo organizativo tan amplio. No, nunca es demasiado tarde para organizar”.

Estas notas iban dirigidas a los “hombres del comité”, los revolucionarios profesionales que dirigían el partido y que sentían, en realidad, un desprecio por sus seguidores de la clase obrera. Querían continuar los métodos del período clandestino que estaban totalmente caducos.

Qué diferente es este Lenin de las caricaturas realizadas por los académicos burgueses y los comentaristas estalinistas, que le presentan como un dictador del partido despiadado, un conspirador que, temiendo a las masas, quería mantenerse en el poder a toda costa.

Al mismo tiempo, Lenin trataba con desprecio a los liberales con sus ilusiones en la reforma constitucional pacífica, así como los mencheviques que se aferraban a sus faldones. La cuestión se planteó a bocajarro: armar a los trabajadores y derrocar el zarismo. Esta era la tarea urgente a la que se enfrentaba el movimiento revolucionario.

Durante la primavera y el verano el péndulo giró continuamente a la izquierda. Mientras los trabajadores de Petersburgo tomaban un respiro las provincias entraron en la lucha. Las huelgas cada vez tenían un carácter más político y hubo un motín en la flota del Mar Negro. La amenaza de la revolución en casa obligó al régimen a terminar la guerra con Japón.

Junto a la paz con Japón las autoridades anunciaron en agosto un nuevo Manifiesto, prometiendo un nuevo parlamento o Duma. Aunque se propuso conceder el voto a los terratenientes y la clase media urbana privaba de este derecho al grueso de la población. Dadas las condiciones revolucionarias los bolcheviques correctamente defendieron el boicot a las elecciones. Explicaron que sólo derrocando al zarismo a través de acciones revolucionarias de las masas se podría preparar el terreno para una genuina democracia.

En otoño apareció un nuevo impulso revolucionario, comenzando con una huelga de impresores en Moscú que rápidamente se extendió a los ferrocarriles. “Este pequeño acontecimiento”, escribía Trotsky, “hizo estallar nada más y nada menos que una huelga política en toda Rusia, la huelga que puso un signo de puntuación y terminó con la caída del absolutismo”.

En octubre hubo una huelga general en los ferrocarriles en la que participaron unos 750.000 trabajadores. El movimiento se generalizó y una vez más planteó la cuestión del poder. El 10 de octubre en Moscú, Kharkov y Revel se declaró una huelga general política; al día siguiente en Smolensk, Kozlov, Yekaterinoslav y Lodz; a los pocos días la huelga estalló en Kursk, Byelgorod, Samara, Saratov, Poltava, Petersburgo, Orsha, Minsk, Odessa, Riga, Varsovia y en otras partes. “La huelga de octubre”, escribía Trotsky, “fue una manifestación de la hegemonía del proletariado en la revolución burguesa y, al mismo tiempo, de la hegemonía de las ciudades en un país agrícola”.

“En su alcance y agudeza”, explicaba Lenin más tarde, “la lucha huelguística no tenía paralelo en ninguna parte del mundo. La huelga económica se transformó en huelga política y más tarde en insurrección”.

Aterrorizado ante la revolución, “Nicolás el Sangriento” tuvo que hacer concesiones y firmar el 17 de octubre un nuevo Manifiesto. “Herodes ha salido con el rabo entre las piernas” observaba un trabajador. Pero el Manifiesto no solucionó nada, sólo separó a los liberales de los faldones de la revolución. Sin embargo, con las concesiones zaristas llegó la represión sangrienta. Este fue el momento de la famosa orden del general Trepov: “No más ráfagas de fogueo y ahorro de balas”. Las bandas de las Centurias Negras desencadenaron una orgía de reacción, provocando más de 4.000 muertos y más de 10.000 heridos en los pogromos. La experiencia demostró, sobre todo, la necesidad de la revolución de armarse para su propia defensa. En Petersburgo el soviet organizó el armamento del proletariado y la creación de milicias obreras.

La revolución puso al proletariado de pie. Elevó su conciencia de clase y su autoconfianza. Sobre todo, hizo surgir la auto-organización en forma del Soviet de Diputados Obreros creado el 13 de octubre:

“El soviet empezó su existencia”, escribía Trotsky, “como respuesta a una necesidad objetiva, una necesidad surgida del curso de los acontecimientos. Era una organización que era autoritativa y todavía no tenía tradiciones; que inmediatamente implicó a las masas dispersas formadas por cientos de miles de personas que prácticamente no tenían una maquinaria organizativa; que unió las corrientes revolucionarias dentro del proletariado; que fue capaz de tener la iniciativa y el autocontrol espontáneo, y lo más importante de todo, que pudo salir de la clandestinidad en veinticuatro horas”.

La iniciativa de la organización del soviet surgió de los mencheviques de San Petersburgo. Trotsky tenía una idea similar cuando llegó de Finlandia. La huelga general necesitaba un comité de huelga amplio para coordinar las cosas y el soviet jugó este papel clave con la elección de delegados de las fábricas (un delegado por cada 500 trabajadores). Conseguir la autoridad necesaria a los ojos de las masas tenía que basarse en la representación más amplia. Asombrosamente, el soviet fue rechazado por una parte de la dirección bolchevique que estaba en Petersburgo, temiendo que se convirtiera en una organización política rival al partido. Incluso fueron al soviet con una resolución: ¡o aceptaban todo el programa revolucionario de la socialdemocracia o debía disolverse! Esta actitud sectaria hacia el soviet, que provocó que la fracción bolchevique no consiguiera tener una posición dirigente en los acontecimientos, duró hasta que Lenin llegó en noviembre.

De todos los dirigentes revolucionarios de la socialdemocracia, Trotsky fue quien jugó el papel más destacado en 1905. Pero en esta ocasión ninguno de los principales dirigentes habían regresado del exilio. Martov sólo regresó a Rusia después del 17 de octubre; Lenin lo hizo el 4 de noviembre y Trotsky, por otro lado, había llegado a Kiev en febrero.

Lunacharsky, que era uno de los estrechos colaboradores de Lenin en aquella época, recordaba: “Su popularidad [la de Trotsky] entre el proletariado petersburgués en el momento de su arresto [en diciembre] era tremenda y creció aún más debido a su pintoresco y heroico comportamiento en el tribunal. Debo decir que de todos los dirigentes socialdemócratas de 1905-6, Trotsky sin duda demostró, a pesar de su juventud, ser el mejor preparado. Era el que menos llevaba el sello de cierto tipo de estrechez de perspectiva emigrante que, como he dicho, incluso en aquel momento afectaba a Lenin. Trotsky comprendía mejor que todos los demás lo que significaba dirigir la lucha política a una escala amplia y nacional. Él emergió de la revolución adquiriendo un grado enorme de popularidad, mientras que Lenin ni Martov habían conseguido nada de esto en absoluto. Plejánov había perdido su gran oportunidad debido a su muestra de tendencias quasi-cadetes. Trotsky estaba en ese momento en la primera línea de frente”.

Desde la escisión entre bolcheviques y mencheviques de 1903, Trotsky había roto con los mencheviques e intentado unir ambas fracciones. En las cuestiones políticas, sin embargo, Trotsky estaba muy cerca de Lenin. Con el regreso de Lenin a Rusia planteó la necesidad de la reunificación de las dos alas de la socialdemocracia: el POSDR.

Trotsky tenía sólo 26 años cuando se convirtió en presidente del soviet de San Petersburgo. El primer presidente breve del soviet, el simpatizante menchevique G. S. Khrustalyov, fue una figura accidental, como el padre Gapon. Trotsky escribió las declaraciones y resoluciones más importantes del soviet, era el sustituto natural después del arresto de Khurstalyov. “Bien”, comentó Lenin, “Trotsky lo ganó por su trabajo brillante e incansable”.

Trotsky avanzó en la dirección del proletariado de San Petersburgo. Inmediatamente conectó con la revolución. Cogió la pequeña Russian Gazette y la transformó en un órgano de lucha. Como resultado de su trabajo la circulación de la revista pasó de 30.000 a 500.000 ejemplares. Clausurada por el gobierno, Trotsky dedicó sus esfuerzos a un nuevo órgano político, Nachalo (El principio), que tuvo un gran éxito. También escribía editoriales para Izvestia (Las noticias), el órgano oficial del soviet, así como sus manifiestos y resoluciones.

“Los cincuenta y dos días de existencia del primer soviet”, escribía Trotsky, “estuvieron hasta el borde de trabajo, los soviets, el comité ejecutivo, reuniones sin fin y tres periódicos. Cómo conseguimos vivir en este remolino todavía no está claro, incluso para mí”.

Mientras que el manifiesto de octubre incluía concesiones, éstas tenían una naturaleza parcial y temporal. La respuesta del soviet fue continuar con la huelga general. Sin embargo, la huelga había perdido su momento y la decisión de poner fin a la huelga llegó el 21 de octubre. Pero no fue un acto solemne. Cientos de miles marcharon con el soviet exigiendo una amnistía, que parcialmente fue garantizada.

Una vez más, sintiendo la calma en la lucha, la contrarrevolución mostró su cara fea. Se organizaron manifestaciones pro-zaristas encabezadas por el clero y los obispos. Las bandas tocaban “Dios salve al zar”, el himno de los pogromistas. La policía dirigía multitudes de gamberros para asaltar las casas y tiendas judías. Unas 3.500-4.000 personas fueron asesinadas y unas 10.000 mutiladas en 100 ciudades. Gracias a los trabajadores no se produjeron pogromos en San Petersburgo, pero los destacamentos de trabajadores fueron dispersados y les confiscaron las armas. El manifiesto y las concesiones de amnistía representaban sólo una tregua momentánea, nada más.

En Kronstadt el 26 y 27 de octubre estalló un motín. Un día después se declaró la ley marcial y el motín fue aplastado. Muchos soldados y marineros revolucionarios fueron amenazados con la ejecución. Sobre el soviet aumentó la presión para que actuara en contra de esta abierta provocación. El soviet hizo un llamamiento a la huelga general el 2 de noviembre con las siguientes consignas: “¡Abajo la ley marcial! ¡No a la pena de muerte! ¡Abajo con la ley marcial en Polonia y en toda Rusia!”

El éxito del llamamiento sobrepasó todas las expectativas. Una vez más las autoridades fueron pilladas por sorpresa y accedieron a no aplicar la ley marcial. Como las luchas nacionalmente iban menguando los líderes del soviet decidieron poner fin a la huelga el 7 de noviembre. Sin embargo, el regreso al trabajo se inició con el mismo espíritu y grado de unidad que cuando empezó la huelga.

Este fue un punto de inflexión para el conjunto de la revolución. El proletariado de San Petersburgo después de diez meses de tremendos esfuerzos finalmente quedó agotado. El 3 de diciembre fue arrestado todo el soviet de San Petersburgo. La vida del soviet de Petersburgo había llegado a su final.

Cincuenta y dos miembros del soviet de San Petersburgo fueron llevados a juicio en septiembre de 1906, acusados de “preparar una insurrección armada” contra la “forma de gobierno” existente. Desde el banquillo, un Trotsky desafiante cambió su discurso y lo convirtió en un ataque a la autocracia y una defensa del soviet y la revolución. “¡El poder histórico en cuyo hombre habla el fiscal en este tribunal es la violencia organizada de una minoría sobre la mayoría! El nuevo poder, cuyo precursor fue el soviet, representa la voluntad organizada de la mayoría llamando al orden a la minoría. Debido a esta distinción el derecho revolucionario a la existencia del soviet está por encima de todas las especulaciones jurídicas y morales...”.

Ahora, con el arresto del soviet de Petersburgo, la iniciativa revolucionaria se trasladaba a Moscú. El 2 de diciembre estalló un motín en el regimiento moscovita de Rostov pero fue reprimido. Sin embargo, a pesar de este revés, el ambiente en las fábricas estaba alcanzando un nivel febril. Estaban dispuestas para una acción resuelta, incluso algunas capas proponían la insurrección armada. Este ambiente afectó al soviet de Moscú que declaró la huelga general el 7 de diciembre. En esas circunstancias todo el mundo sabía que éste votaría a favor de una insurrección. El llamamiento de solidaridad de Petersburgo tuvo un éxito parcial, 83.000 trabajadores salieron a la huelga.

La chispa de la insurrección en Moscú fue una provocación del gobierno, cuando envió tropas para dispersar las reuniones de trabajadores. Hubo enfrentamientos y barricadas, la huelga general comenzó y se extendió. A pesar de este avance hubo vacilación en la dirección del soviet y la contrarrevolución pudo atacar. Esto provocó aún más a las masas y estalló una insurrección armada. Se levantaron barricadas por toda la ciudad y se produjo una intensa lucha callejera. Desgraciadamente, las tropas del gobierno permanecieron leales y la insurrección finalmente fue aplastada. La derrota de Moscú constituyó un golpe duro para la revolución.

Aunque derrotada, la lucha no había sido en vano. Sin esta experiencia no habría sido posible la Revolución de Octubre. La experiencia sirvió para cristalizar las diferencias políticas entre bolchevismo y menchevismo. Las famosa frase de Plejánov: “¡no deberían haber tomado las armas!” fue la queja de alguien que se estaba alejando de la revolución. Lenin respondió: “Todo lo contrario, deberíamos haber tomado las armas más decidida, enérgica y agresivamente, deberíamos haber explicado a las masas que era imposible limitarnos a una huelga pacífica, que era indispensable una lucha armada valiente e implacable”. Los mencheviques miraban cada vez más a la burguesía liberal para que ésta dirigiera la revolución (burguesa), mientras que Lenin, Trotsky y los bolcheviques basaban la dirección en la clase obrera. Finalmente, esto llevaría a los mencheviques a ponerse en el lado equivocado de las barricadas en la Revolución de Octubre de 1917.

En conclusión, es apropiado acabar con una cita del libro de Trotsky 1905: “En 1905 la clase obrera todavía era demasiado débil para tomar el poder, pero los acontecimientos posteriores la obligaron a madurar y fortalecerse, no en el contexto de una república democrático burguesa, sino en el trabajo clandestino del zarismo del 3 de junio. El proletariado llegó al poder en 1917 con la ayuda de la experiencia adquirida por la generación más vieja en 1905. Por eso los jóvenes trabajadores hoy deben tener acceso total a esa experiencia y deben, por lo tanto, estudiar la historia de 1905”.

10 de enero de 2005


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