Corriente Marxista Internacional

La dictadura de Franco abarca un largo y tétrico periodo de la historia reciente. Situado entre dos puntos de ebullición del movimiento obrero en el Estado español, la revolución de los años treinta y la llamada Transición de los años setenta, suelea La dictadura de Franco abarca un largo y tétrico periodo de la historia reciente. Situado entre dos puntos de ebullición del movimiento obrero en el Estado español, la revolución de los años treinta y la llamada Transición de los años setenta, suele aparecer como un periodo gris y carente de lecciones políticas y teóricas. Realmente no es así. De entrada, la dictadura franquista es una prueba evidente de que ni la más sofisticada, brutal y prolongada maquinaria de represión es capaz de anular la voluntad de la clase obrera de transformar la sociedad. El carácter revolucionario de la clase obrera nace de su papel en la sociedad y eso es una realidad mucho más poderosa que todo el terror que pueda desatar la burguesía para mantener sus privilegios. Este artículo es apenas un anticipo, muy limitado, de un material más a fondo que publicaremos a lo largo del año 2006.

Un ejército forjado

por el ‘odio africano’

El método del terror y el exterminio empezó inmediatamente después del golpe militar de julio de 1936 y se aplicó a fondo durante los tres años que duró la guerra civil. El triunfo del ejército dirigido por Franco, en abril de 1939, inicia un periodo negro en la historia del Estado español cuya característica fundamental ha sido la represión brutal y masiva. El carácter marcadamente represivo del ejército español y de Franco en particular, tenía ya una larga tradición cuando se produce el llamado alzamiento nacional. Cuando estalla la huelga general de 1917, que afectó a todo el país, Franco era comandante y estaba destinado en Asturias, donde dirigió una columna del ejército dedicada a “restaurar el orden”. Franco estaba bajo el mando del general Burguete, el gobernador militar de Asturias, que anunció que cazaría a los huelguistas como “bestias salvajes”. Envió tropas regulares y guardias civiles a las cuencas mineras para desatar, con el toque de queda, una campaña de terror. La represión causó 80 muertos, 150 heridos y 2.000 detenidos, de los cuales muchos fueron cruelmente golpeados y torturados. El ejército se lanzó contra la población minera con el mismo “odio africano” con el que estaban acostumbrados a someter a la población marroquí, desatando una orgía de violaciones, pillaje, violencia y tortura.

Otro capítulo importante de la escuela de Franco fue su paso por la Legión en 1920, fundada por Millán Astray, a la que imprimió una crueldad brutal y una total indiferencia por el sufrimiento humano. Franco adoptaba un benévolo paternalismo hacia sus subordinados, que regularmente se dedicaban a realizar salvajes expediciones contra la población. Entre 1928 y 1932 Franco dirigió la Academia General Militar de Zaragoza, dejando constancia de forma muy clara y abierta de un acérrimo anticomunismo. Muchos de los militares que se formaron bajo su supervisión participarían activamente en el golpe de 1936.

Sin embargo, fue la salvaje represión de la revolución asturiana de 1934 el precedente más importante en la formación del futuro golpista y dictador. Franco la dirigió desde el Ministerio del Ejército, enviando al ejército marroquí. No fue suficiente con la rendición de los mineros, era necesario el castigo ejemplar a todos los implicados, tarea en la que se empleó a fondo el comandante de la Guardia Civil, Lisardo Doval. Desde entonces la prensa de derechas empezó a referirse a Franco como el “salvador de la República”. Su papel determinante en la represión de la revolución asturiana dio a Franco un considerable prestigio en los círculos militares y de la burguesía.

Un terror premeditado, masivo y organizado

El enfrentamiento con los mineros revolucionarios asturianos en octubre de 1934 convenció a los principales organizadores del golpe, que se puso en marcha tras la victoria del Frente Popular en febrero de 1936, de la necesidad de una represión masiva y aniquiladora. El genera Mola, principal arquitecto del golpe, teniendo también presentes las conclusiones del prematuro pronunciamiento del general Sanjurjo en 1932, daba la siguiente directriz en abril de 1936: “Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta, para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado. Desde luego, serán encarcelados todos los directivos de los partidos políticos, sociedades o sindicatos no afectos al Movimiento, aplicándose castigos ejemplares a dichos individuos, para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas”.

En el golpe, Franco se encargó del ejército africano. Igual que en 1934 en Asturias llevó las tropas marroquíes a la península, donde la Legión y los Regulares pudieron aplicar sus atroces prácticas durante su avance hacia Madrid en los primeros meses de la guerra civil. “Las matanzas eran útiles desde diversos puntos de vista. Satisfacían el carácter sanguinario de las columnas africanas; eliminaban gran número de oponentes potenciales (anarquistas, socialistas y comunistas a quienes Franco despreciaba como chusma) y, sobre todo, generaban un terror paralizante” (Paul Preston. Franco, caudillo de España.RBA Coleccionables, 2005).

Una de los capítulos más atroces de ese periodo inicial de la guerra civil fue el paso de las tropas franquistas por Badajoz, donde los legionarios, comandados por Yagüe cometieron una matanza salvaje e indiscriminada, en la que fueron fusiladas y asesinadas 7.000 personas. Yagüe declaró a un periodista norteamericano que le acompañó durante la marcha hacia Madrid: “Claro que fusilamos. ¿Qué esperaba? ¿Suponía que iba a llevar cuatro mil rojos conmigo mientras mi columna avanzaba contrarreloj? ¿Suponía que iba a dejarlos sueltos a mi espalda y dejar que volvieran a edificar una Badajoz roja?” (Ibíd). Esas palabras eran un claro reflejo de la política general de exterminio que practicó Franco durante la guerra civil, y revela que la represión sistemática y planificada militarmente, fue un componente esencial para la consolidación de la dictadura y el aplastamiento del movimiento obrero.

El odio y la violencia de los militares golpistas eran un odio y una violencia de clase. Era la reacción de la burguesía y de los terratenientes contra los trabajadores y los campesinos, que en los años anteriores y durante la misma guerra civil, desafiaron sus privilegios ancestrales. Son significativas las declaraciones del capitán Gonzalo de Aguilera —Conde de Alba y Yeltes, encargado de la prensa en la zona nacional del norte del país—, que reflejaban las creencias comunes de muchos oficiales del bando nacional. Alegando que las masas españolas eran “como animales”, declaró ante responsables extranjeros: “Tenemos que matar, matar y matar”, jactándose ante ellos de haber fusilado a seis de sus trabajadores el día que estalló la guerra civil, “para animar a los otros”. Solía explicar que: “De no haber alcantarillas en Madrid, Barcelona y Bilbao, todos esos jefes rojos habrían muerto en su infancia en lugar de incitar a la chusma y hacer que se vierta la buena sangre española. (…) Las alcantarillas son un lujo que se reservará a quienes lo merezcan, a los jefes de España, no a la masa de esclavos”.

Franco contaba con multitud de colaboradores, destacadamente falangistas y todo tipo de elementos desequilibrados, deseosos de participar en las tareas concretas de represión. El dictador era consciente de que algunos subordinados disfrutaban de las labores más sanguinarias, como era el caso del director general de prisiones Joaquín del Moral, que se deleitaba con los fusilamientos del día. Dar rienda suelta a los sectores más putrefactos de la sociedad, lo que da una idea del tipo de régimen que consolidó Franco tras la guerra civil, también tenía su sentido. La represión no sólo aterrorizaba al enemigo sino que también ligaba, inexorablemente, a quienes la cometían con su propia supervivencia: la complicidad de estas personas garantizaba que se aferrarían a él como el único baluarte contra la posible venganza de sus víctimas.

En gran medida, la táctica militar de Franco durante la guerra estuvo determinada por un objetivo político claro. En sus mismas palabras: “Debemos realizar la tarea, necesariamente lenta, de redención y pacificación, sin la cual la ocupación militar sería totalmente inútil. La redención moral de las zonas ocupadas será larga y difícil, porque en España las raíces del anarquismo son antiguas y profundas” (…) “La reconquista del territorio es el medio, la redención de los habitantes, el fin” (Ibíd).

Los bombardeos devastadores contra la población civil, como el de Gernika, satisfaciendo las ansias experimentales de la aviación alemana de Hitler, eran otra manera de “redención”.

Ejecuciones masivas

y esclavismo

Estos eran los mimbres con los que se formó la dictadura de Franco: el terror y el exterminio. Según Anthony Beevor, en su libro La guerra civil española, en el bando nacional se produjeron, como mínimo, 35.000 ejecuciones y “si se hace una proyección matizada, que tenga en cuenta el mapa político de cada zona que falta por estudiar”, (...) “es posible que la cifra que venía sosteniéndose hasta ahora como probable por la mayoría de los historiadores, haya que corregirla al alza, hasta el punto de que la cifra de todos los ejecutados por ‘rebelión militar’ desde el primer día de la guerra abierta hasta julio de 1948, más los que murieron por abandono, hambre o epidemia, puede superar en mucho los 200.000 y acercarse a los 250.000. No se pueden conocer, obviamente, las cifras de los asesinatos arbitrarios, los ‘paseos’ y los ejecutados por la ‘ley de fugas’ (…) pero pueden rondar los 30.000”.

Una de las prácticas generalizadas de la dictadura de Franco, y que recientes estudios están cuantificando y sacando a la luz, es la utilización masiva de la mano de obra esclava, que jugó un papel determinante en la reconstrucción de la posguerra. Esa práctica empezó al principio de la guerra civil y duró hasta los años setenta, dándose casos incluso después de la muerte del dictador.

Según el artículo de Jordi García Soler, Esclavos del franquismo: “Aunque fue personalmente el propio Francisco Franco quien puso en marcha este formidable negocio a costa de sus prisioneros políticos, iniciado ya de hecho en mayo de 1937, al parecer fue el jesuita José Antonio Pérez del Pulgar quien lo inventó e institucionalizó de forma oficial, mediante la constitución del llamado Sistema de Redención de Penas. En su texto de enero de 1939 titulado La solución que da España al problema de sus presos políticos —para mayor inri, editado por Publicaciones Redención—, dicho sacerdote no defendía ningún tipo de piedad ni clemencia para con los presos políticos del franquismo —‘no puede exigirse a la justicia social que haga tabla rasa de cuanto ha ocurrido’—, sino que preconizaba para todos ellos poco menos que la aplicación de la Ley del Talión: ‘Es muy justo que los presos contribuyan con su trabajo a la reparación de los daños a los que contribuyeron con su cooperación a la rebelión marxista”. Por supuesto que no se trataba de una ocurrencia individual, ese criterio era compartido por la jerarquía eclesiástica que apoyó, desde el principio, la “cruzada nacional” de Franco y dio su legitimación a una dictadura basada en la más atroz represión. Si bien el ejército fue el pilar fundamental del régimen de Franco, el papel de la Iglesia, con su amplísima red de iglesias, escuelas y demás instituciones, con su pléyade de curas y monjas, no fue nada secundario para su sostenimiento. En ese sentido, la iglesia no tuvo nada que envidiar a la Falange y a los Requetés.

Según el artículo citado, a principios de 1941, esto es un par de años después de finalizada la guerra civil, constaban en el Fichero Fisiotécnico (en él estaban registrados todo tipo de datos sobre centenares de miles de prisioneros políticos antifranquistas para tratarlos como auténticos esclavos) 103.369 penados, de ellos cerca de 10.000 mujeres, una cifra casi coincidente con la de los presos que entonces ya habían sido juzgados y condenados por los numerosos tribunales civiles y militares puestos en marcha en toda España durante aquellos años.

Otro dato que da una idea de la extensión de la represión es que, por esas fechas, son más de 280.000 los prisioneros políticos encarcelados entonces en todo el estado y que representaban el 10% del conjunto de la población activa del país. Los presos siguieron aumentando sin cesar. Según ha podido documentar recientemente el historiador Antonio Miguel Bernal, sólo entre los años 1939 y 1943 el número de presos políticos del franquismo llegó a superar los 550.000, también con una muy clara mayoría de jóvenes entre ellos.

Hambre generalizada

En esas condiciones de represión extrema, las condiciones de la clase obrera bajo el franquismo descendieron a niveles infrahumanos, hecho que no impidió que una minoría de privilegiados se beneficiase de una mano de obra prácticamente gratuita, amasando grandes fortunas. El negocio del estraperlo, muy vinculado a las corruptas redes falangistas, hizo que unos cuantos se enriqueciesen rápidamente.

“Las carencias provocadas por la autarquía se exacerbaron debido a la decisión igualmente desastrosa de mantener la peseta a un tipo de cambio absolutamente sobrevalorado. (…) La escasez de productos básicos, en especial vestido y calzado, el hambre y un incremento espectacular de la prostitución y las enfermedades epidémicas, incluidas algunas que no se conocían en el Mediterráneo desde tiempos bíblicos, se convirtieron en una realidad cotidiana de los llamados años de hambre” (Paul Preston. Franco, caudillo de España). Es interesante señalar que en ese periodo la prensa lanza una intensa campaña denunciando los chistes contra Franco como un delito contra el régimen, indicativo de la enorme impopularidad que había alcanzado la dictadura. En 1950 el consumo de carne per cápita en el Estado español era la mitad de lo que había sido en 1926 y el consumo de pan del mismo año sólo la mitad de 1936.

Las huelgas de 1946-47

Tan pronto como en el año 1947 el movimiento obrero había dado sus primeras muestras de recomposición. Tuñón de Lara, en su artículo El paro de1 47 en Vizcaya, publicado en 1985 por Cambio 16), describe lo siguiente: “En Cataluña, el año 1946 había comenzado por la huelga genral de Manresa, el 27 de enero. Iniciada por un conflicto en la fábrica textil Bertrand y Sierra, terminó en un paro, al que se unieron los comercios, los cafés y los cines; la prensa silenció todo, pero los obreros conquistaron una prima de 75 pesetas al mes”. Más adelante: “En el primer semestre de 1946 las huelgas se generalizaron en Tarrasa, Manresa, Granollers, Minas de Potasa de Suria, Maquinistra Terrestre y Marítima, Hispano-Suiza de Mataró y España Industrial. En noviembre de 1946 parará casi toda la industria textil catalana y gran parte de la metalurgia. Allí subsistían organizaciones cotizantes de la CNT y también de la UGT (que en su rama catalana de entonces estaba en manos del PSUC)”. Más adelante: “Esta visión panorámica —forzosamente incompleta— nos permite situar la huelga general más importante que tuvo lugar durante el primer decenio de la dictadura franquista, la de Vizcaya, el 1 de mayo y siguientes días de 1947. (…) Bilbao y la ría se inundan con pasquines firmados por la Junta de Resistencia y las tres centrales sindicales (UGT, STV y CNT). (…) El gobierno civil quedó enteramente sorprendido al ver que el día 1 la huelga alcanzaba el 80% de las plantillas de la Naval, la Babcok, más de la mitad de Altos Hornos y la totalidad de Astilleros de Nervión, Aurrerá, General Eléctrica, Zorroza, etc.”

Sin embargo, como señala Tuñón de Lara, la oleada de 1947 no fue un principio, sino un final. Obedeció al ambiente creado tras el final de la Segunda Guerra Mundial, marcado por las expectativas de que Franco correría con la misma suerte que Hitler y Mussolini. Pero ni esas primeras señales de vida del movimiento obrero tras la guerra civil, ni la heroica y necesariamente limitada lucha de los maquis en el monte, fueron suficientes para romper una dictadura que aún se podía asentar en la apatía y desmoralización predominantes por la derrota de la revolución de los años treinta. Al terminar el año 1947 la mayoría de las organizaciones clandestinas de la oposición estaban totalmente desmanteladas y por supuesto las “democracias occidentales” no tenían ningún interés en derrocar a Franco. El 16 de noviembre de 1937, más de un año antes del fin de la guerra, el gobierno británico ya había legitimado de facto a Franco al nombrar a sir Robert Hodgston agente diplomático británico en la España nacional. Durante la Segunda Guerra Mundial, a pesar del apoyo, sobre todo logístico, que Franco prestó a Hitler, tanto EEUU como Gran Bretaña suministraron petróleo y créditos al dictador, aunque muy controlados. Con el fin de la contienda y el inicio de la llamada guerra fría, EEUU establecería excelentes relaciones con Franco, con la consiguiente instalación de bases militares en el “soberano” territorio nacional y otro tipo de “apoyos”.

El crecimiento económico de los años sesenta

En marzo del año 1950 se produce la huelga de los usuarios del transporte en Barcelona, a la que siguieron otras de diferente alcance en Bilbao, San Sebastián, Vitoria, Pamplona y Madrid. En febrero de 1956, por primera vez después del final de la guerra civil, tienen lugar enfrentamientos estudiantiles en Madrid contra Franco.

Pero es en la década de los sesenta cuando se producen los cambios decisivos. A finales de la década de los cincuenta la economía española da síntomas de crecimiento significativo. Los bajos salarios, las jornadas laborales extenuantes, la represión brutal, la carencia de derechos, unos buenos mecanismos de repatriación de beneficios y el severo Plan de Estabilización, hicieron la España de Franco algo muy atractivo para los inversores extranjeros.

El crecimiento económico de los sesenta actuó como un reconstituyente del movimiento obrero, a pesar de que, paradójicamente, también fue un elemento de estabilidad para el régimen durante un tiempo. Se produce una incorporaron a las fábricas de jóvenes trabajadores que, sin haber participado directamente en la dramática derrota de los años treinta, se fueron galvanizando en la lucha reivindicativa y alcanzando un altísimo grado de politización. Ellos acabarían siendo la fuerza determinante para el fin de la dictadura franquista. La ley de convenios colectivos de 1958 abría una rendija de participación de los trabajadores en la negociación. El PCE, con diferencia la organización obrera con más implantación en la clandestinidad, se infiltra en los sindicatos verticales alcanzando un éxito notable. Muchos curas, influidos por el creciente malestar obrero y social, giran a la izquierda y apoyan la causa de los trabajadores. En 1958 nacen las primeras comisiones obreras representativas en la mina de La Camocha, en Asturias. Se dan experiencias similares en La Naval de Sestao en 1960. En 1962 se produce una huelga general en la minería asturiana. En 1966 empieza a funcionar la primera comisión coordinadora de ramas, conocida como la intersindical. En otoño de 1967 se hace público un manifiesto con una plataforma reivindicativa que exige un salario mínimo de 300 pesetas, 100% de salario en caso de baja o jubilación, escala móvil de los salarios, el derecho a huelga. ¡Sólo en Madrid se consiguen 25.000 firmas! Las elecciones en los sindicatos verticales en 1968 son un éxito rotundo para Comisiones Obreras. En Sevilla, de los 66 representantes de la “sección social” 63 pertenecen al sindicato. En Madrid obtiene el 80% en las grandes empresas. La extensión y la intensidad del movimiento obrero se acelera, afectando a muchas fábricas en un periodo relativamente corto de tiempo.

A finales de los años sesenta todas las fábricas más importantes del país habían participado en movimientos huelguísticos, con un alto grado de politización. La inercia ya se había roto, la dictadura estaba ya sentenciada. Ni la represión, ni la tortura, ni las detenciones de los dirigentes de las fábricas, pudieron frenar la lucha. Al torrente principal del movimiento obrero se sumaron otras capas sociales. A lo largo de toda la década de los sesenta se produjeron conflictos en la universidad. La lucha contra la opresión nacional, especialmente brutal bajo el franquismo, jugó un poderoso papel en el movimiento contra la dictadura, particularmente en Euskal Herria y Catalunya, arrastrando a sectores importantes de las capas medias y de la juventud estudiantil a la lucha revolucionaria.

El fin de la dictadura y

la crisis prerrevolucionaria

Es mentira que el franquismo se renovara a sí mismo y como por un impulso “modernizador” caído del cielo hiciera gratuitas concesiones democráticas. En realidad, el empuje del movimiento obrero cogió a la dictadura por sorpresa y la represión se fue intensificando cada vez más. Es interesante observar que el odiado Tribunal de Orden Público, creado en 1963 para reprimir la oposición política a la dictadura, concentra el 60% de sus procedimientos en sus últimos tres años de existencia (1974 a 1977). En los últimos coletazos de la dictadura, poco antes de la muerte de Franco, se producen los últimos cinco fusilamientos que causan una enorme conmoción política (en abril de 1963 se había ejecutado al dirigente comunista Julián Grimau y en agosto a los anarquistas Granado y Delgado). Bajo los gobiernos de Arias Navarro y de Suárez, tras la muerte del dictador en noviembre de 1975, más de cien militantes de la izquierda fueron asesinados por la Guardia Civil, la Policía o las bandas ultraderechistas amparadas por el aparato estatal.

La dictadura franquista fue un régimen de terror del principio hasta el final. En su etapa agonizante muchas ratas saltaron del barco, pero no fueron las ratas las que lo hundieron. No fue la monarquía borbónica, durante largo tiempo congelada y domesticada por Franco, la que puso fin a la dictadura. Los atentados de ETA, incluso el perpetrado contra Carrero Blanco, el “otro yo” de Franco, destinado a suceder al dictador, tampoco influyeron en el desmorone de la dictadura.

En la etapa final de la dictadura no sólo estaba preocupado el búnker que rodeaba a Franco sino la burguesía en su conjunto. A partir de 1970 el movimiento obrero gana en profundidad y extensión, abriendo el periodo prerrevolucionario que marcó el final de la dictadura y que hemos tratado ampliamente en otros materiales. Los años setenta fueron años de agitación e inestabilidad en muchas partes del mundo. La crisis económica de 1973 actúa de catalizador de procesos larvados durante mucho tiempo. En abril de 1974 estalla la Revolución de los Claveles en Portugal, en pocos meses se nacionaliza la banca y los principales medios de producción y el proceso adquiere un tinte netamente socialista. En la llamada Transición, aunque el proceso no llegó tan lejos, el sistema corría un peligro real. Como siempre sucede en los momentos críticos, ni la represión ni las concesiones cosméticas son suficientes para frenar un movimiento largo tiempo contenido y con profundas aspiraciones de cambio social. Como tantas veces hemos apuntado, y por razones de espacio no profundizaremos ahora, fue el papel de los dirigentes obreros, especialmente del PSOE y del PCE, los que evitaron que la lucha contra el franquismo no se transformara en una lucha abierta y victoriosa contra el sistema capitalista. Aunque la dictadura cayó, su aparato represivo no fue depurado y se llegó a un vergonzoso pacto de silencio entre franquistas trasformados en “demócratas de toda la vida” y los principales dirigentes de la izquierda sobre el verdadero significado de los años treinta, del golpe de julio de 1936, de la revolución que se desató en la España republicana, de la dictadura franquista y de la llamada Transición. Sacar todas las lecciones es una necesidad para preparar a la clase obrera y la juventud para los turbulentos años que nos esperan.


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