Imprimir
La revolución española ha sido objeto de estudio permanente por parte de políticos e historiadores, pero el intento consciente de distorsionar su naturaleza, su dinámica interna y caricaturizar a sus protagonistas ha tenido, hasta cierto punto, éxito La revolución española ha sido objeto de estudio permanente por parte de políticos e historiadores, pero el intento consciente de distorsionar su naturaleza, su dinámica interna y caricaturizar a sus protagonistas ha tenido, hasta cierto punto, éxito. En la actualidad una corriente revisionista de la guerra civil, auspiciada por la derecha, y cuyos representantes son individuos de la calaña de Pío Moa o César Vidal, intentan justificar los crímenes de la dictadura amparándose en los movimientos revolucionarios de la izquierda. Estos abogados de la contrarrevolución son tan cínicos, tan miserables, que pretender confundir a las víctimas con los verdugos. Exculpan a los mandos militares y cuadros falangistas que, con el apoyo entusiasta de la Iglesia y de los grandes capitalistas, fusilaron a más 150.000 trabajadores entre el 18 de julio de 1936 y finales de 1949. Defienden a los que transformaron el país entero en una inmensa cárcel, a los que utilizaron a los trabajadores, en condiciones de esclavitud, como carne de cañón en sus fábricas, tierras, en las obras públicas del régimen.

Y ese discurso, absolutamente reaccionario, encuentra eco en los dirigentes del gobierno socialista que se niegan, aduciendo razones de justicia entre los bandos, a aprobar una ley sobre la memoria histórica que pueda resarcir a los millones de víctimas de la dictadura.

Contra la charlatanería embaucadora

Por otra parte la izquierda reformista, tanto socialdemócratas como estalinistas, tratan de presentar una visión dulce de la República, conectándola con la transición y los “logros” de treinta años de monarquía juancarlista. Este enfoque lo expresó muy bien Josep Fontana, un historiador muy prestigiado, que pasa por ser uno de los capitanes de la historiografía progresista del país, cuando señaló este verano en el diario El Mundo, que “el golpe de Estado de Franco tuvo como objetivo acabar con los esfuerzos modernizadores de la inteligencia española que quería situar a nuestro país dentro de las democracias avanzadas de su entorno”. ¿A qué democracias del entorno se referirá Fontana? ¿A la Alemania nazi? ¿A la Italia de Mussolini? ¿A la Austria de Dolffus?, ¿Al régimen francés o al británico que, como muestra de su adhesión a la democracia, no movieron un solo dedo para apoyar militarmente a la República, mientras miraban a otro lado cuando Alemania e Italia intervenían impunemente con todo tipo de tropas y material militar?

La moral dominante —es decir, las ideas de la clase dominante— intenta reducir los acontecimientos de los años treinta en el Estado español a un enfrentamiento fratricida entre hermanos, “un inmenso error” que no se puede volver a repetir.

Detrás de esta charlatanería con la que se quiere embaucar a las jóvenes generaciones, se intenta ocultar la verdadera realidad del drama histórico. La Guerra Civil, la expresión más aguda de la lucha de clases, en palabras de Lenin, fue provocada e iniciada por esa misma burguesía que hoy habla de “olvidar”. Los mismos apellidos que hoy controlan los grandes bancos, las grandes empresas, la tierra, que poseen la parte del león de la economía, estuvieron detrás de la organización y preparación del levantamiento fascista que cubrió el Estado español de una negra dictadura que se prolongó durante casi cuarenta años.

Los obreros conscientes y los jóvenes que se inician en la lucha política deben rechazar los cantos de sirena que lanzan los propagandistas de la burguesía. Muchos están interesados en enterrar las enseñanzas políticas de la revolución española. Pero echar tierra sobre aquellos acontecimientos no beneficia la causa del socialismo.

La violencia es el sello de la sociedad capitalista. En el siglo pasado, la humanidad se ha visto enfrentada en dos ocasiones a la barbarie generalizada, en forma de guerras mundiales. Sin embargo, en la época actual las matanzas, los genocidios, las intervenciones imperialistas, el hambre y la miseria no son recuerdos del pasado, sino realidades para cientos de millones de hombres y mujeres en todo el mundo.

El grito de emancipación de los obreros, los campesinos, las mujeres, los jóvenes que protagonizaron la revolución española, sigue teniendo hoy todo su sentido.

Desde El Militante queremos rendir tributo, durante todo el año 2006, al heroico proletariado español que combatió durante tres años al fascismo con las armas en la mano, al tiempo que desarrollaba la revolución social en campos y fábricas. Queremos reivindicar la memoria histórica de los trabajadores que lucharon por el socialismo y fueron traicionados por aquellos que circunscribieron el combate contra Franco a la defensa de la llamada “república democrática”. Es decir, a aquellos que pensaban que se podía batir al fascismo y sus mentores (los grandes capitalistas y terratenientes del país y los bancos y monopolios extranjeros) en el marco del respeto a ese mismo capitalismo. La disyuntiva era evidente: al fascismo sólo se le podía oponer victoriosamente la revolución socialista, el poder obrero, como la experiencia histórica de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia había demostrado.

Dos concepciones muy distintas

En la revolución española se enfrentaron en condiciones muy desiguales la concepción reformista-estalinista y la revolucionaria. Finalmente, se impuso la primera. La cosecha obtenida no pudo ser más trágica. La liquidación de las conquistas revolucionarias, de las milicias obreras, del poder obrero en las fábricas, de las colectivizaciones en el campo, anuló el fervor revolucionario de los primeros momentos y asfaltó el camino a la derrota militar. La clase obrera pagó un precio muy alto: la liquidación de sus organizaciones, la supresión de las libertades democráticas, el exterminio de la flor y nata de la vanguardia revolucionaria y su atomización como clase, transformada en un bulto sangriento susceptible de ser tan sólo carne de cañón para la explotación y la acumulación capitalista.

Las lecciones de la revolución española deben estudiarse meticulosamente por parte de toda la generación de jóvenes y trabajadores que aspiran a un cambio socialista de la sociedad. Desde El Militante y la Fundación Federico Engels, desarrollaremos una amplia campaña en todo el Estado español a lo largo de este año, con publicaciones de materiales, artículos, documentos, una serie monográfica en el periódico, actos públicos en las principales ciudades del país, y con la edición de un libro sobre la revolución y la guerra civil. Para los marxistas no se trata tan sólo de una fecha de recuerdo. Las tareas de la revolución social setenta años después siguen pendientes en nuestro país y a nivel internacional, así como la tarea de construir un partido marxista revolucionario que las lleve a cabo.

A partir del mes de febrero republicaremos la serie de artículos sobre la revolución española que aparecieron en las páginas de El Militante hace diez años. Pensamos que el contenido de los mismos es absolutamente vigente y cubren ampliamente todos los aspectos políticos, sociales, económicos y militares de la revolución.