Corriente Marxista Internacional

Junto a la Iglesia de San Francisco alguien había escrito con sangre la palabra JUSTICIA y habían puesto un zapato, unas piedras y dos trozos de rama formando una pequeña cruz. La intervención policial para disolver una Asamblea de trabajadores en un Junto a la Iglesia de San Francisco alguien había escrito con sangre la palabra JUSTICIA y habían puesto un zapato, unas piedras y dos trozos de rama formando una pequeña cruz. La intervención policial para disolver una Asamblea de trabajadores en una iglesia, con gases lacrimógenos y armas de fuego, había provocado una tragedia: dos obreros asesinados directamente en el lugar de los hechos, cuatro heridos muy graves de los cuales tres morirían, más de sesenta heridos graves, la mitad con heridas de bala, y cientos de heridos leves.

Vitoria, que durante dos meses había visto nacer y crecer un poder obrero que cuestionaba de raíz el dominio patronal y el entramado jurídico institucional a su servicio, mostraba al mundo el rostro mas brutal de la dictadura franquista sin Franco. Quisieron dar un escarmiento porque nuestra fuerza era imparable, la represión nos fortalecía, temían que lo que estaba pasando se generalizase y no podían permitir que nuestra lucha pusiese en peligro sus planes de reforma. Sin embargo, la respuesta de la clase obrera, mas de cien mil personas en los funerales del día 5, mas de medio millón en huelga en Euskal Herría el día 8, y las condenas y movilizaciones en el estado y en todo el mundo, impulsaron de forma decisiva la conquista de las libertades que hoy tenemos.

Los trabajadores alaveses queríamos mas jornal, en contra del decreto de congelación salarial, exigíamos que la negociación se hiciera al margen del Sindicato Vertical, con los representantes que habíamos elegido directa y democráticamente, y reclamábamos mejores condiciones de trabajo. Las asambleas diarias, la coordinación de las empresas, la participación de miles de jóvenes y mujeres, la defensa de los trabajadores mas comprometidos, reclamando la readmisión de despedidos y la libertad de detenidos, configuraron una experiencia inolvidable. Además, se superaron los topes salariales, se reconocieron las asambleas y los representantes de los trabajadores, se readmitió a los represaliados, se potenciaron las asociaciones de vecinos frente a los primeros ayuntamientos democráticos, se impulsó la negociación colectiva en todos los ámbitos y aumentó la conciencia y organización obreras.

El mismo mes de marzo se unificaba la oposición antifranquista y en abril se imponía la celebración del primer congreso de un sindicato obrero, el de la UGT, siendo su primera decisión, por unanimidad, la de exigir la libertad de los cuatro delegados por Álava al Congreso, presos en Nanclares y Carabanchel, y la de los demás trabajadores detenidos tras el 3 de marzo. Poco después desaparecía el sindicato vertical, se legalizaban los sindicatos de clase y los trabajadores se organizaban masivamente para defender sus intereses.

Sin embargo, contradictoriamente, los dirigentes obreros fueron perdiendo la iniciativa política, renunciaron a la ruptura democrática, pactaron que los costos de la crisis económica recayeran principalmente sobre los trabajadores, aceptaron una ley de punto final que corría un tupido velo sobre cuarenta años de franquismo, y legitimaron un déficit democrático responsable de que hoy, treinta años después, no haya ni verdad ni justicia, para ninguna de las víctimas del franquismo. Un contexto de impunidad porque no existe, de hecho o de derecho, responsabilidad penal de los autores de violaciones de los derechos humanos, ni tampoco responsabilidad civil, administrativa o disciplinaria. Por eso la Asociación de Víctimas y familiares de víctimas 3 de marzo de 1976 ha visto sistemáticamente rechazados sus recursos y ha tenido que acudir a instancias internacionales.

Otros signos inquietantes nos recuerdan hoy también aquel pasado; la prepotencia e intransigencia de los empresarios negándose a negociar convenios sectoriales, la rancia oposición de una derecha que agita el espantajo del golpe militar para defender su idea de España, la persistencia de la tortura o el macro-juicio 16/98 en la Audiencia Nacional, vulnerador de derechos y garantías mínimas.

Tras tres décadas seguimos teniendo los mismos problemas y en muchos aspectos nuestras condiciones de trabajo han empeorado. Los datos revelan el incremento constante de los ritmos de trabajo, la pérdida de poder adquisitivo de los salarios en favor de los beneficios empresariales, el aumento de la siniestralidad laboral por el incumplimiento sistemático de las leyes de seguridad por las empresas, las interminables cadenas de subcontrataciones. El 34% de los contratos son temporales, el futuro es incierto para los jóvenes, las mujeres ganan un 30% menos que los hombres, la jornada está aumentando porque se obliga a trabajar horas extras que no se pagan, los precios de la vivienda están por las nubes por culpa de la especulación, la sanidad y la educación se deterioran, el fraude fiscal persiste y la amenaza de deslocalizaciones representa un chantaje permanente.

En esta situación las organizaciones obreras son más necesarias que nunca y sin embargo están más cuestionadas que nunca. De los pactos en las alturas han hecho una práctica habitual para escenificar un consenso social que esconde la subordinación al capitalismo y a sus dogmas incuestionables: el mercado, la competitividad o la productividad. En las reformas laborales, los convenios, los expedientes de crisis, o en los acuerdos para privatizar servicios públicos, se han institucionalizado unos métodos que debilitan un sindicalismo de clase, de participación y de respuesta. Una situación que está llegando al límite como estamos viendo en la negociación colectiva en la que los empresarios incrementan unilateralmente los salarios y se niegan a negociar los convenios cuestionando a los sindicatos ante los trabajadores.

Hay que denunciar el capitalismo porque su lógica interna se enfrenta a la mayoría de la población en beneficio real de unos pocos y hace falta una nueva actitud sindical que recupere las tradiciones internacionalistas, de lucha y de solidaridad del movimiento obrero. En ese sentido, el 3 de marzo recupera métodos que nunca se debieron abandonar; las asambleas de fábrica, los objetivos compartidos por los trabajadores, la unidad de acción, la elección de los compañeros más validos o la extensión y generalización de las luchas.

Ese será el mejor homenaje a nuestros muertos y nuestras víctimas mientras seguimos defendiendo el derecho a saber; que comprende el reconocimiento de la verdad, el deber de recordar para protegerla de las tergiversaciones de la historia, y el deber de conservar los archivos; el derecho de las víctimas a la justicia, y el derecho a obtener una reparación económica y moral.


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