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Se cumplen setenta años de la llegada al poder del Frente Popular. Al mismo tiempo, se producía una oleada de huelgas y ocupaciones en el país. Con su entrada en funciones, el nuevo gobierno aprobó la semana laboral de 40 horas y las dos semanas de v Se cumplen setenta años de la llegada al poder del Frente Popular. Al mismo tiempo, se producía una oleada de huelgas y ocupaciones en el país. Con su entrada en funciones, el nuevo gobierno aprobó la semana laboral de 40 horas y las dos semanas de vacaciones pagadas, entre otras medidas. En la memoria colectiva del movimiento obrero el Frente Popular está asociado a esta magnífica movilización por los salarios y las reformas sociales que les sacó un poco de la fábrica y la oficina para que dejaran de ser simples bestias de carga. Por esa razón hoy celebramos la audacia y la energía de estos trabajadores que escribieron una de las páginas más bellas de la historia de nuestra clase.

Sin embargo, las páginas siguientes fueron sombrías. Dos años y medio después de su llegada al poder, el Frente Popular cedía el sitio a una coalición de la derecha y la mayoría de las conquistas sociales de 1936 fueron puestas en cuestión. Un año después, la clase obrera sufría el régimen de Pétain y la ocupación nazi. ¿Por qué las “esperanzas del Frente Popular” desaparecieron tan abruptamente? ¿Por qué el impulso revolucionario de la primavera de 1936 no llevó a una sociedad nueva libre de miseria y explotación? Es importante responder a estas preguntas porque la historia del Frente Popular y su colapso constituye una fuente valiosa de lecciones para todos aquellos que hoy luchan por un mundo más justo.

Apenas había salido de la Primera Guerra Mundial el capitalismo se sumergió en una crisis orgánica que, desde principio de los años treinta, representaba una amenaza de una nueva conflagración mundial. El estancamiento económico minó las bases materiales del reformismo y la democracia parlamentaria. Las contradicciones entre las clases alcanzaron nuevas cotas de intensidad. Era el momento de las revoluciones y las contrarrevoluciones, como demostró la ofensiva del movimiento obrero español y el aplastamiento de los trabajadores alemanes bajo la bota de los nazis. En Francia, también, el callejón sin salida del capitalismo puso en un corto espacio de tiempo al movimiento obrero ante la siguiente alternativa: la conquista del poder o una dictadura reaccionaria.

¿De qué forma abordaron esta situación las organizaciones del movimiento obrero francés? El Partido Socialista (SFIO) cerró los ojos ante la gravedad de la crisis y sus implicaciones. En palabras reconocía la necesidad de derribar el capitalismo, pero toda su política se basaba en la perspectiva de una modificación gradual y pacífica del régimen social, con el favor de una mayoría parlamentaria de izquierdas. La realidad es que en Alemania esta política había llevado a la bancarrota. Pero León Blum, el jefe del SFIO, se esforzaba por convencer a las masas de que “Francia no es Alemania” y que no era necesaria una ofensiva revolucionaria en Francia para acabar con la miseria y el paro.

Por otro lado, los dirigentes del PCF hasta 1934 pusieron en práctica la política conocida como el “tercer período”, que consistía en caracterizar al SFIO como un partido “socialfascista” y negarse a realizar ninguna forma de acción común con los socialistas ya que las consideraban organizaciones fascistas, cuya influencia no dejaba de aumentar en el país. Esta es la misma política de división del movimiento obrero que en Alemania había aplicado el partido comunista más poderoso de la III Internacional, hasta que Hitler tuvo la capacidad de aplastar y pulverizar el movimiento obrero organizado, incluido el “socialfascista” SPD. Esta catástrofe da una medida de la degeneración de la III Internacional, cuya causa fundamental fue la degeneración de la propia revolución rusa. Aislada en un país atrasado, la democracia soviética creada por la revolución de octubre acabó cediendo el lugar a la dominación de una casta parasitaria.

El Frente Popular

El Frente Popular fue, básicamente, una alianza de tres partidos: PCF, SFIO y Partido Radical. La alianza del PCF con el SFIO se suponía que era un abandono de la teoría del socialfascismo. ¿Cómo explicar este giro de ciento ochenta grados?

A pesar de sus errores políticos, los dirigentes del PCF y la III Internacional tuvieron en cuenta las lecciones de la catástrofe alemana. Después de todo, no tenían ningún interés en ver cómo el fascismo llegaba al poder en Francia. Pero aquí el factor principal no fueron los temores de Thorez (dirigente del PCF) o de Dimitrov (el responsable de la III Internacional), sino que fue la poderosa presión de las masas de los trabajadores que instintivamente aspiraron a la unidad del movimiento obrero organizado.

El 6 de febrero de 1934 una manifestación fascista intentó llegar a la Asamblea Nacional francesa. Los enfrentamientos con la policía provocaron 17 muertos y la caída del gobierno. En reacción a esta muestra de fuerza los sindicatos y partidos de izquierda convocaron una huelga general el 12 de febrero. La huelga fue un éxito. Ese día, cuando las manifestaciones del PCF y SFIO se unieron en la Plaza de la Nación, sus filas se mezclaron con entusiasmo. Mientras ponían a los dirigentes del PCF frente al hecho consumado de la unidad de acción en la calle, los trabajadores asestaban un duro golpe a la teoría del socialfascismo.

Sin embargo, esta unidad en el Frente Popular no llegaba hasta el Partido Radical. Aquí, uno de los factores principales fue el pacto Franco-Soviético, firmado en París el 2 de mayo de 1935. Este pacto tuvo consecuencias en la política del PCF que se pueden resumir en intentar no herir al imperialismo francés. El comunicado oficial del Ministerio de Asuntos Exteriores decía lo siguiente: “Stalin comprende y aprueba totalmente la policía de defensa nacional hecha por Francia para mantener su fuerza armada al nivel de seguridad”.

Esta posición entraba en total contradicción con los principios del internacionalismo proletario. En la época de Lenin habría sido inconcebible que la firma de un acuerdo con un gobierno imperialista, como pasó en Alemania en 1918 con Brest-Litovsk, fuera acompañado por el apoyo a la política de la potencia imperialista en cuestión. Sin embargo, en 1935, la dirección de la III Internacional anunció a los trabajadores franceses que no era el momento de derribar a la clase capitalista francesa y que colaborando con esta misma clase capitalista para que así “pueda mantener su fuerza armada al nivel de seguridad”. La alianza de los partidos de la izquierda con el Partido Radical −que constituía el nudo del Frente Popular− fue el instrumento de esta política de colaboración de clases.

El Partido Radical

Los dirigentes del SFIO y del PCF justificaron su entada en el Frente Popular con el Partido Radical por la necesidad de aliarse con las clases medias (pequeños campesinos, pequeños comerciantes, etc.,), que constituían el electorado tradicional de los radicales. Pero, en realidad, el Partido Radical no era el partido de la clase media, representaba a los intereses de la clase capitalista que lo utilizaba para someter, políticamente, a la clase media. Como dijo Trotsky en aquel momento con relación al Partido Radical: “es el aparato político de la explotación de la pequeña clase media por el imperialismo” o “el ala de izquierdas del capital financiero”. La unión con este partido no era la unión con la clase media, sino con los grandes capitalistas cuyos políticos, a pesar de su demagogia, defendían sus intereses.

De esta alianza con un partido capitalista sólo podría salir un programa conformista con los intereses del capitalismo. Los radicales se oponían sistemáticamente a cualquier medida que se opusiera a las “doscientas familias” que controlaban los hilos de la economía nacional. El radical Deladier escribía lo siguiente: “El programa del Frente Popular no contiene ningún artículo que pueda suponer un problema para los intereses legítimos de ningún ciudadano, inquietar sus ahorros o tocar nada de la fuerza sana del trabajo francés”. En realidad, este programa sólo contemplaba, por ejemplo, las nacionalizaciones de la industria militar.

La alianza de la izquierda con el Partido Radical entraba en contradicción con toda la dinámica de la situación. La crisis del capitalismo y la agravación de las contradicciones de clase iban acompañadas por un aumento de la polarización social, a derecha e izquierda. La clase obrera estaba girando rápidamente a la izquierda. En cuanto a las clases medias, desertaban del Partido Radical bien a favor de la izquierda o a favor de la extrema derecha.

Esto se vio claramente en la primera ronda de las elecciones legislativas en abril de 1936. Mientras que el SFIO mantenía el voto de 1932, a pesar de la escisión por la derecha de un grupo de “neo-socialistas”, el PCF pasó de 780.000 a 1.470.000 votos, y los radicales mantenían más o menos los mismos 500.000 votos. A pesar del apoyo que los dirigentes comunistas y socialistas daban a los radicales, los trabajadores y una gran parte de la clase media rechazaban a los radicales y giraban a favor del partido que reclamaba la revolución de octubre.

La segunda ronda dio la mayoría absoluta a los partidos el Frente Popular. El PCF pasó de 10 a 72 escaños, el SFIO de 97 a 147 mientras que los radicales pasaban de 159 a 116. El primer grupo parlamentario del Frente Popular, el SFIO, puso a su jefe, León Blum, al frente del gobierno. Pero en lugar de provocar la dimisión inmediata del gobierno León Blum decidió respetar el “tiempo constitucional” de un mes. Era una forma de decir a los trabajadores: “respetad las leyes de la república capitalista”. Las masas respondieron con una movilización revolucionaria inédita en amplitud.

La ofensiva revolucionaria

Los signos de la oleada de huelgas de mayo-junio de 1936 no habían desaparecido. Por ejemplo, en agosto de 1935, los trabajadores de los arsenales de Brest y Toulon se sublevaron, con la bandera roja a la cabeza, contra la reducción de los salarios. Acontecimientos similares sucedieron en Limoges en septiembre de ese mismo año. El 11 de mayo de 1936, estalló una huelga en la fábrica Bréguet de Le Havre: 600 trabajadores ocuparon la fábrica. El 13 de mayo son los trabajadores de Latécoère en Toulouse, los que ocuparon la fábrica. El 14 de mayo le tocó el turno a las fábricas Block en Courbevoie. Durante los días siguientes se producen las huelgas con ocupación se multiplican en la metalurgia de la zona de París. El 24 de mayo, la celebración tradicional de los Comuneros, con el Padre Lachaise, congregó 600.000 personas. Los radicales brillaban por su ausencia. A partir del 2 de junio el movimiento huelguístico se extiende a otros sectores y a todo el país. En el espacio de quince días, el contagio revolucionario se extiende a más de 2,5 millones de trabajadores.

En cuanto a su alcance, no sólo la vanguardia de la clase obrera sino también a capas generalmente pasivas y desorganizadas, una huelga de ese tipo constituye el inicio tradicional de la revolución. El significado de las ocupaciones no escapaba a los capitalistas: se trataba de un ataque directo a la sacrosanta propiedad privada. Los trabajadores demostraron que querían ser los amos allí donde sólo eran esclavos. Ante ellos había una pregunta: ¿Quién debe controlar la economía, los capitalistas o los trabajadores? En este contexto un partido revolucionario podría haber llevado a la creación de consejos obreros, unos entre sí a nivel local y nacional, y sobre esta base hacer socializado la economía.

¿Qué hicieron el SFIO, el PCF y la CGT? Sus militantes de la base, en particular los del PCF y la CGT, estaban ampliamente implicados en el movimiento. Pero sus dirigentes, como los capitalistas, eran presas del pánico. El 3 de junio, antes de tomar sus funciones como Ministro de Interior, el socialista Roger Salengro declaró en el parlamento: “Aquellos que tienen el papel de guiar las organizaciones obreras tienen que cumplir con su deber. Tienen que apresurarse a poner fin a esta agitación injustificada. Por mi parte, mi elección está entre el orden y la anarquía. Mantendré el orden frente a la anarquía”. Según él, el “orden”, era la anarquía capitalista y la “anarquía, ¡era la lucha por el orden socialista!

Los dirigentes del PCF, que se habían comprometido a apoyar al gobierno Blum “sin reservas y sin eclipses”, utilizó toda su autoridad para reinstaurar el “orden”, como reclamaban Salengro y los jefes radicales. Junto con León Jouhaux, el jefe de la CGT reunificada, Maurece Thorez decretó que los objetivos de este movimiento eran “puramente económicos” y que cualquier otra interpretación sólo podría hacer el juego a los agitadores o irresponsables. Después, en la noche del 7 al 8 de junio, los representantes de las grandes empresas que habían firmado el Acuerdo de Matignon −que entre otras cosas recogía la jornada laboral de 40 horas, las dos semanas de vacaciones pagadas y el aumento salarial entre el 7 y el 15 por ciento−, Thorez declaró lo siguiente: “Es necesario saber acabar una huelga tan pronto como se ha conseguido lo que se quería”. Pero, al mismo tiempo, estallaron nuevas huelgas con ocupaciones, en particular en los parisinos Grands Magasins. Pero las direcciones de la CGT, el SFIO y el PCF, en el transcurso del mes de junio, canalizaron el movimiento hacia el canal de las “reivindicaciones económicas”. La huelga aumentó poco a poco, no sin que en ciertos casos, el Frente Popular movilizara a la policía para poner fin a los “desórdenes”.

La contrarrevolución levanta cabeza

Se suele decir que las huelgas de mayo-junio de 1936 estuvieron provocadas por las “esperanzas” que los trabajadores habían depositado en el Frente Popular y poco después de su victoria electoral. En realidad, sería más correcto decir que las huelgas estuvieron causadas por la falta de confianza de las masas en la capacidad del Frente Popular para romper la resistencia de los empresarios. Eran particularmente cautelosos con los radicales. Ellos querían, a su manera, “ayudar” al Frente Popular a tomar medidas decisivas contra los capitalistas. Los dirigentes del Frente se negaron a esta ayuda con todas sus fuerzas. Pero obteniendo concesiones de los empresarios que iban más allá del programa del Frente Popular, los trabajadores demostraron, una vez más, que las verdaderas reformas siempre son un producto de las revoluciones.

La clase dominante había hecho concesiones sólo por su temor a perderlo todo. La mecánica parlamentaria, con su Senado, su administración burocrática, etc., le permitía sabotear la acción del gobierno. Además, la huida de capital amenazaba con la bancarrota al gobierno Blum. Cediendo a la presión, procedió a devaluar el franco, esto acentuó la inflación que se comió rápidamente los aumentos salariales conseguidos en 1936.

Al no atacar la capacidad económica de la clase dominante, Blum estaba condenado a la impotencia y, en junio de 1937 dimitió. Los gobiernos que le siguieron fueron más a la derecha. Las huelgas eran reprimidas duramente, en particular las que comenzaron en noviembre y diciembre de 1938, cuestionando la jornada laboral de 40 horas por parte del gobierno radical de Daladier. Desmoralizado y paralizado por sus propios dirigentes, el movimiento obrero fue metido en la guerra y finalmente atomizado por el régimen de Pétain en 1940. “Revolución socialista o dictadura reaccionaria”, esa era la perspectiva elaborada por Trotsky desde 1934. En ruinas acabó uno de los movimientos revolucionarios más grandes que ha conocido Francia.