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Publicamos una entrevista con Stephen Bouquin, profesor de sociología de la universidad de Aimens y miembro del sindicato SNES-Sup (Sindicato Nacional de Profesores de Segundo Grado), que nos habla sobre los recientes acontecimientos en Francia. Publicamos una entrevista con Stephen Bouquin, profesor de sociología de la universidad de Aimens y miembro del sindicato SNES-Sup (Sindicato Nacional de Profesores de Segundo Grado), que nos habla sobre los recientes acontecimientos en Francia.

P.- ¿Cuál es tu evaluación de las recientes manifestaciones en Francia?

R.- Las manifestaciones fueron incluso más grandes que las del 28 de marzo. Hubo más de 3 millones de manifestantes frente a los 2,5 millones de la semana pasada. Por toda Francia se manifestó gente. Incluso en ciudades pequeñas como Roanne salieron a la calle 20.000 personas. ¡La ciudad sólo tiene 39.000 habitantes! Algunas universidades han tenido asambleas con cuatro y cinco mil estudiantes antes de ir a las manifestaciones. En mi universidad, todo está completamente bloqueado por los estudiantes, incluso los departamentos de ciencias, derecho y economía. Esto demuestra la determinación del movimiento. El presidente Chirac intervino el 31 de marzo para anunciar la promulgación de la ley mientras decía que no se aplicaría porque una segunda ley debería reemplazarla. En esta segunda ley, el CPE se mantendría pero con sólo un año de período de prueba (en lugar de dos) y con una explicación (no tiene porque tener razón) del despido por parte del empresario. Chirac se ha distanciado de su primer ministro pero sin retirar la ley.

Las apuestas fueron más altas ayer porque si las manifestaciones hubieran sido más pequeñas habría existido el riesgo real de divisiones y cansancio. Todo el mundo sabe esto y ¡por eso se movilizó aún más gente! Los titulares de la prensa ahora son: ¿Cuándo llegará el golpe de gracia? ¿Cuándo se derogará la ley? La victoria está al alcance. El poder del gobierno parece debilitado mientras que la mayoría de la derecha está dividida: aparte de los diputados de derechas elegidos en las provincias y que temen perder sus escaños, también está la carrera por la presidencia que ha llevado a Nicolás Sarkozy a adoptar el papel de salvador, el de un razonable hombre de estado que quiere entablar un diálogo con los sindicatos. Este análisis es compartido por los manifestantes, por esa razón mostraron con claridad su rechazo a Chirac, De Villepin y Sarkozy. La idea de elecciones anticipadas cada vez está más presente en la mente de los manifestantes.

P.- ¿Cómo reacciona la clase obrera ante estos acontecimientos? ¿Es justo decir que la cuestión del CPE se está convirtiendo en el catalizador de otros temas más amplios como son las pensiones que afectan al conjunto del movimiento?

R.- La clase obrera está en total solidaridad. Las apuestas son altas: si el CPE se aprueba incluso por una mayoría ajustada, eso sitúa a la juventud que ya es utilizada como fuerza de reserva de un mercado laboral flexible en una situación aún más precaria; sus empleos sustituirán a los que tienen un contrato indefinido o fijo, es decir, al meollo obrero. Si se aprueba existirán cuatro, cinco o seis contratos laborales diferentes, que dividen a la clase según esta clasificación que sólo se corresponden con las diferencias de edad o el tamaño de los centros de trabajo. El Contrato de Nuevo Empleo (CNE) es igual que el CPE pero para centros de trabajo con menos de 20 trabajadores. Los empresarios quieren dividir en pedazos el movimiento obrero y después de eso, quieren poner sobre la mesa el contrato único, una especie de CDI de cinco años pero con un período de prueba de dos años, válido tanto para el sector privado como para el público.

El objetivo es claro: crear un marco normativo que impida a los trabajadores luchar por reivindicaciones sociales y salariales. La ley es un instrumento para regresar el siglo XIX. Debemos subrayar que los trabajadores contratados con el CPE o el CNE no son contabilizados como parte de la fuerza laboral. De esta forma el empresario puede eludir fácilmente la creación de un comité de empresa para el que se necesita el umbral de los 50 trabajadores. El movimiento obrero se opone masivamente al CPE y esto se está traduciendo en que el 67 por ciento de la población se opone a la ley. El apoyo de la clase obrera es doble: padres y familiares que no quieren que la situación de sus hijos se deteriore aún más. Y los trabajadores, como los propios jóvenes, que rechazan una ley laboral que sirve para crear empleo temporal.

Al mismo tiempo sólo hay un apoyo activo a los días nacionales de acción. Esos días los paros son importantes pero al mismo tiempo, los huelguistas, excepto en algunas regiones, no ven cómo ha avanzado la movilización. Ayer (4 de abril) las oficinas de correos en muchas ciudades estaban abiertas y la huelga de ferroviarios no fue generalizada. Estamos hablando mucho del movimiento de la juventud, apoyado en gran parte por la clase obrera. La clase obrera adoptará, si no hoy será mañana o pasado mañana, esta forma de movilización, con bloqueos y ocupaciones. Lo que está ocurriendo hoy en las universidades e institutos ocurrirá mañana en los centros de trabajo.

Sobre la cuestión de qué reivindicaciones plantear yo diría que ninguna más por el momento. Si la plataforma de acción incluyera otras demandas sociales que no fuera la retirada del CPE el frente sindical se diversificaría. Pero si el movimiento gana, sobre la base de esta correlación de fuerzas, esto contribuiría a un repunte de las luchas en los centros de trabajo mientras se exige más a los partidos de izquierda. Estos últimos se preparan para llegar de nuevo al poder, que hoy es incluso más posible. La cuestión de qué política aplicarán no es insignificante. La victoria del movimiento social contra la derecha también sería una buena base para imponer un programa socialista al PSF y al PCF.

P.- ¿Cómo compararía este movimiento con otros movimientos anteriores?

R- Siempre he sido un poco reticente a comparar. Los periodistas a menudo lo hacen... un nuevo Mayo de 1968... más grande que 1986, mayor que 1995. Cada movimiento social es diferente y tiene reminiscencias del anterior, si fue una victoria o una derrota. ¿Por qué comparar? La única razón es para comprender mejor lo que está ocurriendo ahora, para ser capaces de intervenir mejor en la situación actual. La lucha actual no ha terminado. Como dicen los franceses, no renuncies a tu presa hasta que no hayas cazado su sombra. Las comparaciones serán bienvenidas cuando acabe el movimiento.

Como militantes debemos determinar la naturaleza del movimiento, el nivel de conciencia que refleja y ver entonces qué elementos favorecen el aumento de la conciencia, politización y radicalización. Desde este punto de vista debemos decir que el motor del movimiento empuja en dos direcciones: una social y otra democrática.

La juventud es una parte orgánica de la fuerza laboral y está movilizada contra una ley que la encerrará en la inseguridad laboral. La juventud conoce la realidad del mercado laboral, el desempleo y la competencia. No tiene confianza en los empresarios y sabe que los empresarios abusan de su posición de fuerza. En segundo lugar, los jóvenes son conscientes de que el poder del gobierno es utilizado para defender los intereses de la MEDEF y de la burguesía, que las instituciones gubernamentales no son democráticas. Por eso en las asambleas generales, revelando su naturaleza democrática, están decidiendo la continuación de las ocupaciones, dejando la decisión de abrir los institutos a los ocupantes.

Al mismo tiempo es una cuestión de la legitimidad de las acciones y una cuestión de principios. Uno no se puede oponer a una ley que De Villepin quiere imponer por la fuerza, sin diálogo, utilizando el artículo 49.3 de la Constitución.

Con relación a la conciencia, la tarea de los marxistas es politizarla al máximo, dejar claro el vínculo entre los ataques de la derecha y el sistema capitalista, un sistema que no puede existir sin profundizar las desigualdades sociales y la injusticia. Echar a la derecha del poder y cambiar el sistema es una idea que podría encontrar una amplia audiencia. Eso implica una revolución, nuevas instituciones, que debemos transformar las relaciones sociales de producción, atacar la propiedad privada, todo esto será descubierto por esta generación a través de las lecciones de la lucha de clases. Pero la consigna: “Todo es nuestro, nada es de ellos, todo lo que tienen nos lo han robado a nosotros” ha encontrado un eco. La riqueza de un país como Francia no sólo debe redistribuirse equitativamente, sino que de hecho pertenece a la comunidad.

P.- ¿Cuál es la posición de la izquierda? ¿El PSF y el PCF están dando una alternativa?

R.- El problema, tanto para el PSF como para el PCF, es que evitan vincular el cambio político con el cambio social. Les gustaría librarse de la derecha, pero sólo para implantar una política que no solucionaría el problema. La mejor prueba es que con relación al desempleo y la inseguridad laboral, la dirección de estos dos partidos defienden una especie de seguridad social profesional que transforme el desempleo en un período de formación y que considera la flexibilidad como un hecho invariable de nuestra época. Siguiendo esta idea, lo que todos tenemos que hacer es simplemente “asegurar” períodos profesionales de transición. Esto dejado a un lado la cuestión de la reducción salarial y la pobreza, el subsidio de desempleo conseguirá que la gente no viva en la pobreza. También revela que reducirían el desempleo con un plan de creación de empleo masivo en servicios sociales, o en servicios educativos o públicos en general. Por supuesto, estos objetivos verdaderamente reformistas que no significan ir más allá del marco de la austeridad presupuestaria, pero necesitaría subir los impuestos sobre el capital y aumentar los salarios. Pero esto no está en la agenda de los dirigentes del PSF ni en la de los dirigentes del PCF, que están dispuestos a regresar a la política de alianzas a lomos de la clase obrera. En realidad, la dirección del PSF y el PCF ni siquiera llevan tan lejos como Keynes, quien al menos defendía la eutanasia de los capitalistas especulativos y los rentistas.

A los jóvenes y trabajadores tenemos que decir que el derrocamiento de este sistema es necesario y posible. Esta idea debería ser defendida en el movimiento sindical, en los partidos políticos de la izquierda que existen ahora y en el futuro. Debemos decir que en 1981, cuando la izquierda ganó con Mitterand al frente, no se llevó a cabo esta ruptura.

Cuando te quedas a mitad del camino la cosa no funciona. La izquierda vaciló, retrocedió incluso aunque Mitterand llevó a cabo algunas nacionalizaciones. Pero rápidamente, en 1983, también implantó un programa de austeridad. Para evitar la huida de capital tendrían que haberse hecho cargo de los activos materiales e inmateriales. Hoy, después de más de dos décadas de ofensiva por parte de la burguesía, después de una década de intensas luchas sociales en cada país de Europa, se puede estar seguro de que un gobierno de izquierdas que ataque realmente los intereses del capital sería recibido con un gran entusiasmo y esperanza en todo el continente. No se quedaría aislado, todo lo contrario. Esto podría ocurrir en Francia, Italia, Alemania o en cualquier otro país. Con cada confrontación de la clase, la cadena que encierra la mayoría social en condiciones de explotación y opresión se vuelve más débil. Tarde o temprano ésta se romperá.