Corriente Marxista Internacional

El 28 de marzo de 2004, en Tashkent, los terroristas atentaron contra un bloque de apartamentos y mataron a tres policías. Al día siguiente un terrorista suicida mató a 18 personas en un mercado local. El 29 de marzo y el 1 de abril hubo nuevos atent El 28 de marzo de 2004, en Tashkent, los terroristas atentaron contra un bloque de apartamentos y mataron a tres policías. Al día siguiente un terrorista suicida mató a 18 personas en un mercado local. El 29 de marzo y el 1 de abril hubo nuevos atentados, en total las víctimas ascendieron a 47 personas, la última fue una niña de diez años en un bloque de pisos. Pero la prensa rusa no informó demasiado de esta oleada de atentados porque no amenazaba al odiado régimen de Islam Karimov. Todo lo contrario, fortalecía su liderazgo y le daba una excusa para continuar su persecución de cualquier que se interpusiera en su camino.

En cambio la rebelión local ocurrida en la ciudad uzbeca de Andizhán el viernes si recibió amplia cobertura porque sí amenazaba con derrocar a Karimov. Esto demuestra una vez más que sólo el movimiento de masas puede derrocar al gobierno, en este caso concreto un movimiento formado por campesinos y pobres, además de los representantes de las empresas que son hostigadas por el gobierno local.

Un análisis breve de los acontecimientos que rodean la insurrección demuestra que no tienen nada en común con las tácticas de los atentados suicidas o la violencia sin motivo. Toda la responsabilidad del baño de sangre recae en el propio régimen. Aunque simpatizantes y militantes de los grupos terroristas clandestinos puedan haber estado implicados en los acontecimientos que se desarrollaron en Andizhán, la realidad es que no han jugado ningún papel clave. Islam Karimov en sus declaraciones públicas ha utilizado sistemática y cínicamente el espectro del extremismo islámico para justificar el uso de la fuerza contra personas inocentes. Sin embargo, al actuar tan despiadadamente contra cualquier oposición, Karimov está animando a la población a emprender medidas desesperadas, especialmente por su torpe reacción con los musulmanes que quieren practicar su religión de manera pacífica.

El catalizador de la insurrección fue el juicio a un grupo de 23 empresarios, empezó en febrero y duró hasta el viernes. Durante todo el fin de semana se reunieron cada vez más personas alrededor del juzgado para expresar su solidaridad con los empresarios. El jueves por la tarde la policía intentó dispersar la multitud y confiscar sus automóviles. La multitud caminó hacia el edificio de la policía de carretera y consiguió con éxito recuperar sus coches. Después continuaron hacia la prisión local y liberaron a los prisioneros, incluidos los 23 empresarios encausados. Entonces se fueron hacia la milicia local para tomar sus armas y a la oficina local del servicio de seguridad nacional. Llegaron las primeras víctimas y la multitud entonces asaltó el edificio administrativo regional.

Con el asalto a este edificio administrativo los acontecimientos iban más allá de una rebelión espontánea y se convertían en una reminiscencia del reciente movimiento revolucionario de Kirguizistán que derrocó al presidente Akaev. En ambos casos el impulso del movimiento no llegó de la capital sino del Valle de Fergana. En los dos casos la policía desapareció y se realizaron mítines de masas. A diferencia de las ciudades kirguizaníes de Osh y Dzhalal-Abad, donde hablaron políticos muy conocidos como Kurmanbek Bakiev, que ahora es el presidente y el favorito para ganar las elecciones presidenciales de julio, en Andizhán ningún dirigente se hizo responsable de la insurrección y nadie habló desde la tribuna. Según el Kommersant del sábado, los oradores se “quejaban de las espantosas condiciones de vida y exigían la dimisión del presidente Karimov y el gobierno. Otro segundo orador dijo que eran en absoluto wahabitas ni extremistas, que sólo querían dignidad y liberarse de las autoridades gobernantes, de quienes estaban cansados y asqueados”.

Un grupo de delegados salió de la multitud para mantener el orden pero algunos edificios estaban en llamas, incluido un teatro y un cine. Durante ese día hubo otro intento infructuoso de tomar el edificio de seguridad nacional. Al mismo tiempo, las autoridades hicieron sus preparativos para retomar la ciudad. Andizhán fue rodeada para impedir que los campesinos que habitan el poblado Valle de Fergana acudieran a defender la ciudad. Los canales internacionales de televisión fueron cerrados y bloqueados los servidores de Internet, se trataba de un bloqueo informativo para que la población de otras ciudades no supiera lo que estaba ocurriendo. El presidente Karimov voló desde Tashkent para hacerse cargo personalmente de la situación. A las cinco las fuerzas del gobierno comenzaron a retomar la ciudad dispararon desde los coches patrulla acorazados.

En la edición de hoy de Kommersant hay un artículo de un corresponsal especial desde Moscú que consiguió entrar en Andizhán junto a otros periodistas que habían sido obligados a abandonar la ciudad. Su primera impresión fue la de una ciudad desierta, excepto por hombres con rifles automáticos “con ropas de camuflaje y civiles, que se ocultaban detrás de los árboles con sus rifles apuntando hacia abajo, pero cuando te acercabas a 50 metros se cargaban el rifle al hombro y miraban a través de la mira telescópica”. La mayoría de los taxistas se negaron a llevarle al centro de la ciudad. Uno de ellos le dijo que el día de antes un taxista cogió a una mujer embarazada y el ejército había disparado a ambos. Un poco después consiguió encontrar un taxi, pero después tuvo que bajarse porque el conductor fue obligado a transportar cadáveres. El taxi se fue con los pies del cadáver fuera de la puerta.

Cerca de un cine quemado y del edificio administrativo regional está una estatua de Babur, un gobernante de Uzbekistán de la Edad Media. La multitud se arremolinaba alrededor de unos cincuenta cadáveres sin identificar. Le dijeron que “los otros se los habían llevado esta mañana... Sus cuerpos fueron arrojados sobre cinco o seis camiones y sacados de la ciudad. Cientos de mujeres y niños fueron arrojados a un pozo, como si fueran basura”.

El corresponsal decía que 1.000 o quizá más fueron asesinados, con 700 cadáveres en la plaza y un par de cientos más en la calle Chulpan, les dijeron que podían abandonar la plaza pacíficamente y entonces fueron asesinados junto con sus rehenes: policías, un magistrado y algunos inspectores de hacienda, en total eran 20. Los cadáveres, aún sin identificar, fueron enterrados en veinticuatro horas, según costumbre local, en el césped frente al edificio administrativo regional y en la plaza.

La apariencia de Andizhán ahora es la de una ciudad muerta, donde la gente teme salir, según las noticias aparecidas en Internet el movimiento se ha extendido a otras ciudades del Valle de Fergana. La población de Andizhán está cogiendo provisiones. Pero la calma, si se puede llamar así, no puede durar mucho. El presidente ha destrozado totalmente su reputación y ahora debe esperar a que la población lleve a cabo su venganza.

Su posición no es en absoluto estable. Él contaba con poder eliminar a los dirigentes de los futuros movimientos de oposición pero su política represiva ha fallado, convirtiendo en sus enemigos a aquellos dispuestos a apoyar un líder fuerte por el bien de la estabilidad. En la zona uzbeca del Valle de Fergana no hace falta dirigentes que organicen a la multitud, como ocurrió en Kirguizistán los líderes no jugaron ningún papel destacado. Ellos y sus palabras de compromiso fueron ignorados por la población en su asalto del edifico presidencial. Un punto clave de los acontecimientos en Bishkek es que precisamente la población que se suponía era leal al presidente era que la jugó el papel más activo en el acto final de la insurrección revolucionaria. Como ocurre en Kirguizistán, Uzbekistán está formado por muchos grupos étnicos diferentes, con una gran minoría rusa en la capital y sin duda quince años de vida sin esperar un futuro mejor dejan su marca en las lealtades de las masas, predominantemente proletarias en Tashkent, a diferencia del Valle de Fergana.

Que el catalizador inicial de la insurrección fuera el juicio a los empresarios acusados de extremismo requiere algún comentario. Según su abogado, bajo la anterior administración regional ellos eran hombres interesados en conseguir beneficios y no se metían en política. Su autoridad religiosa, Akrom Yuldash, en prisión acusado de terrorismo desde 1999, también era un destacado empresario local, cuyas enseñanzas están destinadas a hacer fortuna aquí y ahora. Su abogado dice que fueron acusados de extremismo por el nuevo responsable de la región porque esto permite la confiscación de su propiedad. También, si los seguidores de Akromia, como se les llama, fueran realmente extremistas no habrían apelado al presidente Putin para que interviniera y actuara como mediador entre ellos y Karimov. Además, el representante en Londres del grupo terrorista fundamentalista del que era miembro Akrom Yuldash, dijo que no tenía ninguna relación con lo ocurrido en Andizhán.

Aparte de estas consideraciones, el rumbo de los acontecimientos demuestra el hecho de que la insurrección no fue instigada por terroristas o extremistas. El número de muertos en ataques terroristas el año pasado fue de 47 porque fueron cometidos por un pequeño grupo de fanáticos. El número de muertos en Andizhán es mucho más grande porque fue un movimiento de masas. Este movimiento no necesita tácticas terroristas para conseguir sus objetivos. Y si este movimiento estuviera organizado por terrorista no tendrían necesidad de tomar las armas de la milicia, habrían estado armados y preparados, no habrían sido masacrados por las fuerzas especiales.

El argumento de que la insurrección fue obra de terroristas vinculados a Al Qaeda (el movimiento islámico de Uzbekistán sí lo está) es muy adecuado para el gobierno. Eso explica que la crisis de poder no es el resultado de su propia política sino el resultado de la interferencia exterior. El hecho de que los manifestantes inicialmente tomaran la ciudad tan fácilmente demuestra la debilidad del gobierno, como ocurrió con la policía de Kirguizistán, la policía uzbeca tampoco estaba dispuesta a defender al régimen. El gobierno no puede basarse sólo en las fuerzas especiales para mantenerse.

Cuando un régimen es débil las potencias imperialistas externas tienen mucha influencia en la política interior, como hemos visto en Georgia y Ucrania, tanto por parte de EEUU como de Rusia. Paradójicamente, en el caso de Uzbekistán el régimen débil de Karimov parece estar apuntalado tanto por Rusia como por EEUU, los dos tienen bases militares en el país. Todas estas potencias prefieren a un tirano que un régimen fundamentalista islámico.

Por ahora la clase obrera carece de organización y dirección. Este es el resultado de décadas de estalinismo y de los métodos estalinistas de Karimov, que en la última época de la URSS era el dirigente del Partido Comunista de la República. Si la clase obrera no presenta una alternativa, este movimiento será descarrilado. Karimov puede haber sorteado a corto plazo la tormenta, pero sus acciones sólo pueden servir para fortalecer a los fundamentalistas islámicos.

Pero no es inevitable ni la derrota ni la victoria de los fundamentalistas. En Uzbekistán, como en otras repúblicas de Asia Central, las autoridades han intentado derribar las estatuas de Lenin pero no lo han conseguido por la oposición de la población. La gente recuerda que la revolución de 1917 supuso tremendas conquistas para el nivel económico y cultural de la región, a pesar de los crímenes del estalinismo. Un retorno a las tradiciones de 1917 es totalmente posible. Si por ahora no existe la chispa para conseguirlo en Uzbekistán, sí puede crearse en otros países de Asia e internacionalmente, sirviendo de ejemplo al pueblo de Uzbekistán y de las demás repúblicas de Asia Central. Lo que sí es cierto es que no existe un solo régimen estable en toda la antigua Unión Soviética. La única salida a la pesadilla que el capitalismo ha desatado es el regreso a las ideas de Lenin y la unidad de la clase obrera en la lucha.


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