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El capitalismo sólo utiliza la fuerza laboral a su conveniencia. Tanto hombres como mujeres son atraídos o rechazados del mercado laboral dependiendo no de las necesidades sociales, sino de las necesidades empresariales. En un determinado punto de desarrollo del sistema de producción capitalista, debido a la introducción de maquinaria y la creciente división del trabajo, la mayor descalificación del mismo condujo a un incremento de la masa proletaria, a la que se sumaron las mujeres entre otros sectores. Esta introducción de la mujer en el mercado laboral supuso un fortalecimiento de la clase obrera en su conjunto, y una nueva contradicción para la burguesía: al sacar a la mujer del hogar, la burguesía perdió un punto de apoyo de conservadurismo dentro de las familias obreras.

El capitalismo sólo utiliza la fuerza laboral a su conveniencia. Tanto hombres como mujeres son atraídos o rechazados del mercado laboral dependiendo no de las necesidades sociales, sino de las necesidades empresariales. En un determinado punto de desarrollo del sistema de producción capitalista, debido a la introducción de maquinaria y la creciente división del trabajo, la mayor descalificación del mismo condujo a un incremento de la masa proletaria, a la que se sumaron las mujeres entre otros sectores. Esta introducción de la mujer en el mercado laboral supuso un fortalecimiento de la clase obrera en su conjunto, y una nueva contradicción para la burguesía: al sacar a la mujer del hogar, la burguesía perdió un punto de apoyo de conservadurismo dentro de las familias obreras.

os marxistas insistimos en que la incorporación de la mujer al trabajo asalariado es un hecho altamente progresista. Claro que bajo las condiciones de explotación del capitalismo (peores condiciones salariales, discriminación, etc.), esta incorporación se convierte en un instrumento de doble opresión: no impide que la mujer siga dependiendo económicamente del hombre en el ámbito familiar, al ser su trabajo un simple apéndice de la economía familiar, y supone una sobrecarga brutal al sumarse a las tareas domésticas.
Tradicionalmente las mujeres siempre han sido las primeras en salir de las fábricas y las empresas en los ciclos de crisis, pero paradójicamente ésta tiene unos rasgos especiales que la hacen diferente de las anteriores. Según los últimos datos, publicados el pasado mes de enero, el incremento del paro femenino fue menor que el masculino: en 2008 aumentó el desempleo femenino en 308.088 trabajadoras (24,7%) frente a un aumento del paro masculino en 691.328 trabajadores (78,1%). A medida que se profundizaba en la crisis, esta tendencia se veía incrementada: en diciembre de 2008 11.007 mujeres perdían su empleo, mientras 128.687 hombres lo perdían (diez veces más, según datos del Ministerio de Trabajo).
Este proceso no supone ninguna ventaja para la mujer trabajadora. Se debe, en parte, a la caída del empleo en el sector de la construcción (mayoritariamente masculino) y también a que la larga historia de discriminación salarial de la mujer hace que ésta sea, en momentos de crisis, más conveniente para el empresario, que prefiere desprenderse de la fuerza laboral que paga más cara y quedarse con la que le resulta más barata. No se debe a una mayor consolidación de los derechos de la mujer en el mundo laboral, sino la pérdida de derechos laborales de ambos: hombres y mujeres trabajadores.

La mujer y la pobreza en el mundo

La mujer se encuentra en situación de inferioridad en el mundo capitalista para afrontar una recesión. En EEUU, incluso antes de que explotara la crisis, ya el 74% de los pobres estaba compuesto por mujeres (39%) y niños (35%); en ciudades grandes como Chicago, un tercio de las viviendas tienen como cabeza de familia a madres solteras que viven en la pobreza, sin ningún tipo de prestación social, con el serio peligro de caer en la marginalidad. También en Chicago, la crisis hipotecaria se ha cebado principalmente con la mujer, un 32% de las hipotecas que no se pueden pagar son de mujeres solteras, frente a un 24% de hombres solteros. Y esto ocurre en el país capitalista más avanzado.
Las mujeres representan el 70% de los más de 1.200 millones de pobres extremos que hay en el mundo, según datos del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que resalta otras desigualdades importantes: por ejemplo, de los 550 millones de trabajadores más pobres del mundo, 330 millones (el 60%) son mujeres. La diferencia salarial en algunos países está entre el 30 y el 40% y por cada 100 niños sin escolarizar hay 117 niñas no escolarizadas. Esta situación de marginación está haciendo estragos en la población femenina en todo el mundo. Por ejemplo en México la tasa de alcoholismo femenino se ha incrementado alarmantemente en los últimos años, siendo actualmente la tercera causa de muerte en mujeres entre 35 y 45 años de edad. Indudablemente esto está relacionado con el hecho de que ocho millones más de mujeres que de hombres trabajan sin derecho a pensión ni a seguro médico, o que en las ciudades mexicanas las mujeres ganan de media sólo dos veces más de lo que se considera límite de la pobreza, mientras los hombres de las ciudades ganan cuatro veces más de ese límite.

La desigualdad no es n hecho natural

La desigualdad social entre hombre y mujer no está en la naturaleza. Las sociedades primitivas no conocieron este hecho y las diferencias físicas no implicaban ningún tipo de opresión o segregación contra la mujer. Sin embargo la división de clases en la sociedad se basa en el principio de desigualdad, es su condición, necesita incrementar la desigualdad para seguir funcionando, porque es un sistema de explotación. La emancipación de la mujer es imposible sin la emancipación de la clase obrera en conjunto, porque no es el varón, sino el sistema capitalista, quien oprime a la mujer.
Recordemos a Federico Engels y su magnífica obra El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado donde dice: "La esclavitud de la mujer tiene su origen en la aparición de la propiedad privada, de la apropiación individual del excedente social. El desarrollo de la familia patriarcal y monógama se consolidó junto con una economía familiar separada, vinculada a la propiedad privada. El hombre llevó el peso de la producción social y el