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La crisis del Partido Popular ha puesto de manifiesto, esta vez a las claras, el auténtico significado de su derrota el pasado 9 de marzo. Una crisis que contradice, rotundamente, el análisis que sobre los resultados electorales han realizado ciertos "teóricos" de la izquierda, presentándolos como "un giro claro de la sociedad hacia posiciones conservadoras".

"No me resigno a que los gobiernos del Partido Popular sean una excepción en la democracia española
No me resigno".
Esperanza Aguirre en el Foro ABC, 6 de abril de 2008

"Hay que llamar derrotas a las derrotas y victorias a las victorias, y no enterrar por aclamación el análisis
La derrota".
Francisco Álvarez Cascos. Ex vicepresidente del gobierno de Aznar.

La crisis del Partido Popular ha puesto de manifiesto, esta vez a las claras, el auténtico significado de su derrota el pasado 9 de marzo. Una crisis que contradice, rotundamente, el análisis que sobre los resultados electorales han realizado ciertos "teóricos" de la izquierda, presentándolos como "un giro claro de la sociedad hacia posiciones conservadoras".

Si dejamos de lado las "profundidades" de estos sabihondos que nunca pierden ocasión de culpar a los trabajadores de su propia impotencia, el factor decisivo que ha desatado la crisis en el aparato del PP, y que explica su derrota por dos veces consecutivas, ha sido la enorme movilización electoral de la clase obrera y la juventud.

Divisiones con una base real

La crisis del PP previsiblemente será larga y profunda, como expresión a su vez de las debilidades de la clase dominante y las fortalezas del movimiento obrero en este nuevo periodo político. Mariano Rajoy ha sido el primero en mover ficha. En el discurso que pronunció, ante la Junta Directiva del PP tras la derrota electoral, dejó claro que la derecha debería evitar un rechazo tan amplio entre la población de Catalunya y Euskadi, donde el partido es una fuerza electoral en retirada. Esta declaración programática fue seguida de nuevas medidas, como la designación de Soraya Sáenz de Santamaría al frente del grupo parlamentario popular, y la renovación de cargos en el mismo marginando a pesos pesados del aparato como Juan Costa, o fichajes estrella como el desdichado Pizarro. La joven promesa del PP no perdió el tiempo en aplicar el nuevo guión cuando, retadora, insistió en que no sólo hay que ser de centro, también hay que parecerlo. En los días siguientes la política de gestos se multiplicó, con el ofrecimiento de pactos de Estado al PSOE y promesas de un nuevo tono parlamentario.
Después de semejante estreno, el aplauso a Rajoy no se ha hecho esperar, especialmente desde medios de comunicación como El País que han abogado insistentemente a favor de una derecha española razonable y homologable a sus correligionarias europeas (excluyendo a Berlusconni por supuesto y, últimamente, también a Sarkozy). Algunos, incluso, entienden este "viraje" como algo absolutamente natural e inevitable, puesto que la crispación vivida en los últimos cuatro años ha sido creada, artificiosamente, por fanáticos mediáticos del tipo Pedro J. Ramírez o Federico Jiménez Losantos, que lograron arrastrar al aparato del PP en su deriva extremista. En fin, una visión conspirativa de los procesos políticos que, por más atractiva que parezca, sólo puede satisfacer a las mentes perezosas.
Más allá de las apariencias y la lógica periodística, el discurso y la práctica política de la derecha en estos últimos ocho años ha reflejado fielmente su tradición histórica y, por consiguiente, la debilidad endémica de la clase dominante. Tras una existencia marcada por los conflictos internos y la división, la derecha española logró presentar un proyecto unido y mantener cohesionada a su base social. Para lograrlo, recurrió al lenguaje del nacionalismo españolista más reaccionario y a los ataques más virulentos contra una izquierda que, supuestamente, abría paso al separatismo y la disolución de la familia.
En el polo opuesto, la izquierda reformista logró la victoria en marzo de 2004 no por sus aciertos, sino como resultado del intenso aprendizaje de la clase trabajadora y la juventud durante los ocho años de gobiernos del PP. Una dura escuela que provocó la oleada de movilizaciones más importante desde la transición, movilizaciones que dejaron una profunda huella en la conciencia de millones. Éstas son las bases materiales de la polarización política y no es previsible que se evaporen a corto plazo, considerando la gravedad de la crisis económica y la reacción inevitable del movimiento obrero.
Obviamente, la clase dominante no quiere la polarización, no quiere la lucha de clases, no quiere huelgas y manifestaciones. Pero sus deseos no siempre coinciden con la realidad. Hay sectores influyentes del capital que desean sinceramente una legislatura menos polarizada que la anterior, entre otras razones, porque consideran necesaria la unidad de acción entre el PP y la dirección del PSOE para hacer tragar a la clase obrera todos los ataques que están preparando. Este sector probablemente piense que el gobierno del PSOE se desgastará en el enfrentamiento con su base social y este hecho, como sucedió anteriormente con los gobiernos de Felipe González, puede desmovilizar electoralmente a la izquierda. De esta manera, un PP más "centrado" podría alcanzar de nuevo el poder.

Esperanza Aguirre no es un elemento marginal

La ofensiva lanzada por Esperanza Aguirre, que controla la maquinaria electoral más poderosa del partido, la de Madrid, y que cuenta con el respaldo de decenas de miles de militantes, no es sólo una manifestación de la lucha por el control del aparato. Refleja también dudas y divisiones en sectores de la clase dominante sobre la táctica a seguir en una legislatura condicionada por la crisis y el previsible auge de la lucha de clases.
Una capa muy importante de los cuadros políticos más experimentados de la derecha española, ligada al aparato del Estado, al ejército y la judicatura, a las altas finanzas madrileñas, a los monopolios exportadores agrarios, a las grandes familias que dominan una parte del Ibex 35; en definitiva, a un amplio y cualificado sector de la clase dominante, no ve claro el giro "centrista" que quiere impulsar Rajoy y ciertos barones del partido. Por el contrario, lo consideran un error estratégico. Saben que es necesario prepararse para un periodo de duros enfrentamientos entre las clases, y lo quieren hacer en las mejores condiciones. Han visto como el PP se ha fortalecido en torno a un proyecto ideológico definido, y no ven razones fundamentales para cambiar de rumbo. En todo caso, consideran que el camino para recuperar el gobierno pasa por endurecer la oposición, basarse en las reservas sociales que tienen y mantenerlas movilizadas con un programa claro y sin concesiones. Saben también que, entre sectores de su base social, la crisis económica puede alimentar tendencias aún más fuertes hacia la extrema derecha; por eso necesitan mantener su discurso xenófobo y racista, y evitar así el surgimiento de opciones que podrían obtener un porcentaje de votos nada desdeñable y perjudicarles.
Por el momento, todo indica que Rajoy puede disponer de una mayoría de compromisarios de cara al congreso de junio. Pero incluso en la tesitura de que Esperanza Aguirre renunciase a su candidatura, el nuevo equipo tendrá numerosas pruebas que superar y ha soliviantado muchas sensibilidades. Las manifestaciones contrarias a Rajoy de elementos como Zaplana, Cascos y numerosos cuadros medios del PP en Andalucía, Madrid o Valencia son buena prueba de ello. Además, nuevas derrotas electorales, en las europeas, en Galicia o en el País Vasco, pueden acelerar y agriar aún más el enfrentamiento. Pensar que Rajoy repetirá como cabeza de cartel en las elecciones de 2012 es mucho pensar. Hasta las próximas legislativas sucederán muchas cosas en la lucha de clases, incluido un nuevo congreso del PP en 2011 que puede trastocar lo que se decida en junio.
Es altamente arriesgado e innecesario hacer un pronóstico cerrado de un proceso en desarrollo y que depende de numerosos factores políticos. No obstante, una cosa sí parece clara: la crisis de la derecha tiene por delante mucha esperanza.