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Hace falta una política socialista de verdad

El cambio brusco de la situación económica se está conformando como el nuevo (aunque previsto por los marxistas) ingrediente de un contexto político general marcado por la polarización política, la inestabilidad y el malestar social. Las evidencias de que se está produciendo un cambio de ciclo económico se acumulan, aunque todavía resuena el machacón y ahora ya ridículo mensaje con que el gobierno del PSOE y la gran mayoría de "expertos" de la prensa económica burguesa trataban de tranquilizar a la sociedad: "la economía española no tiene nada que ver con lo que pasa en EEUU".

Hace falta una política socialista de verdad

El cambio brusco de la situación económica se está conformando como el nuevo (aunque previsto por los marxistas) ingrediente de un contexto político general marcado por la polarización política, la inestabilidad y el malestar social. Las evidencias de que se está produciendo un cambio de ciclo económico se acumulan, aunque todavía resuena el machacón y ahora ya ridículo mensaje con que el gobierno del PSOE y la gran mayoría de "expertos" de la prensa económica burguesa trataban de tranquilizar a la sociedad: "la economía española no tiene nada que ver con lo que pasa en EEUU".

En 2007 el paro ha registrado un incremento del 5,27% respecto al año anterior. Diciembre fue el tercer mes consecutivo en el que la tasa de paro aumentó. La fuerte desaceleración del sector de la construcción tiene un peso importante en estas cifras. El último dato que avala esta realidad lo dio el Instituto Nacional de Estadística: el número de hipotecas para vivienda cayó un 12,19% en el mes de octubre respecto al mismo mes del año anterior. La desaceleración de la economía real está teniendo un efecto en la Bolsa. El IBEX 35 ha empezado el año 2008 con una caída de 4 puntos en 3 días, arrastrado no sólo por los preocupantes datos que llegan de EEUU sino por el desplome de la constructora Colonial, implicada en negocios de derivados y otros productos altamente especulativos.

Deterioro acelerado de las condiciones de vida

La economía todavía crece, pero los efectos negativos del crecimiento económico sobre el nivel de vida de las familias obreras se están acentuando de manera muy significativa. La inflación (oficial) de diciembre ha alcanzado el 4,3% anual, la tasa más alta desde diciembre de 1995. Los precios de los productos de primera necesidad han subido de forma escandalosa en el último periodo; el euríbor está situado en el nivel más alto de los últimos siete años. Mientras el gobierno no tiene ningún empacho en "prever" una inflación del 2% para el 2008 el año se ha inaugurado con una subida del 3,3% del gas y entre un 4,1% y 4,8% de la tarifa eléctrica, según decretó el Ministerio de Industria.
Por supuesto, esto tiene su reverso: el 31 de diciembre las compañías eléctricas se repartían más de 1.500 de euros en dividendos. Según Cinco Días (31-12-2007) en 2007 el sector eléctrico, junto con el bancario, distribuyeron el 50% de los dividendos repartidos por todas las empresas cotizadas. En otras palabras, los sectores más parásitos de la burguesía, los que disfrutan de más monopolio y de protección estatal, los que más castigan a las familias a golpe de facturas y de hipotecas, son los más "generosos" repartiendo beneficios.
Parece que en el último capítulo del tan cacareado boom de la economía española éste quiera dejar bien subrayadas sus verdaderas señas de identidad: sobreexplotación para la clase obrera, desigualdad social y superganacias para los grandes monopolios. La clase obrera no se benefició del largo periodo de crecimiento, y ahora corre el riesgo de cargar con las peores consecuencias de la crisis económica en ciernes. Toda una provocación que sin duda acentuará, incluso antes de que la crisis se exprese plenamente, el profundo malestar social existente.

La derecha lo tiene claro

Está claro que nos adentramos en un nuevo momento crítico de la coyuntura política, en el que la tensión entre las clases sufrirá otra vuelta de tuerca. Las elecciones del 9 de marzo se producen en este contexto.
Por parte de la derecha la estrategia está clara: mantener en estado de excitación a su base de apoyo electoral más fiel, insuflando los sentimientos más reaccionarios respecto a la cuestión nacional, la religión, etc. La derecha ha convocado manifestaciones por decenas, la última, encabezada por la cúpula eclesiástica el 30 de diciembre en Madrid. Van a mantener la tensión hasta el último momento al mismo tiempo que, demagógicamente, se hacen eco del empeoramiento de la situación social de las familias humildes, culpando al gobierno ya no sólo de la "ruptura de España" y la "disolución de la democracia" sino también de la inflación, del desempleo y de las hipotecas.  Mientras tanto afilan los cuchillos para ir a degüello contra la clase obrera si ganan las elecciones.
Sin embargo, el aspecto más determinante de toda la situación, el factor que con diferencia, tiene más implicaciones de cara a las próximas elecciones y que ha pesado más en toda la presente legislatura es la incapacidad manifiesta de los dirigentes del PSOE, del gobierno de Zapatero, de canalizar el tremendo malestar social y la profunda aversión existente entre la juventud y la clase trabajadora hacia todo lo que significa y ha significado la derecha y el PP históricamente.
Si el gobierno se hubiese lanzado por una política de profundas transformaciones sociales y democráticas no sólo hubiese mantenido sino incrementado su apoyo social. Podía haber contado con el apoyo no sólo del movimiento obrero y de los estudiantes sino que podría apoyarse también, en el enfrentamiento con la reacción, en sectores progresistas del aparato estatal, en el poder judicial, en la policía, en el ejército y en la mismísima guardia civil, organismos todos profundamente afectados por la polarización política. En base a medidas prácticas, verdaderamente socialistas y democráticas, hubiera arrastrado a sectores escépticos y despolitizados al campo de la izquierda. Pero la experiencia está demostrando que para los estrategas de la socialdemocracia es mucho peor un escenario con un movimiento de masas ascendente, ejerciendo una enorme presión al gobierno, que un escenario de desmovilización, aunque ello implique un claro peligro de vuelta de la derecha al gobierno. Los dirigentes del PSOE, de hecho, han estado mucho más atentos al griterío de la reacción que a cumplir con las expectativas de su propia base social. Los dirigentes de IU, CCOO y UGT están hondamente implicados en esta lamentable orientación.

El gobierno no toma nota

La abstención en las autonómicas catalanas y en las recientes elecciones municipales debería haber sido una advertencia para cambiar de rumbo. ¡Pero el gobierno, de cara a las elecciones del 3 de marzo, persiste en seguir y profundizar en la misma línea! Se reafirma a Solbes como hombre fuerte del gobierno; se rescata a Bono para las candidaturas del PSOE; se orienta la campaña a "transmitir mensajes de tranquilidad y confianza dirigidos al electorado moderado y de bajo perfil político, donde se halla el banco de votos a conquistar sin dejar al electorado de izquierda" (El País, 8-12-07). Es decir, se hace todo lo posible para desdibujar todavía más las diferencias entre izquierda y derecha, incluso se trata de competir con ella en la defensa de la "unidad de la patria" y en la represión; lo estamos viendo con las escandalosas condenas en el juicio 18/98, la más que probable ilegalización de ANV antes de las elecciones, los casos de torturas que últimamente han salido a la luz tras las detenciones de Igor Portu y Martín Sarasola, etc.
Lejos de estar impregnada de "realismo" la orientación del PSOE tiene un eco cada vez más artificial y surrealista. Mientras el PSOE mira al "centro" todos los acontecimientos serios y significativos confirman una enorme polarización política a izquierda y derecha. La prueba más reciente fue el estrepitoso fracaso de la manifestación unitaria de "todos los demócratas" el día 4 de diciembre contra el último atentado de ETA, a la que a pesar de haber sido anunciada masivamente, tan sólo acudieron 5.000 personas, un hecho sin precedentes en movilizaciones de este tipo. Ni la base social de la izquierda, ni de la derecha, estaban dispuestas a manifestarse juntas. El fracaso del 4 de diciembre contrasta con el éxito de la multitudinaria manifestación del 15 de enero de 2007, hace ahora un año, convocada sólo por la izquierda, tras el atentado de ETA en la T-4. Para decenas de miles de familias obreras, el gran aliciente de aquella manifestación fue precisamente el poder repudiar el asesinato de dos inmigrantes dando a la vez una patada a la derecha, a la reacción, al PP, que son los que en realidad más se benefician políticamente de los atentados de ETA.

El ejemplo de Salamanca

Las impresionantes movilizaciones contra las tasas impuestas por el Ayuntamiento de Salamanca gobernado por el PP, aunque a pequeña escala, son extraordinariamente significativas de lo que estamos hablando, de la auténtica correlación de fuerzas que subyace en la situación actual. Hace no mucho tiempo, cuando el PP movilizó contra el traslado de los archivos de la guerra civil a Catalunya, esta misma ciudad aparecía como el bastión más seguro de la reacción. ¡Cómo ha cambiado el cuento! Tres movilizaciones multitudinarias de la población, convocadas por el movimiento vecinal, han conseguido lo que jamás conseguirán las políticas de medias tintas y de concesiones a la derecha propiciadas por la dirección del PSOE: arrastrar a los sectores menos politizados de la sociedad y crear fisuras en la derecha, al sentir que la posición del alcalde, desbordado por un movimiento masivo, acabe pasando una factura muy grande para los intereses generales  del PP. Eso se consigue con decisión, con confianza en tu propia base social y situando el escenario en la movilización, no en el cretinismo parlamentario y en las palabras huecas.
En la oposición, como anteriormente en el gobierno, la derecha ha enseñando su auténtico rostro, algo que no deja de ser muy positivo. La claridad siempre juega un papel revolucionario. El mito de la "derecha democrática" que se fraguó en la transición ha sido pulverizado en gran medida. Ciertamente, la derecha ha calentado sus músculos durante estos cuatro años, protagonizando una ofensiva ideológica y movilizadora sin precedentes desde los años 30. Además, lo ha tenido bastante fácil, ha jugado en un campo sin contrincante. El entrenador del equipo contrario, la socialdemocracia, en vez de utilizar la fuerza de su equipo, ha preferido basarse en trucos entre bastidores, que han resultado inútiles, y últimamente en llamar al árbitro en su ayuda, al Rey, para tratar de enfriar un estadio demasiado caldeado apelando a la "unidad de los demócratas" y volver a un pasado que se ha ido para no volver.
Con todo, la derecha ha revelado también sus límites en esta coyuntura. No ha sido capaz de contagiar a sectores decisivos de la clase obrera con su veneno reaccionario y mucho menos arrastrarlos a sus movilizaciones. Electoralmente, sin embargo, esa debilidad aparece mucho más camuflada; muchos votantes de la derecha juegan un papel irrelevante en el terreno social y de la movilización. En el sentido opuesto, la auténtica fuerza de la clase obrera, en este contexto descrito, se dibuja electoralmente con trazos mucho más pálidos, debido a la abstención. Es importante recordar que la clara victoria de la izquierda en 2004 no fue debido a la política del PSOE sino a una intensa movilización desde abajo.
Hay que presentar una firme batalla para evitar la vuelta de la derecha al gobierno. Pero en todo caso, pase lo que pase, es evidente que el escenario de polarización política y enfrentamiento entre las clases se va a agudizar. Es fundamental derrotar a la derecha en las urnas, pero completamente insuficiente. Las elecciones no resolverán los problemas de la clase obrera y menos aún en una coyuntura de crisis. Los hechos están revelando cada vez más crudamente la tarea que más debe preocuparnos a los sectores más conscientes de la juventud y de la clase obrera: la necesidad de transformar profundamente nuestras organizaciones y dotarlas de un programa revolucionario para que estén a la altura de la nueva época histórica en la que ya hemos entrado.