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Y ya van 79, pero por desgracia este número no parará de crecer y crecer en los próximos meses y años. En los últimos cinco años la media aproximada de mujeres asesinadas en el Estado español ha sido de cien, así que el 2008 empezará con la escalofriante cifra de 500 mujeres muertas en poco más de un lustro.
¿Qué está sucediendo? Muchas personas se preguntan cómo es posible que en pleno siglo XXI la violencia machista no sólo no haya desaparecido sino que a este ritmo se convierta en una de las principales amenazas para miles de mujeres. Y la cuestión es que a pesar de los avances que la mujer pudo obtener en los países capitalistas desarrollados en las últimas décadas, éstos se están viendo obstaculizados por la propia crisis que atraviesa el sistema en el que vivimos. Esta crisis se palpa en todas las instancias de la sociedad y particularmente en la cuestión de la opresión de la mujer, que a su vez es especialmente terrible para las mujeres de familia trabajadora.
Aunque es cierto que los maltratos se dan en todas las clases sociales, son las mujeres obreras o de familias con pocos recursos económicos aquellas que más sufren una opresión que está intrínsecamente ligada a la existencia del capitalismo, que igual que somete a la mujer lo hace con las nacionalidades históricas o con los inmigrantes. Las mujeres trabajadoras siguen sufriendo la doble explotación de la que ya los marxistas clásicos hablaran: explotadas en el trabajo y explotadas en casa; la esclava del esclavo. Eso sigue siendo tan cierto como hace 160 años, aunque haya habido avances, por cierto, muchos de los cuales están siendo atacados hoy.

Mujeres inmigrantes

Y en el caso de las mujeres inmigrantes los porcentajes son estremecedores. Mientras que los inmigrantes aproximadamente son un 10% de la población, las denuncias por malos tratos ascienden a más del 20%. Pero las denuncias no son en absoluto un dato real. Fruto de unas leyes nada progresistas, las mujeres inmigrantes no se atreven a denunciar a sus maridos maltratadores porque dejarían de tener el derecho de residencia, debido a que muchas de ellas están en este país fruto del reagrupamiento familiar. Es más, precisamente por estar ligadas al reagrupamiento no tienen derecho a trabajar, con lo cual les hace más débiles y dependientes de su pareja. Para las mujeres nativas del Estado español las cosas tampoco son fáciles. Según la Red Feminista, en 2007 "los hombres cobran de media en España un 43% más que las mujeres (19.314 euros frente a 13.497). Y la diferencia va en aumento. El año pasado, la estadística Mercado de trabajo y pensiones de la Agencia Tributaria calculaba que la brecha era de un 30%".
Evidentemente con estos salarios las mujeres maltratadas, no sólo físicamente sino también psicológicamente, no tienen muchas facilidades para irse de casa y dejar a sus maridos. Pero además, en caso de que denunciaran y les dieran un sitio en una casa de acogida, el tiempo de estancia en estas casas es muy corto y las ayudas que después les dan (fruto de la Ley Integral) para hacer su vida es menor al Salario Mínimo Interprofesional, que ya es de por sí ridículo y con el que no puedes ni pagar un alquiler.
En próximos artículos y escritos analizaremos más esta cuestión, pero las leyes aprobadas por el gobierno no van a solucionar en absoluto un problema como éste. Como demuestran las últimas movilizaciones de hombres en contra de los maltratos existe una base para emprender una lucha unitaria y potente de trabajadoras y trabajadores. Para ello, desde los sindicatos, partidos de izquierda y asociaciones de vecinos deberían organizarse campañas de denuncia contra los malos tratos, pero no con carteles "impactantes" que ignoran la realidad y los problemas cotidianos de estas mujeres, sino organizando a los trabajadores y amas de casa del barrio para dejar bien claro que estas mujeres están protegidas por los vecinos y no van a consentir ninguna amenaza o acoso. Esto implicaría una labor importante de concienciación de clase, organización y autodefensa en los barrios. Los sindicatos y los partidos de clase deberían de emprender estas tareas en lugar de gastárselo todo en carteles y la estéril actividad publicitaria e institucional.