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Una de las acusaciones más usuales de los ideólogos de la burguesía contra el marxismo es que éste "reduce todo a la economía" en su método de análisis de la realidad social, sin tener en cuenta otros factores como la influencia de la superestructura política y el Estado, el papel de los individuos o los factores culturales e ideológicos. No es el momento de rebatir tan manida tergiversación del marxismo pero sí queremos señalar que, irónicamente, es precisamente la burguesía la que recurre constantemente al factor económico para tratar de demostrar lo bien que va el mundo y lo artificioso que es todo lo que empaña ese idílico panorama. Así, la superficialidad que los propagandistas de la burguesía atribuyen al marxismo es el método que ellos mismos aplican en muchos de sus análisis, al menos de cara a la opinión pública.
En realidad todo el panorama mundial se ha visto sacudido desde hace seis años por un factor que casi ningún comentarista burgués ha sido capaz de señalar: la irrupción de las masas en la lucha política, desde América Latina hasta Europa, desde las huelgas generales hasta el movimiento contra la guerra. Y este factor de participación se va a fortalecer al calor de los procesos que están teniendo lugar en la economía. Política y economía están dialécticamente interrelacionados.

Un ‘boom' económico muy particular

La economía mundial crece, la economía latinoamericana crece, la economía española crece, ¿entonces por qué rayos las guerras proliferan, todos las potencias se lanzan a una impresionante carrera armamentística, estallan procesos revolucionarios en América Latina y se crea un clima de confrontación social y política en países como el Estado español, Italia, Grecia o Francia? Tratando de apoyarse en el espejismo de las cifras del PIB, y en la resistencia lógica de la conciencia humana a admitir que vivimos en un sistema en bancarrota (el capitalismo), los propagandistas de la burguesía tratan de convertir fenómenos como las guerras, las revoluciones, la polarización política, las protestas sociales en una concatenación de errores individuales o casualidades desligadas de la propia dinámica del sistema.
Pero si hablamos de la situación económica, el terreno en el que la burguesía siempre alardea de optimismo, las contradicciones también son gigantescas y su potencial desestabilizador es tremendo. De hecho, ya está teniendo efectos en este sentido. Las recientes sacudidas en las bolsas mundiales de las últimas semanas han estado ligadas a la rápida caída del boom inmobiliario en EEUU y al "sobrecalientamiento" de la economía china. En ambos casos son expresiones parciales de la crisis de sobreproducción que amenaza con una recesión profunda de la economía mundial. En realidad, el crecimiento de los últimos años se ha sostenido en gran medida por un "equilibrio del terror" en el que EEUU consume gracias a un vertiginoso endeudamiento financiado por China y otros países, que son los primeros interesados en que el mercado norteamericano siga comprando sus productos. En realidad estamos asistiendo a una tremenda artificiosidad en el crecimiento de la economía mundial que, en última instancia, agudiza la ruptura del equilibrio y a su vez los fenómenos de polarización política y lucha de clases a que estamos asistiendo.
Detrás de las bonitas cifras del PIB, positivas en la inmensa mayoría de países, se esconde tal incremento de las desigualdades sociales y de sobre explotación de la clase obrera que ya se han convertido en un factor político, traducido en una enorme desconfianza en la capacidad del sistema de resolver problemas elementales como la estabilidad en el empleo, el acceso a la vivienda o el derecho a una educación y sanidad dignas.

La dinámica de la situación

La gran paradoja de la situación es la siguiente: nadie quiere inestabilidad, nadie quiere crisis, nadie quiere polarización política y enfrentamientos sociales; pero todo eso se produce. El imperialismo invade Iraq con el fin de estabilizar la región bajo su dominio, resultado: más inestabilidad. La burguesía ha recurrido al crédito masivo tratando de evitar la crisis propiciando un consumo desbocado, pero ahora la crisis amenaza con una potencia destructiva mucho mayor. Los dirigentes políticos y sindicales reformistas han sacrificado constantemente las conquistas sociales en aras del pacto y el consenso social: ahora el capitalismo ha dilapidado en buena medida su colchón (el llamado estado del bienestar) y las tensiones sociales se expresan de un modo más explosivo y la lucha de clases se encamina hacia un mayor endurecimiento.
El sistema capitalista es como un gran edificio carcomido hasta sus entrañas. Sigue en pie pero todos sus pilares están podridos. ¡Qué lejanas suenan las palabras sobre el brillante futuro de la Unión Europea! ¡Qué artificiales suenan aquellos pronósticos según los cuales las nuevas tecnologías iban a acabar con los ciclos económicos, la brecha entre pobres y ricos, y muchas cosas más! Ahora, la propia burguesía desconfía de su capacidad de seducción social. Cuando el disfraz de la cara amable y optimista ya no sirve, es el momento de enseñar la porra y jugar a la carta del miedo. Terror bélico, terror estatal, cercenamiento de los derechos democráticos, represión. Recientemente, en Grecia, por primera vez desde la dictadura de los coroneles, la policía abrió fuego contra una manifestación de estudiantes y el ministro de Interior, del gobierno de derechas de Nueva Democracia, comentó abiertamente que tenía el propósito de provocar terror. Bush, Berlusconi, Blair, Sarcozy... es de sobra conocida su política de mano dura, de recorte de derechos democráticos.
Aznar, Rajoy, Acebes... ¿son particularidades excepcionales en el panorama mundial? No. La derechización del PP está en armonía con el panorama mundial y como no podía ser de otra manera encuentra su forma de expresión en las tradiciones reaccionarias arraigadas hasta los tuétanos en la burguesía española y su aparato estatal.

Contra la derecha no valen medias tintas

El PP moviliza día sí día también a su base social. Agita con el españolismo más rancio y reaccionario. Esparce a granel el veneno del enfrentamiento nacional respecto a la cuestión vasca y catalana. Crea la sensación de que tiene la calle tomada convocando innumerables manifestaciones. Da cobertura política a las bandas fascistas que se sienten más autorizadas que nunca para atacar las sedes de las organizaciones de izquierdas y agredir a sus militantes. Si finalmente esa orientación de la derecha le saldrá rentable electoralmente o no es un aspecto importante, pero no el decisivo para trazar las perspectivas que se abren para los próximos años.
La radicalización de la derecha obedece no sólo a intereses tácticos sino que refleja también la profunda crisis e inestabilidad política en la que hemos entrado y la necesidad de la burguesía de prepararse para un enfrentamiento más duro entre las clases, particularmente después de haber vivido la inquietante experiencia del profundo, amplio y semiespontáneo movimiento de masas que puso fin a la etapa de Aznar.
Y ante este hecho cabe la pregunta: ¿están respondiendo los dirigentes de la izquierda, particularmente el PSOE y el gobierno, a la altura de las circunstancias? En nuestra opinión, no. Porque para hacer frente a la derecha hay que atajar las bases profundas del descontento social. Esta es la única manera de conseguir, en primer lugar, movilizar con plenitud todo la base social de la izquierda, que es mucho más amplia que la derecha. Las recientes manifestaciones de la izquierda convocadas en Madrid, como la del 13 de enero a raíz de los atentados en Barajas, o contra la guerra el 17 de marzo, demuestran el potencial movilizador existente contra la derecha, aunque no existe por parte del gobierno, ni del PSOE, el interés en seguir por esa línea de manera consecuente.
Frente a la ofensiva de la derecha no basta decir que la prioridad del gobierno es la política social cuando en la práctica la política económica es idéntica a la de la derecha. No basta movilizar contra la guerra de Iraq cuando se mantienen tropas en Afganistán y Líbano. No es suficiente querer resolver el problema nacional vasco por la vía de la negociación, hay que sentar las bases para depurar del aparato estatal de todas las incrustaciones reaccionarias heredadas del franquismo, empeñadas en eternizar la represión de los derechos democráticos nacionales como el derecho a la autodeterminación. Todo eso implica romper definitivamente con el consenso histórico que propició la transición, y acabar con la política de colaboración con la burguesía basada en lograr algunas migajas de la mesa de los capitalistas.
Las masas han demostrado que no quieren volver a la pesadilla de un PP en el gobierno. Por eso han salido a la calle con firmeza siempre que los dirigentes reformistas de la izquierda les han convocado. Lo que no está tan claro es que la política actual del gobierno sirva para cortar con seguridad la perspectiva de un nuevo gobierno del PP. No basta con que el PSOE esté en el gobierno para atajar las lacras del sistema capitalista y hacer frente a la peligrosa ofensiva que la reacción está preparando contra la clase obrera. Es necesario un movimiento de masas con un programa socialista genuino, sin medias tintas. Solo así se estrecharía al máximo el margen de maniobra de la derecha, desplegando al máximo la fuerza de la clase obrera.