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¿Somos los valencianos tan de derechas como se supone? ¿Por qué el País Valenciano parece haberse convertido en su feudo? ¿De quién es la responsabilidad? ¿Cómo evitarlo?

El PP ha ganado ampliamente en el País Valenciano. A pesar del desgaste de 16 años de gobierno, el partido de Camps repite mayoría absoluta en Les Corts y la agranda, como se puede ver en el cuadro:

 

Fuerza política            Votos (aprox.)         % (aprox.)                        Escaños

PP                                  1.272.000           52,2                                     54

PSPV-PSOE                      834.000           34,2                                     38

CPV                                  194.000             8                                          7

UV                                      23.000             0,9

CV                                      17.000             0,7

Derecha en total               1.330.000           54,4                                     54

Izquierda en total              1.051.000           43,2                                      45

En las elecciones de 2003 la derecha obtuvo 1.223.000 votos (el 50,1%) y la izquierda 1.158.000 (47,3%). Es decir, la diferencia entre derecha e izquierda era de 65.000 votos (y 3 puntos porcentuales), y ahora ha aumentado a 279.000 (unos 11 puntos porcentuales). Simplificando, la derecha ha ganado 100.000 votos más, y la izquierda ha perdido otros tantos (hay que tener en cuenta que el censo es mayor, aunque la participación es del 70,9%, un 1,6 inferior). Esta derrota de la izquierda es compartida por PSOE y Compromís, obviamente de forma relativa en función de su peso. En el terreno de la reacción, el PP ha hecho una OPA hostil sobre los partidos blaveros (regionalistas anticatalanes), a los que deja en la marginalidad (1,6% entre los dos).

A nivel municipal, la reacción también mejora sus resultados. Lo más destacado es el triunfo espectacular en Valencia, donde, con una participación similar a hace cuatro años, Rita pasa del 51,1 al 56,6%, y de 19 a 21 concejales, mientras el PSPV-PSOE desciende dos puntos desde el 35,7% y se queda en 12 ediles. En los 19 distritos de la capital ha ganado el PP, y en todos menos en uno con más de la mitad de los votos. Es decir, la oposición no ha ganado ni en los distritos populares (Benimaclet, Poblats de l’Oest, Rascanya); de los 87 barrios, la izquierda es mayoría sólo en tres (uno de ellos, el barrio de la subestación eléctrica de Patraix). En Castellón y Alicante también ha ganado el partido de Rajoy con mayoría absoluta, si bien hay que decir que en Alicante es sólo por un concejal y que el voto de izquierda es ampliamente mayoritario (la suma de PSOE, EU y otros grupos es del 49,6%, frente al 45,4 de PP y Ciutadans); asimismo, en Castellón la diferencia es pequeña (49,1% la derecha frente a 47,3 la izquierda).

El PSOE baja en casi todos los municipios. De todas formas, los tradicionales núcleos de población de izquierdas mantienen una mayoría de izquierdas, si sumamos PSPV, EU, Bloc y otros grupos; es el caso de Bunyol, Requena, Oliva, Almussafes, Elche, Gandía, Dénia, Xàbia… En cuanto al cinturón rojo de Valencia, que algunos (El País, Levante) han intentado enterrar o incluso tachar de mito, mantiene su mayoría de izquierdas. La izquierda es mayoritaria en Alaquàs, Aldaia, Alfafar, Burjassot, Picanya, Quart de Poblet, Sedaví y Xirivella, todas poblaciones del extrarradio. Sí es cierto que la derecha gana en votos y concejales en Paterna, que mantiene la mayoría en Mislata y Manises, y que también supera por un concejal a PSOE y BNV en Torrent, aunque aquí, la segunda población de la provincia valenciana, la izquierda sigue siendo mayoritaria en votos. El cinturón rojo existe, pero ha dado un aviso muy claro a los dirigentes del PSOE (y en menor medida de EU); y en el caso de Torrent y Paterna, ha sido un castigo muy claro a la política municipal del PSPV (en Paterna el PP centró la campaña en su oposición a la brutal subida de la tasa de basuras decidida por el alcalde).

Esquerra Unida, que se ha presentado sola en la mayoría de municipios (contradiciendo así su coalición con el Bloc para las autonómicas), va a jugar un papel bastante marginal en las instituciones. De hecho, desaparece de los tres Ayuntamientos capital de provincia (por primera vez no está en el consistorio valenciano), y no llega al 5% en los resultados globales de las municipales.

Razones de la derrota

¿Somos los valencianos tan de derechas como se supone? ¿Por qué el País Valenciano parece haberse convertido en su feudo? ¿De quién es la responsabilidad? ¿Cómo evitarlo?

La primera reflexión es que estas elecciones reflejan una importante polarización. La campaña de la izquierda, también la realizada por el Bloc y por EU, puso el acento en desbancar a la derecha del poder y acabar con su política de corrupción urbanística, la precarización de la sanidad, la enseñanza y la vivienda públicas, etc. Con eso pretendían conectar con un sentimiento muy extendido en parte de la sociedad. Este sentimiento explica las importantes movilizaciones que se han producido en los últimos meses, con miles de participantes: las manifestaciones por la vivienda, contra la especulación urbanística, etc.; el masivo 25 d’Abril (cita nacionalista anual que se convirtió en un clamor anti-PP de 60.000 personas); las huelgas en la sanidad pública, convocadas por los tres sindicatos de clase por el aumento de plantillas y medios; la movilización de estudiantes y directores contra la concertación del Bachillerato; la exitosa huelga docente del 26 de abril; la participación importante en el Primero de Mayo (en Valencia doblaba la del año pasado); las luchas de los vecinos del barrio valenciano de Patraix contra la subestación eléctrica y de los familiares de las víctimas del accidente de metro del 3-J… Aunque tenga su efecto, la victoria del PP no va a hacer desaparecer a ese sector de la población (superior, desde luego, al 43,2% de los votantes que han votado izquierda), no va a contentarles ni parar sus luchas.

Esta polarización a nivel electoral es más evidente por la derecha. El PP ha fagocitado el blaverismo. Ha habido un cierre de filas de la reacción, que a pesar de las divisiones internas está fuertemente detrás de Camps, Rita y compañía.

No hay espacio para posiciones conciliadoras. Ése fue el papel que intentó jugar el Bloc hace cuatro años (cuando intentó mantenerse equidistante de PSOE y PP e incluso flirteó con UV), y también, desde la derecha, UV, y este papel ha quedado abandonado por ambas partes, porque los caladeros del centro están más bien secos.

Simplificando los resultados, podríamos decir que algo más de un tercio de la población con derecho a voto confía en la derecha, que algo menos de un tercio votó a la izquierda (más bien, contra la derecha), y que algo menos de un tercio no votó. Pero el hecho de no votar, aunque siempre obedece a infinitas razones, en una parte importante es una crítica a la política oficial: "¿van a cambiar mis condiciones de vida, mi trabajo, la educación de mis hijos, o el hambre en el mundo, porque yo vote a uno o a otro?". En otras palabras, "en el fondo, ¿son tan diferentes unos de otros?". Si los de derecha votan masivamente (se juega mucho), los abstencionistas mayoritariamente no lo son. Esto se comprueba empíricamente comparando estas elecciones con las del 14-M, las que en 2003 dieron la victoria a Zapatero. Entonces, en el País Valenciano, el 49,4% votó izquierda, frente al 47,5 de la derecha; fueron las primeras elecciones desde las generales del 96 en que PSPV+EU+BNV sacaba más que PP+UV. ¿Cómo se consiguió eso? Movilizando al menos a un sector de los abstencionistas: votó el 79,7%, 9 puntos más que ahora. ¿Y por qué? Porque vieron que había mucho en juego: eliminar del Gobierno a unos dirigentes peligrosos para los derechos democráticos, sacar las tropas de Irak, acabar con la manipulación descarada de los medios públicos…

La responsabilidad de los dirigentes de izquierda

Sin embargo, esta vez hacer campaña contra la derecha no ha sido suficiente. En primer lugar, ha sido bastante tímida, intentando sacar algo de ese tercio de la derecha, sin ninguna posibilidad. Por ejemplo, no hubo oposición nítida a la visita del Papa, ni a la Copa del América, ni siquiera al circuito urbano de Fórmula 1; los que piensan que todos estos negocietes les benefician no tienen dudas: ¡votan al PP! Son a los que se dan cuenta, o al menos intuyen, que todo eso no les da nada, que tienen necesidades básicas sin cubrir, y que por eso vale la pena votar contra el PP, a los que hay que movilizar. Por otra parte, la campaña electoral es un poco tarde como para hacer una labor real de oposición; la gente no es tan tonta. Es enormemente positivo que Carmen Alborch, por ejemplo, acudiera a toda manifestación anti-PP que hubiera, pero… ¿dónde estaban los dirigentes socialistas en los cuatro años anteriores?

Es más, ¿ha sido tan distinta la actuación de Ayuntamientos de izquierdas de la de los otros? En algunos casos sí, pero en general no. La especulación urbanística (y su compañera inseparable la corrupción), la falta de vivienda barata, los servicios públicos privatizados, la falta de ocio para la juventud, no son problemas mayores en Paterna o en Benicarló. Algunos de los pelotazos más polémicos han sido de alcaldías socialistas, por ejemplo en Catral –donde ahora tiene mayoría el PP- el alcalde hizo varias actuaciones ilegales que motivaron la intervención de la Conselleria; en Paiporta también el PP ha ganado gracias a la personalidad del antiguo alcalde del PSOE, con cuatro juicios pendientes; en Gandía el Ayuntamiento de PSPV-Bloc fue condenado por vender patrimonio municipal reservado para VPO al mejor postor.

Por supuesto, a todo esto hay que sumarle la política de Zapatero, que moviliza a la derecha mientras desmoviliza a su propia base. El PSOE lleva tres años en el Gobierno central y para un sector importante de la población no ha dado ninguna razón de peso para votarle. Izquierda Unida, que en lo fundamental ha apoyado ese Gobierno, tampoco.

Es evidente que la reacción tiene una base, quien crea que en esta época de crisis capitalista se va a disolver como un azucarillo está muy equivocado. Al contrario, la falta de una alternativa clara de izquierdas puede cohesionarla, animarla y radicalizarla por la derecha. En esa base, además de sectores muy atrasados y desclasados, hay capas medias a los que en general les ha ido bien con el PP y sus negocios; ellas se deleitan de las migajas que sobran, que caen del festín de especuladores y explotadores, mientras son otros sectores (usuarios masivos de los servicios públicos, ese 20% de valencianos en el umbral de la pobreza o por debajo, trabajadores, jóvenes sin derecho a la vivienda… sin contar a los inmigrantes, que mayoritariamente no tienen derecho a voto) los que sufrimos (y más que sufriremos) el saqueo del Estado en beneficio de los burgueses. Estas capas medias agradecidas tienen más peso en Valencia capital.

Un programa revolucionario

Los activistas de izquierdas, del partido que seamos, o sin partido, deberíamos olvidar todos los análisis, hechos interesadamente, sobre la necesidad de competir con la derecha por su base social. Para una política de derechas, lo más coherente es la derecha. La izquierda debe dirigirse a su base natural, en su sentido más amplio, y que pese a todo es mayoritaria. Elevar su nivel de conciencia en vez de callarse ante los prejuicios que expande el PP, participar desde el principio en sus luchas en vez de apuntarse sólo cuando son masivas y sin aportar nada ni animarlas a que vayan a más, demostrar en la calle, día a día y barrio a barrio, que hay una alternativa. Una alternativa clara, coherente, de izquierdas, que (especialmente en esta época de crisis capitalista) sólo puede ser revolucionaria, de ruptura con el sistema, enlazando los problemas concretos con la necesidad de la revolución.

Los sectores más dinámicos de la sociedad (la clase obrera, los jóvenes y otros), los que le podemos dar un futuro, tenemos más peso, habitualmente, en la calle. La política del PP (más de derechas si cabe), la próxima crisis inmobiliaria y la inevitable resaca por la histórica deuda acumulada por Generalitat y Ayuntamientos como el de Valencia, harán que las luchas continúen. Las tensiones sociales no se amortiguarán, irán a más. Y, en determinado momento, explotarán, como explotaron en Galicia (ex-feudo del PP) cuando el hundimiento del Prestige. Grandes acontecimientos sacudirán la conciencia de centenares de miles de valencianos. En esos momentos, con o sin elecciones, el trabajo, paciente y constante, por crear una conciencia realmente socialista, por estimular las luchas dándoles un contenido revolucionario, dará sus frutos. El inevitable movimiento masivo, contra la derecha, por nuestras condiciones de vida, será imparable si se dota de un programa capaz de unificarlo, fortalecerlo y blandirlo contra esta minoría de parásitos que hoy disfrutan de su triunfo.