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En el mes de abril se cumplían dos años de gobierno del PSOE. El ecuador de la legislatura de Zapatero ha coincidido con un cambio en la situación política determinada fundamentalmente por la declaración de tregua de ETA, hecho que analizamos ampliam En el mes de abril se cumplían dos años de gobierno del PSOE. El ecuador de la legislatura de Zapatero ha coincidido con un cambio en la situación política determinada fundamentalmente por la declaración de tregua de ETA, hecho que analizamos ampliamente en el editorial del anterior periódico. Uno de los efectos más visibles de esta nueva situación es que los ladridos ultraderechistas del PP suenan mucho más apagados y con un apreciable tono de desconcierto. A lo largo de estos dos últimos años la dirección del PP ha apostado toda su estrategia en suscitar las pasiones más reaccionarias de su base de apoyo, en la que el veneno de los prejuicios nacionales y la denuncia de la “coalición PSOE-ETA” ha tenido un protagonismo especial.

Es importante remarcar que a pesar de haberse empleado a fondo durante ese periodo la derecha ha revelado una capacidad de movilización muchísimo más limitada que la protagonizada por la izquierda durante los años que precedieron a la caída de Aznar. No obstante, animados por una diferencia en expectativa de voto muy ajustada, esa línea de actuación parecía, según su percepción, llevarles al éxito. Además, el recurso a un lenguaje ultraderechista tenía consonancia, y la sigue teniendo, con un sentimiento de odio hacia la izquierda por parte de un significativo sector de la cúpula del aparato estatal y de la base social más recalcitrante de la derecha, sin que por el momento —aunque esto podría cambiar— se produjera ningún desgajamiento de sectores de las capas medias que han venido votando al PP a lo largo de más de una década. En cualquier caso, la actitud del PP es un reflejo de la enorme polarización política que hemos venido apuntando desde estas páginas.

¿Grandes cambios?

Esa política de acoso y derribo por parte del PP ha permitido al gobierno de Zapatero trasmitir una imagen más “progresista” de lo que realmente le corresponde si nos atenemos a los ejes fundamentales de su política, empezando por la económica. Es algo admitido abiertamente por la prensa económica que la línea seguida por Solbes no se distingue en nada de la línea adoptada por Rodrigo Rato durante el gobierno de Aznar. Resulta difícil cuadrar esa realidad con la idea, que el gobierno del PSOE quiere trasmitir, de que en estos dos primeros años se ha producido un verdadero giro en la política social. Los ejes de la política presupuestaria han permanecido prácticamente invariables. En aspectos tan fundamentales como educación, vivienda, empleo, poder adquisitivo de los salarios, siniestralidad laboral, etc. la situación sigue siendo casi idéntica. Otras medidas que han podido representar un avance sobre el papel, en el terreno práctico están siendo de escasa o nula incidencia. Ha sido precisamente la falta de cambios sustanciales en la vida de millones de trabajadores y sus familias —y no la supuesta fortaleza de la derecha— el punto que ha hecho más vulnerable al gobierno del PSOE frente a la ofensiva que el PP ha protagonizado durante esos dos últimos años.

Si en el terreno social el gobierno del PSOE no ha impulsado cambios de fondo no es muy distinto si nos referimos a los derechos democráticos. La reciente manifestación de guardias civiles en Madrid fue todo un símbolo: exigían, precisamente, que los derechos democráticos entrasen en los cuarteles y la desmilitarización del cuerpo. Y mientras se niega el derecho a la sindicalización de los guardias civiles y militares, el “pronunciamiento” de Mena reveló muy a las claras que la depuración de elementos reaccionarios en el ejército y otros cuerpos de seguridad es todavía una tarea pendiente. Tampoco se han derogado leyes tan reaccionarias como la Ley de Partidos ni se ha concedido el derecho a voto a los inmigrantes, que ya son una parte significativa de la clase obrera de este país. Hablar de que estos dos primeros años de gobierno Zapatero han estado marcados por una especie de “revolución democrática”, que algunos le atribuyen, no se ajusta en absoluto a la realidad.

A falta de una política verdaderamente de izquierdas en el terreno social, ha sido el anuncio de tregua por parte de ETA —hecho que nosotros consideramos tremendamente positivo— el que ha ampliado el margen de maniobra del gobierno. Ha sido sin duda el acontecimiento de más impacto político, relacionado con la gestión del gobierno, después de retirada de las tropas de Iraq —que ahora puede verse compensada, negativamente, con el envío de más tropas a Afganistán, como una señal de reconciliación con el imperialismo norteamericano—. Y está siendo en esta coyuntura, en la que existe una fuerte ilusión social en una solución definitiva al problema de la violencia, con la que el gobierno del PSOE está tratando de consolidar una nueva orientación cuyos primeros pasos fueron evidentes a raíz de la negociación de la LOE, en la que el apoyo de CiU ha sido fundamental para su aprobación. El protagonismo dado a Artur Mas durante la negociación del Estatut es otro hecho más que sintomático, por no hablar del ofrecimiento explícito de este último de convertir al partido de la burguesía catalana en un socio estable para el gobierno de Zapatero. En relación al PNV la situación es un poco más compleja, pero en todo caso es obvio que la sintonía de los dirigentes del PSOE y del PSE con la burguesía vasca es mucho mayor que hace unos años.

Contradicción fundamental

Desde que Zapatero llegó a la Moncloa, en abril del 2004, planea una gran contradicción en la situación política: la que existe entre el hecho de que el PSOE haya sido llevado al gobierno empujado por una gran oleada de movilización social —cuyas raíces de fondo hay que buscarlas en un profundo malestar por la situación socio-económica— y las limitaciones de un programa basado en la gestión del sistema capitalista, en un momento en que el capitalismo se encuentra sumido en contradicciones y desequilibrios que exigen, desde el punto de vista de los empresarios, ataques y más ataques a la clase trabajadora.

Hasta ahora, y esa es otra de las características de esta primera mitad de legislatura, el gobierno del PSOE no ha emprendido un ataque frontal a los trabajadores. La nueva reforma laboral (ver editorial sindical en la página 20) podría ser una señal de que esas cautelas iniciales podrían ir abandonándose progresivamente y la garantía de un respaldo parlamentario estable, con el apoyo de CiU por si fallara el de IU o ERC, no es un aspecto secundario. Ahora se pretende reeditar la alianza PSOE-CiU, característica de la última etapa de los gobiernos de Felipe González —especialmente negativa para los intereses de los trabajadores—. Era una opción demasiado chirriante en los instantes posteriores al vuelco político hacia la izquierda que se produjo el 14 de marzo de 2004, pero necesaria ahora si el gobierno quiere dedicarse a afrontar “las necesarias adaptaciones del mercado laboral a los retos de la economía mundial globalizada”. La “salida” de Bono del gobierno ha sido otro paso en la línea de afrontar sin sorpresas unas nuevas relaciones, mucho más fluidas, con la burguesía catalana y vasca, y abordar el proceso de negociación con ETA. La dimisión de la ministra de educación, por otro lado bastante incapaz, quizás tenga la intención de facilitar un “consenso” aún más amplio con la derecha, al estilo del pacto educativo alcanzado en Catalunya. Así, todo apunta hacia un escoramiento del gobierno del PSOE a la derecha en la segunda mitad de la legislatura, que tratará de compensar con las expectativas creadas con el proceso de paz.

Aumentarán las presiones

de la burguesía

Si las expectativas de que el PP recupere el gobierno se alejan —aunque es difícil hacer pronósticos en una situación política tan volátil— y la imagen de interinidad que ha tenido el gobierno del PSOE ante un sector de la burguesía se disipa, las presiones para que Zapatero “empiece a mojarse” con medidas que choquen abiertamente con su base electoral se van a incrementar. A pesar de que la economía española presenta cifras positivas de crecimiento y los beneficios siguen creciendo de forma espectacular, existe un grave problema de competitividad de la industria española que la burguesía quiere resolver exprimiendo aún más a los trabajadores y reduciendo los impuestos que paga al Estado. Esa presión se acentuaría aún más si se produce un cambio hacia un ciclo recesivo en la economía (ver artículo sobre la situación económica en el Estado español en la página 11). En el polo contrario, el alejamiento del peligro de una vuelta del PP al gobierno, así como la desaparición del factor terrorismo del escenario político, podría contribuir a situar las cuestiones de clase en el primer plano de las preocupaciones de los trabajadores, impulsando las luchas reivindicativas, a pesar del enorme lastre que suponen las actuales direcciones sindicales.

Con la llegada al ecuador de la legislatura de Zapatero algunos analistas han comparado su “buena gestión” con la delicada situación del gobierno en Francia y las dificultades políticas vividas recientemente en Alemania. Al parecer, Zapatero ha tenido la virtud de “transformar la sociedad con la mano izquierda y gestionar la economía con la mano derecha” y constituye “una tercera vía” entre los “insostenibles sistemas de bienestar social y el modelo anglosajón”. En realidad, Zapatero no “ha transformado la sociedad” y aunque es cierto que ha gestionado la economía con la mano derecha, aún está por venir lo más duro. En el clamoroso grito de “no nos falles” que retumbó en la calle Ferraz la noche de la victoria electoral se resume el sentimiento de una buena parte de la base social del gobierno: fue un grito de expectativa, pero también de advertencia.

Inestabilidad y polarización

Si hay algo que está descartado es que Zapatero goce de la misma estabilidad que los gobiernos de Felipe González durante más de una década. Y no porque Zapatero sea peor o mejor. El contexto político, económico y social, tanto en el Estado español como a escala mundial es completamente distinto. Los procesos de profunda radicalización que acabamos de ver en Francia, las movilizaciones de los hispanos en Estados Unidos, la profunda crisis política que vive la Unión Europea, el creciente recurso a la guerra a escala mundial, la tendencia a recurrir cada vez con más frecuencia a medidas represivas en las llamadas “democracias consolidadas”... todo eso hace que el margen económico y político para una política socialdemócrata sea mucho más escaso que en el pasado. Ni el “talante” ni los equilibrios de Zapatero serán suficientes para contrarrestar el hecho de que las “grasas” que han amortiguado el choque entre las clases en el pasado se han consumido en gran medida. Es muy difícil prever el ritmo exacto de las perspectivas, pero lo que es seguro es que Zapatero no convertirá al Estado español en un oasis al margen de las turbulencias y el endurecimiento de la lucha de clases, que marcan el clima de la política mundial.

No hay terceras vías. Ha llegado la hora de acabar con el capitalismo. Ha llegado la hora de luchar por la transformación socialista de la sociedad. Ha llegado la hora del marxismo revolucionario.

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