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La dificultad para acceder a la vivienda es uno de los problemas más sentidos para las familias trabajadoras y particularmente para la juventud. El incremento imparable de los precios en los últimos años ha sido uno de los factores que ha provocado m La dificultad para acceder a la vivienda es uno de los problemas más sentidos para las familias trabajadoras y particularmente para la juventud. El incremento imparable de los precios en los últimos años ha sido uno de los factores que ha provocado más indignación contra la política del anterior gobierno del PP y se suponía que con el PSOE ése era uno de los temas que se iba a abordar con más urgencia. Sin embargo, desde un primer momento la actuación del gobierno y, particularmente, de la ministra de Vivienda, María Antonia Trujillo, ha oscilado entre la pura propaganda y el insulto a la inteligencia.

Con la aprobación de los Presupuestos Generales de 2005 y la ridícula partida asignada a la vivienda ya se veía que ese “punto estrella” del gobierno no era más que papel mojado. Pero ha seguido dándole a la imaginación. Se conoce que después de viajar a Finlandia creyó encontrar la solución a todos sus males (que deberíamos reconocer que no son pocos y ya los más sesudos economistas se empiezan a preocupar de cómo afectará el, cada vez más cercano, pinchazo de la burbuja inmobiliaria) y, viendo que allí da buen resultado, pues va y nos manda su “estudio-propuesta” de vi-viendas de nada más (o más bien nada menos) que 30 m2, ¡hala, para que veas!, porque “la dignidad de la vivienda no se mide en metros cuadrados”. Y para redondear se pregunta: “¿Qué hay de dignidad en una casa con 2.000 metros cuadrados?”. Da la impresión de que la ministra vive en otro planeta.

Lo más indignante es la idea de fondo que hay detrás de esa propuesta. Como los pisos son caros vamos a dividir su espacio en tres y así “solucionamos” el problema. Así, el pragmatismo socialdemócrata que pretende, además, pasar por moderno e imaginativo, consiste en legalizar y generalizar la infravivienda. Por la misma regla de tres, como el precio de los alimentos está subiendo constantemente, quizás a algún ministro se le ocurra que la solución es comer menos y de paso solucionamos el problema de la obesidad.

Resignación ante las leyes del mercado

El acceso a la vivienda es un tema muy serio. Una vivienda digna y asequible debe ser un derecho, no un negocio. Ese es el problema de fondo ante el que el gobierno se tapa los ojos. El año pasado se batió el récord de construcción de viviendas en el Estado español, las constructoras se están forrando. Una gran parte de esas viviendas se compran por pura especulación y eso es lo que marca la pauta de los precios. La inversión en vivienda es más rentable que la Bolsa o los bonos del Estado. Pero ése es el negocio de una ínfima minoría. El gobierno se resigna a esa realidad y como alternativa nos ofrece pisos-basura. ¡Vaya solución!

Solucionar el problema de la vivienda no es compatible con el respeto a las leyes del mercado, es decir, del máximo beneficio, capitalista. Lo que debería hacer el gobierno es un plan de construcción de viviendas públicas cuyo coste para los trabajadores no supere el 10% de su salario. Si el gobierno del PSOE quiere resolver el problema de la vivienda tiene que hacer dos cosas: darnos a los jóvenes estabilidad laboral y meterle mano a los especuladores, impulsando una política de vivienda que realmente merezca el nombre de socialista, empezando por un parque amplio de vivienda pública. Y si para ello es necesario nacionalizar las empresas constructoras, pues eso es lo que hay que hacer. No puede haber vida digna sin vivienda digna y asequible para todos. La otra alternativa ya lo estamos viendo. Lo único barato que está ofreciendo el gobierno, y de forma abundante, no son pisos, es demagogia.

Juan Manuel Souto

y Joan Aresté