Imprimir
A pesar de lo que puedan decir interesadamente los voceros de la burguesía, las experiencias de la guerra civil y la dictadura franquista siguen muy presentes en el Estado español; el hecho más trivial vuelve a reabrir las viejas heridas. A pesar de lo que puedan decir interesadamente los voceros de la burguesía, las experiencias de la guerra civil y la dictadura franquista siguen muy presentes en el Estado español; el hecho más trivial vuelve a reabrir las viejas heridas. La madrugada del 17 de marzo, por orden del Ministerio de Fomento, se procedía a la retirada de la estatua de Franco en Nuevos Ministerios, última del general fascista en Madrid. Han tenido que pasar treinta años desde la muerte del sangriento dictador para que se retirase la estatua y sin embargo, este gesto simbólico —que hubiese estado aún mejor con una explicación pública y clara del significado de la dictadura franquista— por parte del gobierno socialista de Zapatero ha bastado para desatar la ira visceral de la derecha.

En los días siguientes algunos centenares de fascistas procedentes de los barrios burgueses de la capital se han concentrado ante el pedestal de la estatua cantando el cara al sol con el brazo en alto y atacando la cercana estatua del socialista Largo Caballero. Más graves y reveladores son las declaraciones de destacados dirigentes del Partido Popular como Zaplana que ha llegado a acusar al gobierno de ser “el más radical de la democracia” según sus palabras y de romper el “consenso” con estas medidas. También Rajoy, consciente del carácter netamente reaccionario de sus bases, se ha hecho eco de estos puntos de vista, aunque otros dirigentes del PP como Piqué o Gallardón, más cautos, han dado la callada por respuesta.

Esta reacción histérica por parte de la derecha pone de manifiesto su vinculación histórica con la dictadura franquista y la gran mentira de la supuesta “reconciliación entre españoles” durante la Transición. La burguesía se sigue considerando la vencedora histórica de la Guerra Civil y por eso defiende la permanencia de la simbología fascista en nuestras calles como una terrible advertencia a los que desafiamos su dominio. A lo largo de la geografía española hay miles de estos símbolos en honor a los caídos de la División Azul, a los generales golpistas del 36, lápidas que recuerdan a los caídos en la “cruzada” contra el comunismo, estatuas de José Antonio Primo de Rivera o Franco (aún quedan dos en Guadalajara y Santander)… sólo en Madrid capital existen 167 calles y plazas cuyos nombres hacen referencia al régimen franquista. Reivindicar a los centenares de miles de victimas de la represión franquista exige que desde la izquierda luchemos hasta que no quede en pie un solo símbolo de la dictadura.