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El pasado 8 de marzo la Asamblea ordinaria de la Conferencia Episcopal Española (CEE) se reunía para elegir nuevo presidente para el trienio 2005-08. Y saltó la sorpresa. Rouco Varela, presidente desde 1999, fue desbancado de su puesto por un voto. El pasado 8 de marzo la Asamblea ordinaria de la Conferencia Episcopal Española (CEE) se reunía para elegir nuevo presidente para el trienio 2005-08. Y saltó la sorpresa. Rouco Varela, presidente desde 1999, fue desbancado de su puesto por un voto. Su sustituto, el hasta ahora obispo de Bilbao, Ricardo Blázquez, ganó a la tercera y por los pelos (40 votos a favor frente a 37 de su contrincante). Y es que la Iglesia también está revuelta, y mucho tiene que ver en ello la crisis de fe, la situación política y la polarización social que estamos viviendo en los últimos tiempos.

La crisis de la Iglesia avanza a pasos agigantados. La edad media de los curas es de 65 años y su número se reduce (a finales de los años 60 había 26.190 frente a 19.825 actualmente, de los que casi la mitad están jubilados), los seminarios se vacían (se ha pasado de 7.052 seminaristas en 1952 a 1.981 en la actualidad), el número de fieles también se reduce. Según una encuesta del CIS de finales de 2003, el número de católicos practicantes ha caído en tres millones de personas en los últimos cuatro años. Por no hablar de los jóvenes: un reciente informe del Instituto de la Juventud muestra que el número de católicos practicantes entre los 15 y 29 años ha pasado del 28% en el año 2000 al 14,2% en el 2004.

Esta crisis de fe no impidió que bajo el gobierno de Aznar la jerarquía católica se lanzase a una rancia y prepotente ofensiva ideológica que habrá dejado atónito a más de un cristiano. Y es que cuarenta años de franquismo y nacional-catolicismo no se olvidan tan fácilmente, y esa época ha sido amablemente rescatada y aprovechada por obispos, arzobispos, cardenales y demás, que han visto la posibilidad de influir más directamente en la sociedad y de obtener más prerrogativas (influencia ideológica a través de la escuela, más financiación, etc.), al fin y al cabo... era su gobierno. Son precisamente esos sectores que se encontraban como pez en el agua con Aznar y compañía, los que se pusieron de uñas con la victoria electoral del PSOE el 14-M del año pasado, pensando que el chollo se les podía terminar. Así que pasaron al ataque y jalearon el discurso de “España va al caos”, “la inmoralidad nos invade” y demás perlas. Todo ello aderezado con un discurso victimista que se reflejaba en declaraciones como las de Ángel Acebes: “No hay día que no nos levantemos con una agresión por parte del Gobierno a la Iglesia”. A la cabeza de todo esto no podía faltar, monseñor Rouco Varela o el Aznar de la Iglesia.

Un órdago que acaba

en fiasco

Lo cierto es que esa ofensiva a la que se lanzaron contra las medidas del gobierno ha sido un auténtico fracaso. El órdago más serio que plantearon, la organización de una gran manifestación exigiendo la enseñanza obligatoria y evaluable de la religión en la escuela pública, ha quedado en agua de borrajas. Nunca se materializó. Es evidente que calcularon mal la correlación de fuerzas y la realidad les ha demostrado que no movilizan tanto como les gustaría. Esta situación, unida a que en realidad el gobierno Zapatero no está siendo precisamente un come curas (la financiación a la Iglesia no se toca, la religión se mantiene en las aulas, los acuerdos con Estado-Iglesia de 1976 y 79 no se tocan, del aborto no se habla, la eutanasia no se abordará en esta legislatura...), ha llevado a un sector de la Iglesia a impulsar un giro táctico en su forma de llevar las relaciones con el Gobierno. De hecho, no es casualidad que a principios de marzo hubiera una reunión al más alto nivel entre Gobierno y Conferencia Episcopal en la que se puso encima de la mesa la necesidad y la voluntad de romper la situación de tensión. Es en este contexto en el que se elige al nuevo presidente de la Conferencia Episcopal.

Cambio en la forma

pero no en el fondo

No han faltado voces que plantean que su elección representa la victoria del ala progresista de la Iglesia. El primer interesado en destacar esto ha sido el gobierno PSOE que lo ha calificado de “revolución”. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Como miembro de la alta jerarquía eclesiástica española no puede ser más que un conservador y así es considerado dentro de la propia Iglesia. Por si alguna duda queda ahí está su currículum: obispo auxiliar del propio Rouco Varela al que respeta y admira, durante varios años ha sido presidente de la Comisión para la Doctrina de la Fe, organismo que en la actualidad hace las veces de Inquisición (sí, eso existe) y cuya misión es “promover la ortodoxia y velar por ella”. Además, el vicepresidente, Antonio Cañizares, es un ultraconservador y ha sido hasta ahora el responsable de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis, precisamente el encargado de los contenidos de la enseñanza escolar, de la formación de los profesores de religión, etc. A su vez, el nuevo responsable de Educación, será un viejo conocido, Antonio Dorado, el que cuando Rajoy fue ministro de Educación consiguió el acuerdo por el que desde 1998 los profesores de religión serían contratados y pagados por el Estado pero designados por los obispos.

Sin embargo, esa imagen más aperturista se debe en parte a que su victoria se ha basado en los votos de los prelados vascos y catalanes (precisamente los que más críticos han sido con la táctica de enfrentamiento continuo con el gobierno). Sumado a esto, la trayectoria de Blázquez ha estado sembrada de polémica. Fue él quien en el año 2002 firmó una pastoral junto al resto de obispos vascos contra la Ley de Partidos y la Ilegalización de Batasuna. Entonces Aznar lo calificó de “perversión moral e intelectual”, será por eso que ahora a Zaplana le cuesta reconocer a Blázquez diciendo que las relaciones entre Iglesia y Gobierno no puede depender del presidente de los obispos. Este mismo año, Blázquez ha impulsado una pastoral con planteamientos de apertura a la sociedad ante el miedo a su aislamiento y con una alternativa a cómo se ha gestionado la CEE en los últimos años.

Se trata de cambios de forma pero no de contenido. Las tensiones internas de la Iglesia tienen una naturaleza semejante a las existentes en el propio PP, donde existen sectores temerosos de que la línea aznarista dominante acabe trayendo más problemas que ventajas. Todo este revuelo y baile de sotanas no nos puede llamar a engaño. El “progresista” Obispo Blázquez ya ha iniciado su mandato con un amenazante “tendrían que atenerse todos a las consecuencias” si se tocasen los Acuerdos firmados con el Vaticano. Eso sí, deberíamos reconocer que por lo menos la nueva cúpula eclesiástica tiene un sentido del humor sobresaliente, cómo entender si no el lema de la campaña lanzada el 30 de marzo “Todos fuimos embriones”. ¿Tú, te acuerdas de esa época?