Imprimir

Con la pérdida de 300.000 votos y dos de los tres diputados que tenía (a lo que se suma que Iniciativa per Catalunya también perdió uno de los dos con que contaba), los resultados de IU el 9 de marzo sólo pueden calificarse de un auténtico desastre que la colocan en una difícil situación. La primera condición para poder salir de ella es comprender la causa de estos resultados. ¿Responden exclusivamente al "tsunami bipartidista" y a la ley electoral, como insiste Llamazares, o hay otras causas más de fondo?

Con la pérdida de 300.000 votos y dos de los tres diputados que tenía (a lo que se suma que Iniciativa per Catalunya también perdió uno de los dos con que contaba), los resultados de IU el 9 de marzo sólo pueden calificarse de un auténtico desastre que la colocan en una difícil situación. La primera condición para poder salir de ella es comprender la causa de estos resultados. ¿Responden exclusivamente al "tsunami bipartidista" y a la ley electoral, como insiste Llamazares, o hay otras causas más de fondo?

Desde luego, la causa de esos resultados no está en la ley electoral. Es verdad que las provincias menos pobladas (que son también las más conservadoras) están sobrerrepresentadas en el Parlamento porque esta ley fue elaborada por los herederos políticos del franquismo (Adolfo Suárez y su Unión de Centro Democrático) para garantizarse el gobierno tras las primeras elecciones democráticas, en 1977. Pero no es menos cierto que, con la misma ley, el PCE alcanzó 23 diputados (1979) e IU, 21 (1996). Por tanto, el problema no es tanto la ley como la pérdida de votos. La ley agrava los efectos de esa pérdida, pero no es su causa.
La causa tampoco es exclusivamente el bipartidismo. El llamado voto útil existe y le hizo perder votos a IU en las provincias donde tenemos una escasa implantación. Pero, ¿se puede achacar al voto útil la bajada de 50.000 sufragios en Madrid, donde todo el mundo sabe que los votos a IU se traducirán con seguridad en escaños? En estas elecciones hubo voto útil, pero también abstención de izquierdas. El mejor ejemplo es Cataluña. Iniciativa perdió 50.000 votos y ERC, 350.000. Sin embargo, el PSOE sólo aumentó 95.000. La posibilidad de que el voto útil fuese mayor, pero hubiese quedado enmascarado por un corrimiento de voto socialista hacia la derecha, está descartada porque tanto CiU como el PP perdieron votos.

Apoyo acrítico al PSOE

Durante la pasada legislatura Llamazares pareció un ministro sin cartera, apoyando leyes como la de Defensa, la LOE, el canon digital o los presupuestos generales del Estado. Lógicamente, en la práctica, cuatro años de apoyo acrítico al gobierno no pudieron contrarrestarse con cuatro semanas de campaña electoral con continuas críticas al PSOE (¡y menos si se combinan con la petición de un ministerio para IU en el futuro gobierno!). En esta coyuntura, una vez más se cumplió una ley bien conocida: cuando la gente no ve diferencias de fondo entre dos partidos, se queda con el más grande.
Hay quien opina que la situación fue mucho más grave en 1982, cuando el PCE bajó de 23 a 4 diputados, y que si entonces la recuperación fue posible, ahora también. El detalle estriba en que la realidad actual es muy diferente de la de entonces. En 1982, el PCE no sólo tenía muchísimos más miembros (y más jóvenes), sino que era un partido organizado, militante y con una inserción real en la clase obrera. Para empezar, todavía dirigía políticamente CCOO, lo que le daba una influencia decisiva que amortiguó el batacazo electoral y favoreció la recuperación. Actualmente, ni IU ni el PCE tienen una presencia política real en el día a día de los trabajadores y los jóvenes. Para la gran mayoría de los votantes potenciales de IU, la única posibilidad de conocer sus propuestas son los medios de comunicación burgueses, que ya sabemos qué papel juegan.

¿Sería una alternativa recuperar el PCE?

También hay la opinión de que IU está muerta y lo mejor es enterrarla de una vez, para recuperar el PCE a todos los efectos. Alegan, y es verdad, que si el PCE se presentase a las elecciones probablemente no tendría unos resultados electorales inferiores a los de IU porque, a fin de cuentas, el voto IU sigue siendo mayoritariamente de tradición comunista. ¿Podría ser ésta la solución? 
La dirección del PCE empezó renunciando a Lenin, continuó abrazando el eurocomunismo, que fue la fórmula para colarle de estraperlo el reformismo a la base del partido, y al final, hace poco más de veinte años, decidió que el comunismo no "vendía" y que había que travestirse, para lo cual creó IU. Y lo peor que uno puede hacer en política es precisamente eso: avergonzarse de sus ideas, porque algunos se meten tanto en su nuevo papel que, después de un tiempo, acaban optando por el cambio de sexo. Por eso la historia del PCE-IU desde la Transición es una historia del periódico trasvase a la socialdemocracia de un sector de sus dirigentes: Lertxundi y los renovadores de Madrid, los carrillistas, Diego López Garrido y su Nueva Izquierda, y suma y sigue. Todo indica que ahora está incubándose un nuevo trasvase.
La mera sustitución de IU por el PCE, sin volver a una auténtica política leninista, no garantizaría nada, puesto que la dirección del PCE tiene una gran responsabilidad en que se haya llegado a esta situación; sólo significaría que los problemas que vive la coalición se trasladasen abiertamente al partido. Al fin y al cabo, no olvidemos que Llamazares y muchos de sus colaboradores más cercanos son también dirigentes del PCE.

Por un programa marxista

Los dirigentes de IU y del PCE creen que la fórmula para salir del aparente callejón sin salida es encontrar la combinación justa de apoyo a las medidas progresistas que pueda impulsar Zapatero y de crítica por la izquierda. Pero todas las combinaciones fallan porque, en realidad, los problemas son otros: el programa y el método.
El bipartidismo no es un reflejo de la derechización de la sociedad; al contrario, refleja el aumento de la polarización política entre derecha e izquierda. Los resultados electorales no se pueden interpretar de forma empírica. Si lo hiciésemos así, tras las elecciones generales de 2000, cuando Aznar obtuvo mayoría absoluta, habríamos llegado a la conclusión de que existía una gran derechización social. Y, sin embargo, durante aquella legislatura España vivió las mayores protestas desde la Transición: LOU (2001), huelga general contra el decretazo y Prestige (2002), guerra de Irak (2003) y movilizaciones en torno al atentado del 11-M (2004), todo lo cual culminó el 14 de marzo en la derrota electoral del PP.
La situación económica empeora a ojos vista. Nos podemos encontrar muy pronto en medio de una seria crisis que deteriore rápidamente las condiciones de vida de la clase obrera. Los capitalistas sólo van a tener una receta: que los trabajadores paguemos los platos rotos. Para lograrlo, además de las medidas que están directamente en sus manos (no renovar contratos eventuales, despidos...), van a presionar duramente al gobierno para que acometa reformas de calado (abaratar más el despido, recortar las pensiones, etc.). Por supuesto, Solbes no ofrece ninguna garantía de resistirse a esas presiones, todo lo contrario. Esta situación generará descontento con el gobierno del PSOE, lo que abrirá un espacio a su izquierda. Pero para poder aprovechar unas condiciones objetivas favorables hay un requisito, una condición subjetiva: la capacidad para aprovecharla.
La única manera de fortalecer políticamente IU y el PCE es combinando la defensa de un auténtico programa socialista -es decir, un programa de transformación de la sociedad, no una variante de reformismo de izquierdas- con un discurso no sectario hacia el PSOE, apoyando sus eventuales medidas positivas y criticando las negativas, pero sin perder nunca la perspectiva de que el enemigo de clase es la derecha. Programa y método, ambos son imprescindibles. Sólo así se podrá convencer al sector de trabajadores y jóvenes que se abstienen (hastiados de la política oficial alejada de la realidad) o que votan al PSOE (sea por el sano instinto de cortarle el paso al PP o por ciertas ilusiones en su dirección) de que una alternativa revolucionaria vale la pena
En definitiva, el futuro de IU y el PCE depende de que dejen de ser organizaciones cuya influencia política depende de la aritmética parlamentaria y las entretelas institucionales, para convertirse en organizaciones cuya influencia dependa de la calle, de su capacidad para movilizar a los trabajadores y la juventud. Esta es la verdadera refundación que necesitan tanto IU como el PCE. La mejor manera de contribuir a conseguirla es fortalecer El Militante, la corriente que lucha para que las ideas del marxismo vuelvan a ser las que orienten la lucha de la clase obrera y sus organizaciones. Cualquier otra alternativa sólo significará prolongar la descomposición que IU y el PCE arrastran desde hace años.