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El pasado 18 de diciembre Llamazares cesó a 3 dirigentes del PCE de la máxima dirección de Izquierda Unida. En concreto destituyó a Felipe Alcaraz, Willy Meyer y Manuel Monereo de la ejecutiva federal, con la motivación formal de encontrarse "ante la situación de excepcionalidad electoral en el trabajo de IU y para mejorar su capacidad de dirección colectiva y coherente con la línea política aprobada". En realidad, se trata de un movimiento de Llamazares para acelerar en los hechos el proceso de expulsión del PCE en cuanto partido de la coalición llamada Izquierda Unida.

El pasado 18 de diciembre Llamazares cesó a 3 dirigentes del PCE de la máxima dirección de Izquierda Unida. En concreto destituyó a Felipe Alcaraz, Willy Meyer y Manuel Monereo de la ejecutiva federal, con la motivación formal de encontrarse "ante la situación de excepcionalidad electoral en el trabajo de IU y para mejorar su capacidad de dirección colectiva y coherente con la línea política aprobada". En realidad, se trata de un movimiento de Llamazares para acelerar en los hechos el proceso de expulsión del PCE en cuanto partido de la coalición llamada Izquierda Unida.

El contexto político general en el que se está gestando la ruptura es de fuerte polarización entre izquierda y derecha dentro del Estado español. El espacio político a la izquierda del PSOE se ha hecho notable debido a la política, cada vez más acentuada, de contrarreformas del gobierno de Zapatero y a la pasividad de los diputados de IU. Y sin embargo, las direcciones del PCE e IU no se han atrevido a intentar llenar este espacio. Tal vez porque, de hacerlo seriamente, sus dirigentes habrían de implicarse en primera línea en las luchas sociales (vivienda, convenios y deslocalizaciones, construcción, el campo andaluz, el antifascismo, la educación, etc.) y, además, renunciar a la participación en gobiernos de coalición con la burguesía (PNV-EA) como en el caso de IU en Euskal Herria.

Deriva derechista

La dirección del PCE no sólo ha sido incapaz de evitar la deriva derechista de Llamazares y compañía, sino que se ha comprometido apoyando medidas políticas que perjudican a la clase obrera. No podemos olvidar que la aprobación de la gravísima Ley de Partidos, durante la legislatura del PP, se produjo ante la pasividad de la dirección del PCE y la abstención de la dirección de IU. O en Andalucía, donde la dirección del PCA en nada se ha diferenciado de la postura del sector más liberal de IU (Concha Caballero y la corriente Convocatoria por Andalucía) en asuntos tan decisivos para las familias trabajadoras como la Ley de Educación Autonómica (LEA) o el Estatuto de Andalucía, donde ambos, PCA y CA, han llamado a votar un pacto con el PSOE y el PP. Y todo para sacar adelante un estatuto que es un retroceso porque acepta los principios de la Constitución europea y entierra la reforma agraria, la laicidad y el carácter público de la educación, de la sanidad, etc. El giro a la derecha de IU ha sido más visible que el del PCE, visto y considerado que los cinco diputados de la coalición están expuestos al juicio de la militancia cuando votan, como han hecho, a favor de la Ley de Memoria Histórica (que es una ley de punto y final y "reconciliación" de clases) o de los presupuestos proempresariales del ministro Solbes, por ejemplo.
Si se ha llegado a una situación tan tensa dentro de la coalición IU es porque en los últimos años sus dirigentes han cosechado los peores resultados electorales: 6,6% en las municipales de 2007 (ante el casi 12% de 1995) y 5% en las de 2004 (ante el 9-10,5% del período 1989-1996) y además sin plan ninguno para enderezar el rumbo. Fue justo en la primera mitad de los noventa cuando IU cosechó sus mejores resultados electorales y dialécticamente fue justo entonces cuando se aceleró el giro institucionalista de Izquierda Unida, impulsado a la vez por el colapso del estalinismo. La posterior caída electoral de IU es consecuencia de la adaptación institucional del PCE a través de IU: es decir que una vez pasada la decepción obrera con el PSOE y quitado la máscara demócrata de la cara del PP, la mayoría de la clase trabajadora ha vuelto a votar masivamente a la dirección socialdemócrata más fuerte: la del PSOE.
Mientras eso sucedía, la IU institucional cobraba más independencia año tras año, hasta que los dirigentes del PCE, partícipes de este proceso, perdieron el control de la maquinaria que se volvió en su contra a través de Llamazares. El compañero coordinador inaugura este año 2008 habiendo conseguido escindir a IU en Asturias y en el País Valencià. La única razón por la que en Andalucía todavía no ha habido escisión abierta es porque la dirección del PCA está retrocediendo a cada golpe de Llamazares, preparando así rendiciones aún más importantes en el futuro próximo.
El proceso se ha acelerado tanto que se está hablando abiertamente de la posibilidad de transformar IU en un partido político "federal", probablemente tras el 9 de marzo, lo que aceleraría la ruptura entre el PCE e IU. Marga Sanz, Francisco Frutos, Felipe Alcaraz y demás máximos dirigentes del PCE no están preparando a la militancia ante esta perspectiva, sino que se mantienen en una posición débil ante las arremetidas de la mayoría de la dirección de Llamazares. En pocas palabras, parece que no tienen mucha confianza en las bases y que dan por perdida la contienda. La militancia del PCA debería prepararse para lo que se ve venir.

Hay espacio a la izquierda

La gran mayoría de la juventud y la clase obrera no conoce ni está interesada en las luchas internas de IU. Las elecciones duran un día pero, entre una y otra, hay cuatro años más de vida en la calle, las universidades, los tajos... Por eso IU sigue teniendo oportunidades para desmarcarse por la izquierda del PSOE. Pero si Llamazares sigue desaprovechándolas, al tiempo que insiste en el proceso de exclusión forzosa del PCE, los comunistas tendrán que emprender en solitario la construcción de una alternativa de izquierdas al PSOE. En este caso el PCE deberá no sólo volver a levantar la bandera de la lucha, sino transformarse por completo haciendo lo que él mismo e IU no han hecho hasta la fecha. En todo caso los centros de la actividad tienen que volver a ser la fábrica, el barrio, la facultad y el instituto. El centro de la atención deberá ser la formación teórica, renunciando a la herencia reformista, recuperando las mejores tradiciones de autofinanciación, capacidad de sacrificio militante, lucha para la conquista de los sindicatos de clase. En dos palabras: un partido revolucionario.