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Julio Anguita, ex secretario general del PCE y ex coordinador de IU, presentó el pasado noviembre, ante los medios de comunicación, el proceso de debate sobre el cual se elaborará el Manifiesto-Programa del PCE, tarea de la que es máximo responsable. Julio Anguita, ex secretario general del PCE y ex coordinador de IU, presentó el pasado noviembre, ante los medios de comunicación, el proceso de debate sobre el cual se elaborará el Manifiesto-Programa del PCE, tarea de la que es máximo responsable. En una entrevista a la agencia Efe declaró que “el movimiento obrero no existe hoy en día; los sindicatos son aparatos enquistados en la Administración y los mensajes que en su día pudieron tener las formaciones de izquierdas están ahora bajo mínimos”.

Medir a los trabajadores por sus dirigentes puede inducirnos a error

Indiscutiblemente, la postura de los dirigentes de las organizaciones mayoritarias de la clase obrera en el Estado español y el resto de Europa no está a la altura de las circunstancias. Presupuestos, reforma educativa, reforma laboral, derechos democráticos para las nacionalidades históricas, en todos estos aspectos claves, y en muchos otros, su política consiste en concesiones a la burguesía. Pero esto, francamente, no es una novedad, ni desde el punto de vista histórico, ni para muchos activistas obreros y juveniles. El aspecto central para un comunista es saber si estos dirigentes reflejan fielmente a nuestra clase, sus necesidades, sus puntos de vista, su capacidad de lucha. Nuestra atención debe dirigirse a descubrir dónde está el punto débil. ¿Arriba o abajo? ¿Falla nuestra clase o la política de sus dirigentes?

La absorción ideológica de los dirigentes obreros es una vieja tradición y táctica del capitalismo. Es un obstáculo al que ya se enfrentaron Marx y Engels cuando analizaban las Trade Unions inglesas. Hace ya casi un siglo, Rosa Luxemburgo escribió lo siguiente acerca de los dirigentes sindicales alemanes, en su libro Huelga de masas, partido y sindicato: “La especialización en su actividad profesional de dirigentes sindicales, así como la natural restricción de horizontes que va ligada a las luchas económicas fragmentadas en los períodos de calma, concluyen por llevar fácilmente a los funcionarios sindicales al burocratismo”. La autora entiende que la prosperidad económica y calma política que durante quince años envolvió la vida alemana desarrolló “perspectivas ilimitadas de progreso económico en el campo del orden capitalista”. Su conclusión, al igual que en el caso de Marx, Engels o Lenin, no fue despojar a la clase obrera de su papel decisivo en la lucha de clases por la derechización de sus organizaciones. No se dejaron impresionar por la política de sus dirigentes o los períodos de baja actividad huelguística y política. Su confianza en el papel político que desempeñarían los asalariados permaneció firme, al no estar forjada sobre un superficial y hueco sentimentalismo, sino sobre un análisis materialista y científico de las fuerzas económicas y sociales en liza bajo el capitalismo. Y esa confianza no fue defraudada. A la revolución rusa de 1905, acontecimiento sobre el que se fundamenta el libro ya citado, siguió la revolución triunfante de 1917, la revolución alemana de 1918, y un largo etcétera que, pasando por el Portugal de 1974, nos trae a la Venezuela revolucionaria del siglo XXI.

¿Dónde poner el acento, en la desaparición del movimiento obrero o en la denuncia de la política reformista?

Efectivamente, un comunista del siglo XXI debe preguntarse cuál es su tarea, qué ideas debe trasladar al movimiento obrero y juvenil. Más aún cuando el escenario internacional nos es más favorable que en períodos anteriores. Por un lado, acontecimientos como la guerra de Iraq o la política de ataques salvajes en la que lleva años embarcada la burguesía europea hacen que millones de familias trabajadoras empiecen a cuestionarse que el capitalismo pueda proporcionar una vida civilizada y confortable en el llamado primer mundo. Por otro, los acontecimientos revolucionarios en Bolivia, Ecuador o Venezuela vuelven a poner el debate sobre la posibilidad de transformar la sociedad en el orden del día. Es más, la clase obrera europea ha despertado ya a la lucha; la lista de países que han pasado por una huelga general o enfrentamientos graves entre las clases cada vez es más extensa: Francia, Italia, Bélgica, Grecia, Portugal, Austria, el Estado español... Y un aspecto decisivo, la socialdemocracia europea, la más poderosa del mundo, empieza a sufrir los efectos de este nuevo escenario político. Crisis en el PSF, escisión en el SPD alemán, dificultades para el gobierno de José Sócrates en Portugal, etc. Las complicaciones de ZP por realizar una política contraria a los intereses de su electorado no están más que empezando.

En esta situación, nuestro conclusión difícilmente puede ser situar al movimiento obrero al nivel de quienes en sus despachos de dirección política y sindical ceden a las presiones de la burguesía.

No es fácil para los trabajadores luchar a pesar de sus dirigentes. Momentos de escepticismo, parálisis y hasta retroceso son ine-vitables. Pero quienes desahucian a la clase obrera por estos períodos de inactividad, pueden acabar perdiendo de vista la perspectiva más importante que, igual de inevitable, es también un alza en la lucha. Nuestra clase trabaja en condiciones de más de un 30% de eventualidad, muere por miles en los tajos, está encadenada a una hipoteca durante treinta años para conseguir un techo y sufre masificación en los ambulatorios y en los colegios. Echó atrás el decretazo del PP con la huelga general del 20-J y la marcha estatal del 5 de octubre de 2002; salió a luchar contra la guerra imperialista, protestó contra el crimen ecológico del Prestige, sacó al PP del gobierno. No ha dudado en luchar siempre que ha sido llamada a hacerlo.

La idea de la que debemos intentar impregnarla no es la de su debilidad, incapacidad o derrota. Ideas que, por otra parte, alimentan el escepticismo y hasta el sectarismo entre los activistas. Nuestro mensaje al movimiento es hacerlo consciente de la poderosa fuerza que alberga en sus filas, explicar su papel decisivo en la sociedad. Debemos recordarles a quienes todos los días, ya sea en la fábrica, la obra, la oficina o la administración pública, no son más que subordinados sin derecho a opinión, como una pieza más del engranaje, que ésa sólo es una cara de la moneda. Debemos reavivarles, refrescar en su memoria, el recuerdo de la huelga general del 14-D, ahora que está próximo su aniversario, de los momentos excepcionales que demuestran que sin el permiso de la clase obrera no funciona absolutamente nada.

Nuestra tarea es explicar a los elementos más conscientes hoy, y a círculos más amplios mañana, cuando la lucha de clases suba de temperatura, que su más peligrosa debilidad es su dirección reformista. Intentando convencer al mayor número posible de trabajadores y jóvenes que los genuinos comunistas, los marxistas revolucionarios, somos una alternativa viable, la que el movimiento necesita.

Bárbara Areal

Afiliada al PCE