Imprimir
El domingo 23, más de 1.200 autobuses e innumerables coches particulares desplazaron a decenas de miles de gallegos, sobre todo jóvenes, a Madrid, a la manifestación de la Plataforma Nunca Máis. Una vez más, el Gobierno y los medios de comunicación a De hecho, este aspecto, el ambiente enormemente crítico con el PP y sus dirigentes, fue el más destacado de la manifestación. Las pancartas y los lemas que se coreaban no dejaban lugar a dudas. Algunos manifestantes hasta pedían, en tono festivo, la eutanasia para Fraga o el envío a Guantánamo de los responsables de la catástrofe.

Este ambiente crítico no es para menos. En primer lugar, por la magnitud de la marea negra, que a pesar de las declaraciones triunfalistas de la Xunta continúa llegando a las costas, impidiendo la normalización de la pesca y el marisqueo, de tanto peso en la economía gallega. En segundo lugar, por la incompetencia, difícilmente superable, del PP a la hora de afrontar la catástrofe. En tercer lugar, porque las “alternativas” que da el PP no convencen: el Plan Galicia no se lo cree nadie y la Xunta anda diciendo que hay que ir acostumbrándose a convivir con el chapapote durante mucho tiempo.

Pero el ambiente tan crítico también se debe a la respuesta prepotente del PP ante la movilización de los trabajadores y la juventud. Cientos de miles de gallegos se han sentido ofendidos por declaraciones como las del presidente Aznar, acusando a los que critican la gestión gubernamental de “ladrar su rencor por las esquinas” y de estar manipulados, se han sentido escandalizados por la multa por ofensas a la autoridad que se le impuso (aunque luego fue retirada) a una chica que increpó a Fraga en la calle diciéndole “cabrón, vete a limpiar chapapote” y se han sentido indignados por las mentiras, la censura y la manipulación informativas, propias de una dictadura. En su desesperación, el PP incluso ha intentado vincular a Nunca Máis con el terrorismo. Mayor Oreja la acusó de “batasunizar” Galicia, con el argumento (por llamarlo de alguna manera) de que... ¡la insatisfacción conduce a la violencia! O sea, esté usted satisfecho con el Gobierno o se convertirá en sospechoso.

El PP está muy nervioso y a la defensiva, y cada vez mete más la pata. Por eso, transcurridos ya tres meses desde el inicio de la marea negra, la protesta no disminuye. La gente le tiene ganas al Gobierno y está dispuesta a salir a la calle. Por eso, tras la histórica manifestación contra la guerra del sábado 15, cientos de miles de madrileños se unieron a la manifestación de Nunca Máis para demostrar su rechazo al gobierno de la derecha.

Hondas implicaciones políticas

Todo esto tendrá hondas implicaciones políticas, empezando en el terreno electoral. Las encuestas sitúan ya al PSOE por encima del PP en intención de voto. Un descalabro del PP en las municipales de mayo provocaría divisiones internas en el partido y podría llevar a una situación de gran inestabilidad política. Aunque en principio las próximas elecciones generales tocan a mediados del año que viene, ya no se puede descartar nada. El Gobierno está en una situación de enorme debilidad. Como decía un comentarista político en un artículo reciente, “lo tenía todo y ya no tiene nada”.

La huelga general del 20 de junio fue el punto de inflexión. Todo cambió desde entonces. Los acontecimientos de los últimos meses le sacaron definitivamente la careta centrista al PP, demostraron que es la derecha pura y dura, la derechona de siempre, reaccionaria, autoritaria, prepotente, mentirosa, despreciativa, en suma, dignos herederos del franquismo. Al fin y al cabo, los actuales gobernantes son hijos y nietos de los prohombres del régimen franquista, y antes o después les tenían que aflorar los genes.

Pero lo más importante es que la huelga general y el desastre del Prestige, a los que ahora se suma la agresión imperialista contra el pueblo iraquí, han permitido que la juventud comprenda a través de su propia experiencia qué significa realmente la derecha, haciendo así suya la memoria histórica de la clase obrera que conoció la dictadura franquista y los gobiernos de la UCD en los primeros años de la Transición. Y esto tendrá implicaciones políticas decisivas en el futuro.