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Ni la emigración salvó a Fraga. Tras una semana de espera, las elecciones autonómicas gallegas se zanjaron con una derrota histórica de la derecha. El PP no presentará ningún recurso, según Fraga porque aceptan el resultado “como buenos demócratas qu Ni la emigración salvó a Fraga. Tras una semana de espera, las elecciones autonómicas gallegas se zanjaron con una derrota histórica de la derecha. El PP no presentará ningún recurso, según Fraga porque aceptan el resultado “como buenos demócratas que somos”. En realidad, no recurrirán porque no obtendrían el escaño 38 ni aunque todos los votos del exterior rechazados por la Junta Electoral Provincial de Pontevedra fuesen del PP; si tuvieran alguna posibilidad, armarían la marimorena, como demuestran su actitud desde el día 19 —incluyendo, aprovechando que el Pisuerga pasa por Venezuela, insinuaciones de fraude electoral a favor del PSOE por parte del gobierno venezolano— y los recursos interpuestos durante el recuento del voto emigrante.

El voto emigrante

Que en el siglo XXI haya que esperar una semana para saber los resultados de unas elecciones es de república bananera. El mecanismo de voto del exterior tiene que ser igual que el del interior. O sea, como de vez en cuando vemos en la televisión (por ejemplo, con motivo del referéndum revocatorio contra Hugo Chávez), votar el día de las elecciones en embajadas y consulados, con urna, interventores y garantía de limpieza, cosa que ahora no ocurre, como está sobradamente demostrado. Además, también hay que aclarar quién es emigrante. El 45% de los emigrantes con derecho a voto ni siquiera nacieron en Galicia: son hijos y nietos de gallegos, nacidos en el extranjero e integrados en otra sociedad. ¿Tienen derecho a decidir sobre el destino de Galicia en virtud exclusivamente de la sangre de su padre o abuelo? Rotundamente, no. Ya lo dice el refrán gallego: “La vaca es de donde pace, no de donde nace”. Quienes sí deberían tener derecho a votar son los inmigrantes que lleven un tiempo trabajando entre nosotros y que tienen aquí su familia y su vida, aunque no tengan ni una gota de sangre gallega.

Derrota del PP

Lo que se dilucidaba el día 19 en Galicia no era si el PP sería el primer partido en número de votos (nadie que conozca la realidad gallega lo dudaba), sino si obtendría o no la mayoría absoluta. Por tanto, la victoria o derrota del PP dependía de una sola cosa: que obtuviese 38 diputados. Y no los obtuvo. Es una derrota histórica.

Respecto a las autonómicas de 2001, la participación subió del 64,2% al 68,1% (del 60,2% al 64,2%, contando el voto emigrante), el récord en unas autonómicas. Además bajaron los votos nulos y en blanco, incluso en cifras absolutas. Los resultados (votos del exterior incluidos) fueron los siguientes: el PP obtuvo el 45,2% de los votos (bajó 35.000 votos y 6,4 puntos porcentuales), el BNG obtuvo el 18,7% (bajó también 35.000 y 3,9 puntos) y el PSOE obtuvo el 33,2% (subió 221.000 votos y 11,4 puntos, sus mejores resultados en unas autonómicas). Por tanto, pese a la bajada del BNG, el saldo es favorable a la izquierda. Pero las desgracias del PP no acaban aquí.

Retroceso general del PP

El retroceso del PP es en toda Galicia, urbana y rural, interior y exterior. Pasa de tener la mayoría absoluta de los votos en tres provincias a tenerla sólo en una, y por la mínima. Exactamente lo mismo ocurrió entre los emigrantes (con el agravante de que el PSOE lo superó en Lugo). En total, el PP bajó en Coruña del 48,7% al 42,9%. En Lugo, del 56,0% al 48,9%. En Ourense, del 57,%% al 50,8%. Y en Pontevedra, del 50,8% al 44,1%.

Pero la prueba más contundente del retroceso general del PP son los datos por ayuntamientos (sólo incluyen el voto interior). Del total de 315 ayuntamientos gallegos, el PP retrocede en 289 y avanza en 26, el BNG retrocede en 271 y avanza en 44, y el PSOE retrocede en 3 y avanza en 312.

Vemos lo mismo al analizar los entornos urbano y rural. En 2001, el PP ganó en las siete ciudades gallegas, con una media del 44,2% y la mayoría absoluta en una; ahora su media de votos bajó al 39%, no consiguió la mayoría absoluta en ninguna y por primera vez quedó de segundo en A Coruña (en Vigo fue el primero por 500 votos). En la zona rural, el PP pierde dos puntos porcentuales y obtiene la mayoría absoluta por los pelos (50,2%), una diferencia de tan sólo 14.000 votos.

Victoria incuestionable

de la izquierda

Algunos analistas hablan, interesadamente, de que es la elección más ajustada de la historia y de que la nueva Xunta tiene que ser consciente de que “Galicia está dividida por la mitad”, como una manera de restar legitimidad y/o condicionar a la Xunta PSOE-BNG. Pues bien, a la luz de los datos, tampoco es exacto. Considerando el total, las diferencias entre el PP y la izquierda (110.000 votos y 7 puntos) se invirtieron respecto a 2001. Considerando solamente el voto del interior, en 2001 el PP superó a la izquierda en 5,6 puntos y 84.000 votos; ahora, la izquierda superó al PP en 7,2 puntos y 112.000 votos. Cosa distinta es que, a resultas de presentarse la izquierda en dos candidaturas y de un sistema electoral que prima a las provincias del interior, feudos del PP, eso en 2001 se tradujese en una mayoría absoluta del PP por cuatro diputados y ahora se traduzca en una mayoría absoluta de la izquierda por solamente uno.

Estos resultados confirman la tendencia de las municipales de 2003. Por poner como ejemplo el ayuntamiento con que en dichas elecciones el PP intentó “demostrar” que no había retrocedido (Muxía, en la Costa de la Muerte), los 6,9 puntos a favor del PP en las anteriores autonómicas se transformaron ahora en 4,6 puntos a favor de la izquierda.

Es decir, la izquierda ganó estas elecciones de forma incuestionable. Si su victoria no fue mayor, además de por el sistema electoral, se debió a que la participación creció menos en las zonas urbanas que en las rurales. Mientras la abstención (en el interior) fue del 31,9%, la media de las siete ciudades fue del 34%, siendo mayor en las ciudades más industriales: Lugo, 30,6%; Santiago, 31,5%; Ourense, 31,6%; Pontevedra, 32%; Coruña, 36%; Vigo, 36,1%; y Ferrol, 38,9%. La causa de esto hay que achacársela a que tanto el PSOE como el BNG hicieron una campaña muy “a la americana”, de mucha imagen pero poco contenido, lo que no contribuyó a movilizar el voto de izquierdas de forma rotunda.

Perspectivas para Galicia

Es inevitable una Xunta PSOE-BNG. Aunque no quisiesen, no les queda más remedio que pactar. Los trabajadores y la juventud gallega no perdonarían a quien apareciese como responsable de que Fraga volviese a la Xunta, como dolorosamente aprendió el BNG en el ayuntamiento de Vigo en 2003, donde, al entrar en crisis su pacto con el PSOE, permitió que el PP accediese a la alcaldía seis meses después de las municipales, lo que provocó importantes bajones electorales del BNG en la ciudad desde entonces. Tampoco debemos olvidar que hay gente del PSOE que no ve con buenos ojos el pacto con el BNG, como el inefable Paco Vázquez, que declaró durante la campaña que sería mejor pactar con la futura escisión del PP.

Pero esa ruptura del PP gallego, favorecida por esta derrota y que como muy tarde se producirá cuando Fraga deje la política activa, podría no ser tan inminente. El PP podría albergar la esperanza de que futuros desacuerdos entre PSOE y BNG en el medio plazo le abran de nuevo las puertas de la Xunta. El anuncio de Fraga de que va a ejercer de jefe de la oposición podría tener como objetivo evitar una escisión a corto plazo, manteniendo el partido unido (aunque sólo sea formalmente) para, ante una hipotética crisis de la Xunta en medio del mandato, tener opción a recuperar el poder, cosa imposible si el PP revienta antes.

Por otra parte, en el BNG también hay tensiones. Su bajada electoral (que es sobre todo relativa, por el enorme ascenso del PSOE) no tuvo nada que ver con la sustitución de Beiras por Anxo Quintana (es decir, con una supuesta conspiración radical dentro del BNG, como quieren hacer creer desde la prensa burguesa). De hecho, el BNG ya bajó en las autonómicas de 2001, en las municipales de 2003 y en las generales de 2004, con Beiras al frente. El motivo es otro. El BNG se convirtió en la segunda fuerza política gallega en las autonómicas de 1997 gracias a un discurso de ataque frontal contra Fraga, presentando a la derecha como el enemigo a batir y garantizando el desa-lojo del PP si éste no obtenía la absoluta, mientras que el PSOE estaba más preocupado por que el BNG no lo superase que por echar a Fraga. Pero desde entonces, los dirigentes del BNG también iniciaron su particular viaje al centro, desdibujando su perfil como fuerza combativa y adquiriendo un creciente perfil institucional, como demostró la última campaña electoral, es decir, desdibujando sus diferencias con el PSOE. De hecho, la bajada electoral del BNG no se debe tanto a que pierda electorado como a que su evolución en estos últimos años está provocando que el PSOE recupere parte del terreno que cedió al BNG en la resaca política de la etapa final de los gobiernos de Felipe González. El acceso al poder puede servirle al Bloque, a corto plazo, para enmascarar sus problemas internos, pero agudizará todavía más el giro a la derecha de su dirección, con lo que, a medio plazo, se acumulará más material inflamable en su seno, incluidas contradicciones con la CIG.

El futuro de la izquierda en Galicia, y del BNG en particular, dependerá de su actuación en la Xunta. Tendrán un margen de confianza, pero la gente quiere ver cambios reales. La única garantía para aplicar una política que solucione los problemas de la clase obrera y los jóvenes es un programa auténticamente socialista en vivienda, empleo, enseñanza, sanidad, etc. que dé solución a los graves problemas que existen, para lo que no hay más alternativa que cuestionar el poder del capital. En situaciones de crisis orgánica del sistema como la actual, no cuestionar el capitalismo conduce inexorablemente a aplicar una política antiobrera de recortes.

Echar al PP de la Xunta fue un paso, importante, pero sólo un paso. Pero no garantiza una política diferente. La nueva Xunta estará sometida a las presiones de los empresarios, para que haga una política en su favor. Por eso, más allá del voto, es necesario organizarse políticamente, para estar en condiciones de movilizarnos en defensa de la política que los trabajadores necesitamos, sea para contrarrestar las presiones de la derecha si la Xunta aplica un programa de izquierdas, sea para demandarle al PSOE y al BNG el cambio que los trabajadores y la juventud gallega votamos el 19 de junio.