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Por mucho que quieran aparentar lo contrario, los datos cantan que las elecciones autonómicas gallegas se saldaron con una clara derrota del PP. Rajoy, Acebes y compañía hacen auténticos malabarismos para enmascarar su desastre, pero la única compara Por mucho que quieran aparentar lo contrario, los datos cantan que las elecciones autonómicas gallegas se saldaron con una clara derrota del PP. Rajoy, Acebes y compañía hacen auténticos malabarismos para enmascarar su desastre, pero la única comparación válida es con las anteriores autonómicas porque está más que demostrado que la gente vota diferente según el tipo de elección. Por ejemplo, es bien conocido que el PSOE obtiene abultadas mayorías absolutas en las municipales de la ciudad de A Coruña, pero sin embargo el PP le ganó en todas las autonómicas anteriores.

Para empezar, lo que se dilucidaba en día 19 en Galicia era si el PP obtenía o no la mayoría absoluta. El PP no puede proclamar su victoria arguyendo que fue el primer partido en voto, porque eso nadie que conozca a fondo la realidad gallega lo ponía en duda. Por tanto, la victoria o derrota del PP dependía de una sola cosa: que obtuviese 38 diputados. Y no los obtuvo.

Respecto a las anteriores autonómicas de 2001, la participación subió 3’9 puntos porcentuales (del 64’2% al 68’1, el record en unas autonómicas). Además, bajaron el voto nulo y en blanco (del 2’1% al 1’6). Los resultados fueron los siguientes: el PP perdió 42.000 votos (6 puntos porcentuales), el PSOE subió 190.000 votos (10’7 puntos) y el BNG bajó 35.000 votos y 3’7 puntos. Por tanto, pese a la bajada del BNG, el saldo es favorable a la izquierda. Pero las desgracias del PP no acaban aquí.

Retroceso general del PP

El retroceso del PP es general en toda Galicia. Pasa de tener la mayoría absoluta en tres provincias a tenerla sólo en una, y por la mínima. En Coruña, bajó del 47’8% al 42’5 de los votos. En Lugo, del 55’6% al 49’1. En Ourense, del 56’5% al 50’7. Y en Pontevedra, del 50’2% al 43’8. Otro dato significativo es que en 2001 el PP no fue el partido más votado en 13 ayuntamientos, mientras que ahora no lo fue en 40. Pero lo más revelador de este retroceso general del PP son los datos por ayuntamiento.

Del total de 315 ayuntamientos gallegos, el PP retrocede en 289 y avanza en 26, el PSOE retrocede en 3 y avanza en 312 y el BNG retrocede en 271 y avanza en 44. La mayor caída del PP (perdió el 22’4% de los votos) fue en Piñor, mientras que su mayor avance fue en Os Blancos (ganó un 10%). Por su parte, la mayor caída del PSOE (2’6%) fue en Trasmiras y su mayor avance, en Piñor (31%). El BNG tuvo su mayor caída (16’7%) en A Fonsagrada y su mayor avance en Manzaneda (11’7%). Cabe resaltar que excepto A Fonsagrada, que está en Lugo y tiene un censo de unas 4.500 personas, el resto son ayuntamientos orensanos con un censo de entre 1.000 y 1.500 personas.

Vemos el mismo fenómeno mismo al analizar los entornos urbano y rural. En lo que respecta a las siete ciudades gallegas, en 2001 el PP ganó en todas, con un 44’2% de media y la mayoría absoluta en una (Santiago); ahora su media de votos bajó al 39%, no consiguió la mayoría absoluta en ninguna e incluso, por primera vez, quedó de segundo partido en A Coruña (y en Vigo fue el primero por 500 votos). En la zona rural, el PP pierde dos puntos porcentuales y obtiene la mayoría absoluta por los pelos (50’2%), pero la diferencia con la izquierda quedó reducida en estas elecciones a tan sólo 14.000 votos.

Victoria incuestionable de la izquierda

Algunos analistas ya hablan, interesadamente, de que es la elección más ajustada de la historia y de que la nueva Xunta tiene que ser consciente de que “Galicia está dividida por la mitad”, como una manera de restar legitimidad y/o condicionar la política de la Xunta de coalición PSOE-BNG. Pues bien, a la luz de los datos, tampoco es verdad. En 2001, el PP superó a la izquierda en 5’6 puntos porcentuales y 84.000 votos; ahora, la izquierda superó al PP en 7’2 puntos porcentuales y algo más de 112.000 votos. Cosa distinta es que, a resultas de presentarse en dos candidaturas y de un sistema electoral que prima a las provincias del interior, feudos del PP, eso en 2001 se tradujese en una mayoría absoluta del PP por cuatro diputados y ahora se traduzca en una mayoría absoluta de la izquierda por solamente uno.

Estos resultados confirman la tendencia que ya se expresó en las municipales de 2003, cuando PSOE y BNG superaron al PP en cuatro puntos y cerca de 100.000 sufragios. Por poner como ejemplo el ayuntamiento con que el PP intentó en aquellas municipales “demostrar” que no había retrocedido (Muxía, en la Costa de la Muerte), la diferencia de 6’9 puntos a favor del PP en 2001 se transformó ahora en una diferencia de 4’6 puntos a favor de la izquierda.

Es decir, la izquierda ganó estas autonómicas, y ganó de forma incuestionable. Y si su victoria no fue todavía mayor, además de por el sistema electoral, se debió a que la participación creció menos en las zonas urbanas que en las rurales. Mientras la abstención global fue del 31’9% (35’8% en 2001), la media de las siete ciudades fue del 34%, siendo mayor en las ciudades más industriales y proclives a la izquierda (Lugo, 30’6%; Santiago, 31’5%; Ourense, 31’6%; Pontevedra, 32%; Coruña, 36%; Vigo, 36’1%; y Ferrol, 38’9%). La causa de esto hay que achacársela a que tanto el PSOE como el BNG hicieron una campaña muy “a la americana”, de mucha imagen pero poco contenido, lo que no contribuyó a movilizar el voto de izquierdas de forma rotunda.

El escándalo del voto emigrante

Pero a pesar de que estas cifras son evidentes, lo cierto es que los resultados definitivos no se pueden proclamar antes del día 27 porque hay que esperar al recuento del voto emigrante. Esto ya de por sí es de vergüenza. Lo primero que hay que hacer es establecer un mecanismo de voto para los emigrantes igual que para el resto de votantes. O sea, como de vez en cuando vemos en la televisión (por ejemplo, en agosto pasado, con motivo del fracasado referéndum para revocar a Hugo Chávez), los emigrantes deberían votar el día de las elecciones en embajadas y consulados, con urna, interventores y garantía de limpieza, cosa que ahora no ocurre porque una persona puede votar por cien, incluidos los muertos, como está sobradamente demostrado.

Pero hay otros aspectos de la cuestión: ¿Quién es emigrante? ¿Deben tener derecho a voto todos los emigrantes? El 45% de los que tuvieron derecho a voto en estas elecciones ni siquiera nacieron aquí: son hijos y nietos de emigrantes, viven en el extranjero, están integrados en otra sociedad, poseen otra nacionalidad, gozan en su país de plenos derechos políticos, no saben nada de esta tierra excepto lo que les cuentan. ¿Se les puede considerar ciudadanos con derecho a decidir sobre el destino de Galicia? Rotundamente, no. Ya lo dice el refrán gallego: “La vaca es de donde pace, no de donde nace”. Y en este caso, no se nació en Galicia y ni siquiera se pace aquí. En realidad, debería tener más derecho a voto un inmigrante que lleve un tiempo trabajando entre nosotros y que tiene aquí su familia y su vida, aunque no sea blanco o haya nacido en otro país, que no una persona extranjera en virtud exclusivamente de la sangre de su padre o abuelo.

Es más, incluso es discutible que tenga derecho a voto un emigrante que lleva décadas fuera de Galicia, por muy gallego de nacimiento que sea. El criterio para decidir si un emigrante tiene o no derecho a voto podría ser el que existe en algunos países: tener o no tener doble nacionalidad. Es decir, la adquisición de una segunda nacionalidad (que refleja que tu estancia en el país de adopción no es provisional, sino que estás integrado en la vida allí y posees todos los derechos ciudadanos) conlleva la pérdida del derecho de voto en tu país de origen.

El PP perdió las elecciones gallegas y, como ya quedó dicho, por más margen del que él obtuvo en 2001. Sus únicas posibilidades de hacerse con el escaño 38 son comprarlo (como hizo Esperanza Aguirre en la Comunidad de Madrid) u obtener alrededor del 70% del voto emigrante de la provincia de Pontevedra. Si cualquiera de estas dos hipótesis llegase a ocurrir, el PP estaría robando las elecciones. En el primer caso, de forma evidente; y en el segundo, porque no hay ninguna duda de que el PP sólo podría obtener semejante porcentaje manipulando votos, a lo que tan acostumbrado está. De hecho, Fraga (por la boca muere el pez) admitió esto tácitamente cuando en la noche electoral se mostró confiado en alcanzar la mayoría absoluta porque ya lo habían llamado de Uruguay, Venezuela, etc. y le habían certificado (sic) que el 70% de los votos podrían ser para ellos. La única manera de que un responsable del PP en el extranjero pueda atreverse a asegurar eso es que haya sido el PP el que tramitó los votos por correo. Cosa que no es de extrañar, por tres razones: 1) porque el mecanismo del voto emigrante lo permite, 2) porque en algunas de las comidas gratuitas que el PP organizó en Latinoamérica se pedía y fotocopiaba la documentación de los comensales, y 3) porque si ya en condiciones políticas normales el PP es capaz de todo, con la desesperación de ver que en Galicia se les acaba todo el tinglado caciquil que tienen montado, es capaz de todo y mucho más. Ya lo dijo durante la campaña el presidente del PP de Ourense, José Luis Baltar: hay que sacar votos aunque sea robándolos.