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Hace apenas dos meses el lehendakari Ibarretxe se jactaba de que la economía vasca no se vería implicada en la crisis que el resto del Estado estaba ya padeciendo pues, según él, mientras la economía española era débil y estaba muy vinculada a la construcción, la vasca estaba protegida por su enorme fortaleza industrial.

Hace apenas dos meses el lehendakari Ibarretxe se jactaba de que la economía vasca no se vería implicada en la crisis que el resto del Estado estaba ya padeciendo pues, según él, mientras la economía española era débil y estaba muy vinculada a la construcción, la vasca estaba protegida por su enorme fortaleza industrial.

Además de ser bastante inexactos y estar impregnados de un chovinismo burgués pestilente estos argumentos obvian el detalle de que, siendo la economía vasca especialmente dependiente de la exportación a países de la Unión Europea está topando con un muro de contención: la entrada de Alemania y otros países en recesión. La conclusión es sencilla: si sus productos ya no se venden, la fuerte y enérgica economía vasca deja de serlo. Y entonces empezaron a aplicar las mismas medidas que los demás, las recetas mágicas de tiempos de crisis: ayudas y subvenciones millonarias a los grandes empresarios, sueños y esperanzas de un futuro mejor a los pequeños empresarios y despidos a los trabajadores.

Tensiones en la burguesía vasca

Durante los años de boom económico, y a pesar de la brutal precariedad laboral, la burguesía tuvo un cierto margen de maniobra para vender a los trabajadores la idea de que todos sus problemas se podrían ir solucionando poco a poco. Y el conflicto nacional también se incluía entre ellos. Esto les dio un cierto tiempo y una cierta tranquilidad a la hora de gobernar. Pero ahora las cosas van a ser muy distintas. Las complicaciones de la situación se están reflejando en tensiones políticas que recorren la clase dominante vasca.
En primer lugar, los empresarios, que ven la posibilidad de una derrota del PNV en las próximas elecciones de marzo al parlamento de Gasteiz, se están preparando para tener relaciones muy amistosas con el posible nuevo ganador, el PSOE. Las fotografías de Josu Jon Imaz, presidente de Petronor y ex presidente del PNV, aplaudiendo fogosamente a Patxi López en un encuentro entre empresarios, son muy elocuentes. En segundo lugar, nadie duda de que persiste el enfrentamiento entre dos sectores en el interior del PNV, por un lado el lehendakari Ibarretxe y por otro Urkullu, el nuevo presidente del partido. Como los marxistas han explicado a lo largo de la historia, las divisiones en lo más alto de la clase dominante son un reflejo de la inestabilidad y de la polarización en la sociedad. Esta situación se expresa en maniobras tácticas distintas, a veces abiertamente hostiles, entre diferentes agrupamientos y personajes ligados, directa o indirectamente, a la clase dominante. Las diferencias entre Ibarre-txe, Patxi López, Urkullu, etc., tratan todas en el fondo de encontrar una salida para el capitalismo, para la crisis de su sistema. No tienen ninguna duda, y están todos de acuerdo, en hacer pagar la crisis a los trabajadores. Para ellos sólo se trata de preparar el terreno político para evitar una explosión social y si esta se produce, como efectivamente ocurrirá, impulsar las medidas necesarias, de todo tipo, para debilitar al máximo la capacidad de lucha de la clase obrera.
Otro episodio de estas divisiones han sido las declaraciones de Eusko Alkartasuna (EA) de presentarse por separado a las elecciones, rompiendo una coalición histórica con el PNV. En esta ruptura vemos el mismo proceso que antes hemos explicado, pues EA no es más que un partido burgués que ha apoyado todas y cada una de las políticas económicas fundamentales del PNV y que ahora sólo intenta sacar tajada en río revuelto. Con esta ruptura pretende resguardarse ante la posibilidad de un descalabro del PNV. Como informaba el diario Gara: "La coalición PNV-EA obtuvo en las elecciones autonómicas de 2001 nada menos que 604.222 [votos], movilizados para hacer frente al tándem formado por PP y PSOE. En las siguientes elecciones a Juntas Generales, las de 2003, la suma de ambos partidos ascendió a 512.645 votos. En las generales del año siguiente agruparon 501.885. En las siguientes autonómicas, las de 2005, la coalición logró 468.117 votos, que en las elecciones forales del año pasado, por separado, quedaron en 390.032".
Pero además, uno de los principales motivos para la ruptura de EA con PNV es intentar aprovecharse, como un buitre hambriento, de la ilegalización de la izquierda abertzale para arrancar votos. Y aquí llegamos a una de las cuestiones más importantes de la situación política en Euskal Herria.

Fermento en la izquierda abertzale

Desde hace años, entre sectores amplios de la izquierda abertzale se está extendiendo la idea de que la lucha armada, lejos de ayudar a conseguir los derechos democráticos nacionales que se persiguen, es un obstáculo. La base social de apoyo a los métodos de ETA es cada vez más y más pequeña. Esto lleva a muchos jóvenes y trabajadores a replantearse los métodos para luchar contra la opresión nacional y de clase que se está sufriendo, a buscar una alternativa, y esa presión llega al interior del movimiento abertzale.
El problema que se puede dar en una situación como esta es que, para salir del aislamiento político se acaben buscando atajos y encontrando supuestos amigos políticos, supuestos compañeros de lucha que en realidad han traicionado las aspiraciones del pueblo vasco mil y una vez. En ese sentido algunos dirigentes de la izquierda abertzale hicieron un llamamiento a EA para trabajar conjuntamente, pidiéndole a este partido unirse en "un gran movimiento soberanista e independentista" ya que eso pondría las bases para "superar el tope constitucional". Pero eso es un error, en primer lugar porque crea unas esperanzas que se van a ver truncadas mañana por la mañana. EA sólo busca en la izquierda abertzale votos que se transformen en posiciones políticas y en flamantes sillones para defender los intereses de la burguesía vasca. Pero además es un error porque divide a los jóvenes y trabajadores de Euskal Herria.
En este momento se ve más claro que nunca quién va a sufrir las consecuencias de vivir en el capitalismo. Un obrero de la margen izquierda de Bilbo que ha votado por tradición (muchas veces tapándose la nariz) al PSOE y un obrero de Rentería que apoya electoralmente a la izquierda abertzale (cuando le han dejado hacerlo) tienen mucho en común y poderosas razones para luchar unidos, y no sólo por una cuestión económica. Una política no sectaria de la izquierda abertzale hacia esos trabajadores, explicándoles que el capitalismo no sólo nos machaca quitándonos nuestros puestos de trabajo, sino que es incapaz de concedernos un derecho tan básico como el de autodeterminación, uniría ambas luchas, las haría doblemente poderosas y desenmascararía a todos aquellos que se suman de boquilla a la defensa de los derechos democráticos, pero que sólo buscan confundir y jugar con sentimientos muy fuertes. Pero claro, para poder unir esto los atentados de ETA son un problema. El Estado burgués los utiliza para que cada vez más trabajadores vascos y de otras partes del Estado apoyen las medidas represivas. Muchos trabajadores creyeron que leyes como la Ley Antiterrorista o de Partidos sólo se aplicarían a ETA, pero ya están siendo utilizadas contra el movimiento obrero y juvenil de todo el Estado. La tortura, que se niega rotundamente desde el gobierno, ya ha salido a la luz pública con aquellas imágenes de los Mossos d'Esquadra machacando a una chica rumana. Esa tortura es muy conocida por desgracia en Euskal Herria, y como otras prácticas represivas del Estado burgués, que se han cebado contra la izquierda abertzale, hoy ya se han extendido, y no se conseguirá acabar con ellas matando a este o aquel guardia civil.
Hoy, cuando en Latinoamérica las masas están tomando las calles, cuando en Europa se está despertando el movimiento obrero y juvenil con luchas de masas, en Euskal Herria necesitamos una bandera de unidad, sí, pero no la de la colaboración de clases, sino la de la unidad de la clase obrera vasca en lucha con la del resto del Estado.