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En el momento de cerrar la edición de este periódico se hizo público el acuerdo entre el PSC, ERC e ICV por el que se volverá a reeditar un gobierno de la Generalitat de Catalunya formado por partidos de izquierda. Antes de las elecciones celebradas En el momento de cerrar la edición de este periódico se hizo público el acuerdo entre el PSC, ERC e ICV por el que se volverá a reeditar un gobierno de la Generalitat de Catalunya formado por partidos de izquierda. Antes de las elecciones celebradas el 1 de noviembre era bien conocida la preferencia de Zapatero y del aparato del PSOE por algún tipo de pacto entre CiU y el PSC. El propio Montilla, durante la campaña electoral, fue muy claro al decir que su objetivo no era reeditar el tripartit, hecho que en la práctica dejaba más abierta la opción de un pacto, abierto o encubierto, con CiU. Ya después de las elecciones el objetivo prioritario de CiU fue alcanzar un acuerdo con el PSC, antes que con ERC. También los editoriales de El País y La Vanguardia del día después dejaban claras las preferencias por esa fórmula, reflejando los intereses de un sector de la burguesía que tiene como prioridad alcanzar más estabilidad política y una vuelta de tuerca hacia la derecha, tanto en Barcelona como en Madrid.

Pero la llamada sociovergencia tenía un problema: tanto si el PSC permitía que CiU gobernase en Catalunya y, aún más, si se formaba un gobierno de coalición entre CiU y el PSC, las perspectivas para este último partido eran más que sombrías a la hora de afrontar las próximas elecciones municipales. No podemos olvidar que el enfrentamiento entre la derecha y la izquierda en Catalunya se expresa, en el terreno electoral, en la disputa entre CiU y el PSC. Un acuerdo entre ambos partidos tendría un efecto aún más desmovilizador en el electorado socialista, una tendencia que de hecho, se ha expresado de forma rotunda el 1 de octubre. De seguir así o profundizarse, la situación del PSC en Catalunya podría acabar poniendo al PSOE en una situación delicada de cara a las próximas elecciones generales.

Abstención y caída

del voto al PSC

Las elecciones al Parlament de Catalunya arrojaron una abstención del 43,3%, la segunda más alta de las ocho elecciones autonómicas celebradas desde 1980. En relación a las anteriores autonómicas se ha producido un incremento de casi seis puntos y en relación a las elecciones generales de 2004 en Catalunya la diferencia se eleva a 19 puntos.

Aunque la abstención ha afectado a todos los partidos es indiscutible que ha tenido una incidencia muchísimo más acentuada en la base social que vota a la izquierda. En relación a las elecciones de 2003 medio millón de personas dejaron de votar, pero la caída se concentra fundamentalmente en el PSC, que pierde 258.555 votos, y también en ERC, que pierde 142.000. En ambos casos hay una disminución de aproximadamente el 25% de los votos obtenidos hace tres años. En relación a las elecciones generales de 2004 en Catalunya el PSC pierde la impresionante cifra de 796.000 votos, es decir, la mitad de los que tenía. ERC pierde 224.000. Entre ambas pierden más de un millón de votos respecto a hace dos años.

Estos datos revelan la tremenda insatisfacción de los trabajadores y de los jóvenes hacia una política en la que las medidas para solucionar problemas como el del acceso a la vivienda, la precariedad laboral, los bajos salarios, el deterioro de la educación y la sanidad pública han brillado por su ausencia. Sobre ese trasfondo principal se produjo una campaña electoral en la que CiU estaba totalmente a la ofensiva y Montilla combinó un torpe e infructuoso intento de rascar un puñado de votos de “caladeros ajenos” con una habilidad pasmosa por desincentivar a la base natural de la izquierda a ir a votar. Trató de competir con CiU en conservadurismo con frases muy duras sobre la necesidad de controlar la inmigración; trató de ganar votos “no nacionalistas” retando a Mas a un debate en castellano y para toda España que dejó perplejos a propios y extraños; en un mitin con Zapatero le “advirtió” en público que el PSC era independiente del PSOE, en un intento de contrarrestar las acusaciones de los nacionalistas. Otra serie de gestos no previstos, como la expulsión fulminante y ordenada directamente por Montilla del secretario general de las Juventudes Socialistas de Martorell por participar en una manifestación contra la presencia de Acebes en dicha localidad o la prohibición de manifestaciones de estudiantes en Barcelona (como la convocada el 26 de octubre por el Sindicat d’Estudiants) y otros colectivos en periodo electoral, con implicación directa de la Conselleria de Interior, jugaron un papel nefasto desde el punto de vista de la movilización del voto de la juventud.

La campaña de ERC fue explícitamente ambigua en relación a la cuestión de las alianzas, como si la posibilidad de pactar indistintamente con el PSC o con CiU fuese un elemento movilizador. Los resultados han demostrado que no. El gran auge de ERC en 2003 estaba relacionado con la imagen de izquierdas de esa formación, incluso radical, ante un sector de la juventud catalana, muy sensibilizada frente al desenfreno reaccionario españolista del PP.

Es significativo que ICV (el referente de IU en Catalunya) haya sido la formación, de las cinco que obtuvieron representación parlamentaria en 2003, que más aumenta en porcentaje de votos y la única que gana votos en relación a los anteriores comicios autonómicos. Pasa de 240.000 a 272.000, un 13% de incremento. Aunque con un programa limitado a lo posible bajo el sistema, y en este sentido sin grandes diferencias respecto al del PSC y de ERC, el voto a ICV fue la opción de muchos jóvenes y trabajadores que quisieron dar una señal muy clara: los ajustes del tripartit tienen que ser hacia la izquierda.

Otro hecho muy significativo de las elecciones es que a pesar de la abstención, a pesar de la política de los dirigentes reformistas, la derecha ha vuelto a cosechar una derrota electoral. Aunque CiU recupera la posición de partido más votado, que perdió a favor del PSC en 1999 y 2003, la coalición conservadora pierde más de 124.000 votos en relación a las anteriores elecciones y el porcentaje de votos se incrementa un pírrico 0,37 puntos porcentuales. Por su parte, el PP pierde casi 90.000 votos. La candidatura Ciutadans, nueva formación que preconiza, demagógicamente, la lucha contra la persecución del castellano en Catalunya y utiliza un discurso reaccionario, obtiene 3 diputados y poco más de 80.000 votos no compensa, los más de 200.000 votos que pierden CiU y el PP conjuntamente. En total, la derecha (CiU, PP y Ciutadans) pasa del 42,8% al 45,40% de los votos, pasa de 61 a 65 diputados. La izquierda sigue obteniendo la mayoría absoluta de votos (de 54,9% a 50,4%) y diputados (de 74 a 70).

La reedición del tripartit no es suficiente

Con todo, estas elecciones son una clara advertencia para los dirigentes del PSC y del PSOE. El gobierno de Zapatero viene tejiendo en los últimos meses una alianza más estable con la burguesía catalana y el resultado ha sido un fuerte batacazo del PSC en las autonómicas catalanas, que ha cosechado el segundo peor porcentaje de votos desde 1980. En gran medida, la abstención en Catalunya es extrapolable a lo que podrá ocurrir en el resto del Estado en las próximas elecciones municipales y generales si el gobierno sigue afianzando una política en la que las expectativas de cambio social que lo auparon al gobierno se van disipando cada vez más.

El gobierno del tripartit en Catalunya, como el del PSOE en el gobierno central, hay que recordarlo una vez más, fue producto de un periodo de intensa movilización social de los trabajadores y de la juventud. Como dijimos desde estas páginas, si el gobierno de la izquierda se basa en esa profunda y amplia corriente, harta de las condiciones de vida que le impone el sistema capitalista, para llevar una política verdaderamente de cambios sociales, será un gobierno fuerte. Si da la espalda a su base social y trata de aplicar una política de consenso con la burguesía, será un gobierno débil. Precisamente, el principal error que debe enmendar el tripartit es haber hecho una política continuista, en todos los aspectos fundamentales, a la practicada anteriormente por CiU.

Las elecciones catalanas han sido una seria advertencia para los dirigentes del PSOE. Un pacto con CiU hubiera podido llevar al PSC del batacazo al hundimiento, con consecuencias a nivel estatal. Esa perspectiva parece haber frenado los deseados planes de sociovergencia en Catalunya y en Madrid. Sin embargo, la reedición del tripartit, por sí mismo, no es suficiente.

Carod Rovira, en su comparecencia anunciando la reedición del tripartit, afirmaba: “Continuaremos defendiendo una política sincera de pactos nacionales, con temas esenciales que no son ni de derechas ni de izquierdas, sino de país”. No existen políticas que “no son de derechas ni de izquierdas”. O se está con los capitalistas o con la clase obrera. Es evidente que, aunque los trabajadores y jóvenes han vuelto a dar una mayoría de izquierdas para Catalunya, votar no basta, hay que organizarse y luchar. Se está demostrando de forma cada vez más clara que sólo una política marxista, una lucha consecuente por la transformación socialista de la sociedad, puede conjurar de forma efectiva la vuelta de la derecha y abrir una nueva etapa en la que se erradique de una vez y para siempre la explotación de la clase obrera y la opresión nacional, en Catalunya, en todo el Estado y en el mundo entero.