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Los resultados del referéndum sobre el Estatut celebrado en Catalunya el pasado 18 de junio y todos los hechos relacionados, como la ruptura del tripartit, la campaña que antecedió a la consulta y el anticipo de las elecciones autonómicas, aparte dep Los resultados del referéndum sobre el Estatut celebrado en Catalunya el pasado 18 de junio y todos los hechos relacionados, como la ruptura del tripartit, la campaña que antecedió a la consulta y el anticipo de las elecciones autonómicas, aparte de poner de relieve toda una serie de aspectos específicos de la situación política catalana, deben ayudar a detectar procesos que, más o menos visibles, subyacen también en el resto del Estado y a escala internacional.

En los últimos años la inestabilidad, la polarización política y la velocidad de los acontecimientos se han presentado en Catalunya de manera más acentuada, anticipando movimientos que luego se manifestarían de manera más general a escala estatal. Fue el caso, claramente, de la victoria de la izquierda en las autonómicas de noviembre de 2003. El fin de los 23 años de gobiernos conservadores de CiU anticipaba también el fin de la negra etapa de Aznar.

Durante un largo periodo la situación en Catalunya fue considerada por muchos políticos burgueses y socialdemócratas como un prototipo de estabilidad, consenso y cordura política a imitar. Sin embargo, el panorama cambió bruscamente: crisis de gobierno, sucesión frenética de alianzas y rupturas, crisis internas en todos los partidos, elecciones anticipadas, crispación, comportamientos individuales fuera de toda “lógica”… han ido marcando la pauta política de los últimos tres años.

Inestabilidad

La clave está en que la cuestión nacional a veces ralentiza y tamiza las tensiones sociales, pero en otras ocasiones las agudiza y acelera. Además, la cuestión nacional afecta de una manera muy especial a las capas intermedias de la sociedad, sectores que por naturaleza son políticamente más volátiles que otros. El cambio de comportamiento de esas capas, aunque no jueguen un papel político independiente, es un factor muy importante en el ambiente político y suele ser el anticipo de cambios más profundos y generales en la conciencia de la clase obrera.

En muchas ocasiones el nacionalismo de izquierdas actúa como el vehículo de expresión de un malestar social profundo, con una gran carga de crítica hacia el sistema capitalista. En el terreno electoral eso tuvo una expresión en el notable y repentino ascenso de ERC en las mencionadas autonómicas de 2003, a pesar de las limitaciones de su programa y de los constantes cambios de orientación de su discurso. Dicho ascenso, ponía de manifiesto la radicalización y el desplazamiento de una parte importante de la juventud y de las capas medias catalanas hacia la izquierda. Se puede decir que la cuestión nacional actuó como caja de resonancia, amplificando un cambio en la situación política que, también, tenía una correspondencia en el resto del Estado. De la misma manera, la inestabilidad política en Catalunya, expresa tendencias de fondo mucho más generales.

Entre los diferentes ingredientes que conformaron el ambiente político en el que se celebró el referéndum del Estatut destaca por encima de todo el tono beligerante y ofensivo del PP, lo que ha venido a confirmar que el recurso al españolismo más reaccionario sigue siendo uno de los ejes fundamentales de su política. También da la impresión de que el PP ha asumido que su irrelevancia política en Catalunya es una situación imposible de cambiar y por lo tanto su intervención en esa comunidad se hace pensando, fundamentalmente, en los réditos políticos que puede obtener fuera. Si siguen tensando la cuerda en esa dirección ultrarreaccionaria la derecha corre el riesgo de sufrir roturas. Aunque si echamos un vistazo al panorama de la derecha en Europa, vemos que desde el punto de vista de los intereses electorales del PP, un giro hacia la “moderación” también lleva riesgos implícitos de ruptura. Se podría desgajar una fracción clásicamente ultraderechista que ahora se siente muy cómoda en el PP. Es electoralmente minoritaria, claro, pero en una situación tan ajustada entre el voto de la izquierda y de la derecha, es una minoría importante para los intereses electorales del PP. Como en muchos otros aspectos de la situación política, hay una situación de equilibrio inestable en la derecha que puede dar un salto en distintas direcciones. La inestabilidad y la polarización política están íntimamente relacionadas.

Se acumulan

las contradicciones

En el campo de la izquierda, del reformismo sin reformas, las contradicciones que se acumulan son también claras. Los dirigentes del PSC e ICV han tratado de vincular el nuevo Estatut con la perspectiva de mejoras sustanciales en el terreno social. Pero el hecho es que este mensaje no ha calado, carecía de cualquier credibilidad. Ése es el segundo de los ingredientes del ambiente político al que hacíamos referencia: en tres años de gobierno tripartito no se ha percibido ningún cambio sustancial respecto a la política llevada a cabo por CiU durante más de dos décadas al frente de la Generalitat. En contraste con el nivel históricamente alto de participación en las autonómicas de 2003, este referéndum registró un nivel de abstención históricamente alto, particularmente acusada en los barrios obreros del cinturón rojo de Barcelona, donde el PSC obtiene la mayoría de sus votos. Esa abstención crónica en los barrios obreros, que por otro lado es característica de los barrios obreros de todo el Estado en el último periodo, expresa gráficamente las dificultades con las que se va a encontrar la socialdemocracia.

Ha ganado el sí fundamentalmente porque fue visto como la opción que más claramente fustigaba al PP, pero la dirección del PSC ha revelado su incapacidad de entusiasmar. El Estatut era su gran baza movilizadora, que además tenía la ventaja de desviar la atención de los problemas sociales que el tripartit debería afrontar. Pero ha cosechado una rotunda indeferencia. En época de crisis capitalista, de ataques continuos a las condiciones de vida de los trabajadores, de falta de perspectivas para la juventud, donde los derechos democráticos están cada vez más cercenados, los conejos que la socialdemocracia saca de la chistera para crear “ilusión social” causan ya muy poca impresión. El Estatut de 1979 fue identificado por los trabajadores y una parte muy amplia de las capas medias con la perspectiva de cambios profundos (a pesar de que tampoco sirvió para resolver los problemas de los trabajadores, ni la cuestión nacional), en un contexto en el que la autoridad política y moral de los dirigentes de los dos grandes partidos de la izquierda en Catalunya (el PSC y el PSUC) eran enormes. El Estatut de 2006 no estaba rodeado de nada de eso. Ni siquiera la expectativa generada en torno al llamado proceso de paz en Euskal Herria ha podido, en ese caso al menos, contrarrestar la tendencia a la abstención. El descarado boicot de los sectores más reaccionarios de la judicatura al llamado proceso de paz es la compensación que tiene el reformismo por la deferencia de haber pactado una transición a la “democracia” dejando intacto el aparato estatal franquista.

En los años ochenta la socialdemocracia también fue capaz de vincular Europa, con éxito, con la garantía de los derechos democráticos y el progreso social. Como reveló el referéndum de 2004, que se saldó con una abstención récord, Europa ya tiene mucho menos “gancho”. De alguna manera, el referéndum del Estatut confirma la crisis latente de la socialdemocracia, que en algunos países de nuestro entorno se ha expresado ya en enfrentamientos abiertos. Pero hay que recordar una cosa: la Europa que no tiene gancho no es Europa en abstracto, es la Europa de los capitalistas, igualmente la indiferencia hacia el Estatut no revela indiferencia hacia la política en general sino indiferencia hacia la política oficial burguesa, con su cretinismo arrogante, con su distanciamiento abismal de los problemas cotidianos que afectan a la mayoría de la gente.

Elecciones anticipadas

¿Qué ocurrirá en las próximas elecciones autonómicas catalanas y de qué manera afectará a la situación del resto del Estado? Es complicado pronosticar, pero queremos señalar algunos aspectos: en Catalunya no existe el peligro de que el PP acceda a la Generalitat y CiU, el partido que representa los intereses de la burguesía catalana, y el verdadero enemigo a batir, ha sido el aliado fundamental del PSC en la campaña por el sí. Históricamente, la polarización política en Catalunya se ha producido fundamentalmente entre CiU y el PSC. Pero ahora CiU se perfila claramente como el socio preferente del gobierno de Zapatero.

Al menos en determinados “ambientes” de la dirección socialdemócrata, una derrota del PSC en Catalunya no se ve con preocupación. Es muy probable que muchos alberguen ilusiones en reeditar el equilibrio del periodo Felipe González-Pujol, con CiU apoyando al gobierno central y gobernando en la Generalitat. Se podría dar una coyuntura en la que CiU, debido a la abstención obrera, recuperara su posición como partido más votado en Catalunya, pero en la que la izquierda tuviese posibilidad de reeditar el tripartit. ¿Qué hará el PSC-PSOE en este caso? ¿Un gobierno de unidad PSC-CiU en la Generalitat? ¿Dejar a CiU gobernar aún siendo posible un gobierno de la izquierda? Esas opciones ahondarían aún más en el escepticismo de una parte importante del electorado de la izquierda, algo que para un sector del PSOE e incluso del PSC puede ser preferible a la reedición de un tripartit con el elemento de inestabilidad extra que lleva implícito, tanto en Catalunya como en el resto del Estado, y que trastoque las nuevas alianzas que el PSOE quiere forjar para afrontar sin sorpresas sus planes de ajuste económico y social.

En ERC las tensiones son más evidentes. En una reciente reunión de su dirección optaron por volver a la ambigüedad en relación a los pactos futuros. No descarta pactos con CiU. Si optara por esa vía podría tener que pagar un precio bastante alto. Hay que recordar que el primer gobierno de la Generalitat cayó en manos de Pujol gracias a los votos de ERC en el Parlament, dejando la formación en un estado comatoso durante dos décadas. El éxito electoral de ERC tiene como base su imagen contestataria frente a la política oficial, pero esta imagen no tiene correspondencia con su programa. ERC no tiene una política revolucionaria. Es más, después del referéndum la dirección de ERC parece tener un especial interés en recalcar su moderación política. Tarde o temprano esa contradicción emergerá en forma de crisis y posibles recomposiciones en el campo del nacionalismo de izquierdas catalán.

Todos esos procesos revelan un fenómeno, insistimos, de carácter internacional. Sobre un fondo de insatisfacción social creciente se superpone una superestructura política completamente desconectada de las aspiraciones más profundas de la clase obrera y de la juventud, de la nacionalidad que sea. La superestructura política empieza a comportarse como una fina capa tectónica que empieza a resquebrajarse, con espasmos periódicos y virulentos, por la enorme masa incandescente acumulada por abajo. Detrás de los acelerados y caóticos acontecimientos políticos en Catalunya podemos ver de forma muy plástica la crisis del capitalismo y la crisis del reformismo (que es una sola cosa), un fenómeno que sólo se puede entender si adoptamos un punto de vista internacional.

Pero la tarea de los trabajadores y los jóvenes más conscientes no es contemplar, es cambiar la realidad. En el análisis de las perspectivas debemos encontrar los puntos de apoyo para la intervención, para la acción consciente, para la lucha revolucionaria por la transformación socialista de la sociedad.

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