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La explosión en Indonesia no surge de la nada. Ni siquiera es el resultado del reciente crash económico asiático, aunque sin duda éste actuó como un poderoso catalizador. Lo ocurrido es el resultado de contradicciones acumuladas durante décadas. Indonesia, como los demás tigres, fue puesto como un brillante ejemplo de lo que el capitalismo podía lograr en los antiguos países atrasados. En realidad, la gran afluencia de capital extranjero no solucionó ninguno de los problemas fundamentales de la sociedad indonesia; al contrario, los exacerbó. Pero lo que sí hizo fue fortalecer la clase obrera, la única fuerza capaz de ofrecer una salida al impasse y transformar de una manera progresista la sociedad.

Al igual que el resto de las burguesías de los países ex coloniales, la indonesia está corrompida hasta los tuétanos. Ha demostrado su total incapacidad para hacer avanzar la sociedad indonesia. Tras medio siglo de “independencia”, no ha resuelto ni uno solo de los problemas básicos: el agrario, el nacional, la modernización del país o la democracia. Ni siquiera ha logrado una auténtica independencia. La débil y degenerada burguesía indonesia, habiendo entrado demasiado tarde en escena como para jugar un papel progresista, sólo puede ser el chico de los recados del imperialismo. La evidencia más clara es el saqueo del país por la familia Suharto y sus compinches, que poseen y controlan una gran parte de la economía. A pesar de los enormes recursos naturales, el cuarto país más poblado del mundo ha sido reducido a una dependencia humillante de las limosnas del FMI. Éste es el resultado final de medio siglo de independencia burguesa de Indonesia.

La familia Suharto gobernó Indonesia durante 32 años como lo podría hacer una dinastía real o, para ser más correctos, como señores feudales ladrones. Poseen y saquean sin comedimiento la mejor parte de la economía y han dado un significado totalmente nuevo a la expresión ‘mantenerlo en la familia’. Se estima que Suharto y sus seis hijos tienen una fortuna neta de 40.000 millones de dólares, aproximadamente la mitad del PIB del país. Su influencia llega a cada rincón de la vida indonesia: petróleo, electricidad, coches, aviones, peajes y medios de comunicación. Igit Harkojudanto, el hijo mayor de Suharto, junto con Bambang Trihatmodjo, su hijo mediano, posee gran parte del sector petroquímico. Bambang controla el 25% del Banco Andrómeda, el grupo PT Bimanatara Citra, relacionado con la bolsa de Yakarta, y en su tiempo libre es el tesorero del Golkar, el partido del dictador. También posee acciones en el operador petrolero Osprey Maritime y es propietario del 75% de la planta petroquímica Chandra Asri. El notorio Hutomo (Tommy) Mandala Putra posee, junto con Siti Hutami, el Banco Utama, dirige el proyecto de coche nacional y PT Timor Putra Nasional. También posee y controla Humpuss Group, así como PT Humpuss Intermoda Transportasi. Las hijas tampoco salen mal paradas: Siti Hardijanti Rukmana (Tutut), la mayor, controla PT Citra Marga Nusaphala Persada operadora de petróleo, el Banco Ama y es vicepresidenta del partido Golkar y ministra de Bienestar Social. Posee también Citra Lamtoro Gung y el 30% de las acciones del Banco Central de Asia, junto con Sigit. Siti Hediati Harijadi Prabowo, la hija mediana, controla el 8% del banco Industri. Siti Hutami Endang Andyningsih, la más joven, es sólo copropietaria del Banco Utama, junto con Hutomo.

Es un ‘capitalismo de compinches’. Toda la enorme riqueza potencial del país es sistemáticamente saqueada por la camarilla de Suharto y el imperialismo. El descontento y la indignación afectan a todas las clases sociales, no sólo a trabajadores y campesinos, sino también a estudiantes y pequeña burguesía, creando una situación potencialmente explosiva. Durante algún tiempo esto fue enmascarado por el crecimiento económico, que ofrecía la perspectiva de un futuro mejor, pero la crisis en Asia barrió estos sueños de un plumazo. De la noche a la mañana, la economía indonesia entró en crisis, y la bancarrota de la economía rápidamente llevó a la del régimen.

Los acontecimientos indonesios deben ser puestos en el contexto de una crisis general de Asia, que ha golpeado duramente a Indonesia. La crisis asiática ha tenido un efecto devastador sobre el empleo, los salarios y las condiciones de vida. Muchos trabajadores, despedidos de sus empleos, están ahora enfrentándose con la subida salvaje de los precios. El portavoz de la Asociación Indonesia de Mujeres por la Justicia (APIK), Sriwiyanti, señalaba que los empresarios están utilizando la crisis económica para justiciar la actual oleada de despidos:

“No es que la crisis haya llevado a muchas empresas a la bancarrota, sino que muchas empresas que no se han visto afectadas están utilizado el tema para despedir a los trabajadores en nombre de la competitividad” (Jakarta Post, 5/5/98).

“La subida de precios siguió al despido de millones de trabajadores, que causó el colapso de la economía y la devaluación de la rupia. El malestar está creciendo por todo el país” (Sydney Morning Herald, 7/5/98).

El colapso de la rupia el pasado mes de julio hundió a Indonesia en la peor crisis económica desde la llegada de Suharto al poder a mediados de los años 60. La inflación y el desempleo se han disparado, la mayoría de las empresas están técnicamente en bancarrota y el comercio está en un paro virtual. La subida del precio de los carburantes era una parte del acuerdo con el FMI, que obviamente iba a causar una terrible privación en una nación con 17.500 islas extendidas en 5.000 km. a lo largo del Ecuador. El ingreso per cápita de los indonesios respecto al dólar USA cayó en más de un 60% durante los últimos seis meses. Cada vez es mayor el número de indonesios que no pueden acceder a las mercancías básicas. Los precios de los alimentos básicos y el queroseno (combustible utilizado para cocinar) han aumentado un 20%. Incluso el acaparamiento masivo ante la subida de precios ha hecho que escaseasen mercancías como el arroz, obligando al gobierno a importar 500.000 toneladas para satisfacer la demanda.

No son sólo las medidas del FMI las responsables de la explosión; más bien fueron la chispa que encendió la mecha. Como dijo Hegel, la necesidad se expresa a través del accidente: con o sin las medidas del FMI, se habría producido una explosión. El terreno se había estado preparando durante todo el período anterior, y el aumento de los precios del arroz, queroseno y otros productos básicos sólo fueron la gota que colmó el vaso. Cuando la rupia cayó a 10.000 por dólar, el FMI vio la oportunidad de arrancar más concesiones al gobierno de Suharto. Desesperado por recuperar la estabilidad de la moneda, Suharto aceptó todas las condiciones, incluso las más restrictivas. El nuevo acuerdo firmado por Suharto y el FMI el 15 de enero arrancaba concesiones en dos frentes. Primero, el régimen tenía que poner fin a los subsidios sobre la electricidad y el petróleo. El aumento de los precios energéticos mantendría alta la inflación durante un largo período. Las medias del aumento de los precios del petróleo y de la electricidad fueron del 47% y 60% respectivamnete. El FMI estimaba que la inflación alcanzaría una tasa del 20% anual, aunque en la práctica sería mayor. El peso caería sobre los sectores más pobres de la sociedad. Por ejemplo, la subida de los precios del petróleo afectaría a 50 millones de pobres en Java. Debido a la destrucción de sus bosques y las pérdidas ocasionadas por los incendios forestales, las masas dependen del queroseno tanto para cocinar como para hervir el agua que beben.

El 4 de mayo, el FMI ejerció más presión, y el gobierno indonesio anunció un aumento de los precios del transporte público. Sólo unas pocas horas más tarde se anunció la subida de los precios del combustible y la electricidad. La inflación ronda el 40% anual y los precios subieron un 4,7% en abril respecto al mes anterior. Algunos precios de combustibles subieron un 71%, afectando a autobuses, trenes y transporte en general, con un aumento medio del 65,61%. La subida más alta fue del 100,72%, en los trenes de clase económica, mientras la misma clase de los autobuses interurbanos aumentó un 50%. Los precios de los autobuses regulares y minibuses utilizados diariamente por la mayoría de la población subieron un 66,67% y 50% respectivamente __de 300 rupias (unos 4 centavos USA) a 500 para el autobús y de 400 a 600 para los minibuses__. Los precios de los trenes diésel subieron un 72,96%, y los de los barcos __muy importantes en un país donde hay un gran número de islas__, un 53,33%.

El ministro de Minas y Energía, Kuntoro Mangkusubroto reconoció que la subida de los precios sería algo duro para la población, pero dijo que esta decisión “era la mejor” de una lista de posibilidades “más duras y amargas”. Estas medidas “duras y amargas” tuvieron un resultado que ni el gobierno ni sus colaboradores extranjeros, ni los burgueses líderes de la oposición podían anticipar. Estalló una explosión repentina y espontánea, la violencia apareció tan pronto como se anunció el aumento de los precios del combustible y el transporte.

“Todo el mundo se queja de los precios, según Yayah Syamsiah, un vendedor de pasta en Yakarta que tiene seis hijos. ‘¿Quién nos escuchará?’, clama la gente normal” (Associated Press, 5/5/98).

Una vez comenzado, el movimiento rápidamente adquirió un carácter estatal. En el norte de Sumatra, en su capital __Medan__, los disturbios estallaron el lunes, y unas 170 tiendas fueron destruidas, saqueadas o quemadas, mientras 38 coches y 21 motocicletas fueron destruidas, según informaba la propia policía. La reacción del régimen fue recurrir a la fuerza.

La estupidez de los estrategas del capital y su completa indiferencia ante el sufrimiento de las masas se expresa de manera contundente en los comentarios hechos por el director del FMI, Michel Camdessus, en Melbourne (Australia), tras el comienzo de las revueltas. Camdessus expresó su “profunda preocupación” por el motín indonesio, pero con asombrosa autosatisfacción dijo que la causa real del disturbio no eran las subidas de precios, sino los profundos problemas de dirección económica. Lo más increíble aún es que insistió en que el 71% de aumento del precio del petróleo que llevó a la revuelta en la ciudad de Medan era una medida “imprescindible para el futuro económico del país” y urgió a Yakarta a ponerse a la cabeza y aplicar el duro programa económico respaldado por el FMI. Dijo que el aumento del precio del petróleo era parte del acuerdo del FMI con Indonesia y describió las políticas del FMI como una medicina que creaba más pena al principio, pero al final conseguiría una economía más equilibrada. “Lo deplorable de esto [las revueltas] es que cada vez que ocurre siempre debemos recordar que nuestros programas no son el origen de estos problemas” (Sydney Morning Herald, 6/5/98).