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“Aún no somos humanos”. Con esta afirmación tan tajante, y que puede parecer provocativa, inician el prólogo de este libro sus autores, Eudald Carbonell y Robert Sala, codirector e investigador respectivamente del Proyecto Atapuerca. “Aún no somos humanos”. Con esta afirmación tan tajante, y que puede parecer provocativa, inician el prólogo de este libro sus autores, Eudald Carbonell y Robert Sala, codirector e investigador respectivamente del Proyecto Atapuerca.

Como ellos dicen: “estamos orgullosos de los avances que nos han permitido ocupar el planeta, gestionarlo (bien o mal) y entender su funcionamiento y estamos a las puertas de salir fuera y habitar el orbe extraterrestre”. Pero a la vez hay voces que plantean que nos estamos deshumanizando, que los avances tecnológicos provocan daños a la ecología, a los otros seres vivos, a otras comunidades de nuestra especie (guerras, etc.).

Frente a los que plantean que hay que frenar el crecimiento técnico, los autores afirman que esto es imposible y perjudicial. “La tecnología no es un hecho cultural del que podamos prescindir, es una de nuestras adaptaciones principales, la más primitiva de las que nos convierten en humanos. Los sistemas técnicos son a los humanos lo que las garras y la carrera a los leones, una forma de adaptación biológica”. Por ello plantean que hay que analizar la evolución humana en el pasado: el nacimiento de la técnica y las otras adaptaciones biológicas, su influencia en el desarrollo humano y su interacción mutua.

En el libro pasan a analizar las distintas adquisiciones. La primera el bipedismo, andar sobre las extremidades inferiores y adaptar las caderas, columna vertebral y el cráneo a la nueva situación. Esto sucedió hace más de cuatro millones de años. Hasta hace dos millones y medio de años no se añadió un nuevo grupo de adaptaciones: los primeros instrumentos y el crecimiento del cráneo marcan el inicio del género Homo. Citando a Engels los autores señalan que “jamás un mono, por hábil que fuera, ha fabricado un cuchillo, por tosco que fuera”. Es decir asociamos la facultad de transformar el entorno sólo a los homínidos del género Homo.

El uso de instrumentos amplió la dieta de los homínidos, ya que pudieron cortar carne, hacer agujeros en el suelo para coger tubérculos, etc., por lo que los autores aseguran que la fabricación de herramientas es una adquisición biológica que hizo posible el desarrollo del cerebro, el descubrimiento y el control del fuego, el desarrollo del lenguaje en todos sus aspectos: oral, escrito, mediante signos, etc., el tratamiento de los muertos, la aparición del arte, todo ello hace unos trescientos mil años.

Todas estas ideas las van desarrollando a lo largo de varios capítulos en los que, partiendo del surgimiento del género Homo, van analizando la evolución humana y viendo “no sólo cómo se integra la tecnología en este contexto evolutivo, sino el resto de las adquisiciones que nos han permitido una mejora en nuestro desarrollo y adaptación al entorno”.

Socialización de la técnica

Planeta humano defiende una posición claramente materialista. Frente a los que plantean que hay que humanizar la tecnología, ellos replican que es imposible humanizar algo que es exclusivamente humano. Que aunque la técnica va contra el orden natural, “también van en contra la medicina, la fecundación in vitro ahora plenamente aceptada, la distribución de la riqueza, la falta de solidaridad con el tercer mundo, etc.” Conseguir la verdadera humanización del género Homo sólo será posible mediante la socialización de la técnica, lo que haría posible un crecimiento sin precedentes de las capacidades humanas.

El libro es muy ameno. Los autores no rehuyen el posicionarse claramente en las cuestiones polémicas: surgimiento de los homínidos, salida del continente africano, uso de instrumentos de madera, etc. Como dicen al final de la introducción: “Es posible que todo lo que vais a leer os llene de dudas pero, evidentemente, sin esta forma de reflexión no seremos capaces de encontrarnos a nosotros como especie inteligente. (...) Todo está en el pasado y el pasado es el dueño de lo que somos y lo que sabemos. El futuro sólo podrá ser diferente si, analizando todo aquello que hemos sido capaces de hacer, aprendemos a cambiar las cosas a mejor. Ahora la técnica puede proporcionarnos una ayuda inestimable, si la socializamos y la ponemos al servicio del nuevo humanismo: eso nos hará humanos objetivamente”.