Corriente Marxista Internacional

“En la lucha de Naval Gijón encontré una forma de hablar del trabajo con un respeto que yo nunca había escuchado antes, no de un puesto individual, sino del trabajo como un bien común, lo que es la conciencia de clase” “En la lucha de Naval Gijón encontré una forma de hablar del trabajo con un respeto que yo nunca había escuchado antes, no de un puesto individual, sino del trabajo como un bien común, lo que es la conciencia de clase”

Este entrevista se realizó en Gijón el pasado 21 de diciembre, tras el pase de la película que tuvo lugar en el Teatro Jovellanos, en un acto, podríamos decir, histórico para el movimiento obrero de la ciudad. Fue el reconocimiento a la lucha heroica de los trabajadores de Naval Gijón y especialmente a la Corriente Sindical de Izquierdas (CSI), por haberse mantenido firmes en la defensa de los puestos de trabajo en el año 2000, cuando la amenaza de despido de 90 eventuales señalaba el camino que hasta hoy ha marcado la realidad del astillero: reducción de puestos de trabajo, precarización laboral y un destino incierto sobre el futuro de la Naval.

EL Militante fue invitado por los compañeros de la CSI, a los que desde estas páginas les damos las gracias. También desde aquí felicitamos a Fernando León y a todos los que hicieron posible esta película por su éxito en los premios Goya, entregados justo al cierre de la edición de este número del periódico.

El Militante.— En los últimos meses hemos visto cómo se intentaba presentar a los parados como gente que se estaba aprovechando de las ayudas estatales, incluso culpándolos de la situación que viven, “el que no trabaja es porque no quiere”... Tu película, entre otras muchas cosas, tiene el mérito político de dejar claro quiénes son los responsables del desempleo.

Fernando León.— Sí, hay algo de eso que dices —siempre, supongo, pero quizá últimamente más—, por todo lo del Decretazo los parados están bajo sospecha permanente. Cualquiera en un bar está dispuesto a decir que si alguien no trabaja es porque no se lo curra demasiado o porque no le gusta. Es verdad que la película, desde una óptica muy sencilla —que es simplemente meterse en sus vidas y contar lo que pasa en sus casas, en sus habitaciones...—, acerca de alguna forma a la gente al otro lado. Sabiendo que es una ficción se acerca a cómo es la vida; a cómo encara cada uno de los personajes la situación, unos con más cinismo o con más rebeldía como Santa, pero otros con más angustia y con más miedo como Lino. La película intenta contar, desde un ángulo personal, desde los propios parados, cómo están viviendo esa situación; de alguna forma [la película] ya está aportando algo, tal vez desdiciendo un poco esa forma de verlo.

EM.— Hay diferentes opiniones acerca del optimismo o pesimismo que transmite la película. Nosotros creemos que tal vez reflejar una derrota sirva de toque de atención, de ejemplo e inspiración, para que otros que ven peligrar sus puestos de trabajo puedan pensar que, si las cosas se hacen de otro modo, es posible cambiar la realidad. ¿Qué era exactamente lo que tú querías transmitir?

FL.— Es verdad que hay gente que te dice que es más pesimista y otra que es más optimista, yo quiero sacar una lectura buena. Así como con Barrio tenía la sensación de que había un final muy duro, muy seco, sin esperanza, con Los lunes... trataba de hacer algo más combativo. Es verdad que durante el proceso siempre hay una dicotomía: contar lo que son las cosas o como te gustaría que fuesen. Al principio siempre quieres contar como te gustaría que fuesen las cosas, porque tienes la mala hostia y te indignas... Al final, el proceso es largo y terminas contando como son las cosas, que es otra forma de crítica. Yo creo que al final he tomado esta última opción, es verdad que así no es tan combativa, pero hay momentos de la película que sí lo son, que se reflejan en la actitud de Santa, que es la de no aceptar la derrota; hay otras como la de Lino, que es casi la contraria, la de aceptar las cosas y adaptarse para salir a flote, hay varias actitudes reflejadas.

A mi lo que me gusta pensar es que al final el discurso de la película es el discurso de Santa, que al principio es la unión de todos los discursos, pero que finalmente la película piensa como piensa Santa. Por ejemplo, al final Lino se levanta de una entrevista y se va como diciendo hoy no me dicen que no, hoy soy yo el que digo que no. Sólo eso, en la esfera de ese personaje, se ve un acto de rebeldía de la ostia. Me hace gracia porque el actor me decía “a partir de ahora soy como Santa”. Yo le decía no, esto te durará dos días, luego la realidad se impone, pero que una persona que es capaz de teñirse y ponerse la ropa de su hijo para ir a una entrevista de trabajo haga esto es, sin duda, una toma de postura aunque sea por un día. Además, lo que sucede con el personaje de Amador hace que se contagien de lo que Santa les va diciendo.

EM.— Hay un personaje ruso en la película que dice algo muy gráfico: “todo lo que nos habían dicho sobre el comunismo era mentira, pero todo lo que nos han dicho del capitalismo es verdad”. ¿Refleja esta idea que nos vende este sistema que no hay una alternativa pero muchos trabajadores piensan que lo que tenemos tampoco sirve? ¿Crees tú que hay alguna alternativa?

FL.— Una matización, dice: “lo peor no es eso (acerca de las mentiras sobre el comunismo) sino que todo lo que nos habían contado sobre el capitalismo era verdad”, hay una graduación, esto tiene un matiz diferente. Además es una frase real que se dice en Rusia, me lo contó un amigo que vive allí y lo quise meter porque estaba muy bien contado, refleja cómo finalmente el ciudadano es el que menos importa, cuenta el fallo de los dos sistemas, pero también el del capitalista que es del que nunca se cuenta.

No se cuál es la alternativa, yo cuando estuve aquí, con las movilizaciones de la Naval Gijón, aprendí cosas a nivel personal que no imaginaba que podían ser así. Parte de eso está en la película. Encontré una forma de hablar del trabajo con un respeto que yo nunca había escuchado antes, no de un puesto individual, sino del trabajo como un bien común, lo que es la conciencia de clase, que es algo que ya ni se menciona con esto de la muerte de las ideologías, de que ya no hay clases... Realmente parecen argumentos hechos para una utilidad inmediata.

Lo que yo vi en un informativo fue que echaban a 90 trabajadores y que los 200 o 300 restantes no aceptaban los despidos. No creí que eso podía pasar. En mi profesión cuando echan a uno, los demás agachan la cabeza para no ser el siguiente. El guión estaba a medio escribir y aquella información me impactó tanto que me quise venir para aquí con un compañero para vivirlo de cerca.

En las asambleas a las que asistí había formas de contar lo que yo pensaba, ya me gustaría a mi que hubiera alguien, a mi el primero, que hablara así de nuestro oficio, con tanto respeto. Daba mucha envidia, me volví a Madrid pensando “yo de mayor quiero ser como esta gente”, ya se que es imposible, pero me parece admirable.

Hay muchas cosas de las asambleas que están en la película, como cuando Santa habla del trabajo de toda una zona, de lo colectivo, de que si se cierra el astillero es una forma de riqueza que si se pierde se va a perder para las generaciones que vengan detrás, es el trabajo de sus hijos. Esto ha sido un gran aprendizaje para mí y todo esto es lo que me hace pensar que con estas actitudes tiene que haber alternativa, tiene que existir algún tipo de respuesta, no me gustaría ser más pesimista que ellos, si ellos no lo son yo no tengo derecho a serlo.

EM.— Tenemos en cartelera pocas películas que hablen de una realidad social, y mucho menos de la clase obrera, tal vez algo de cine inglés y muy poco en nuestro país. ¿Por qué crees que se hace tan poco de este cine social?

FL.— Supongo que porque hay muchos prejuicios: “que este tipo de historias no le interesan a la gente”. Es muy común la idea de que la gente no va al cine a ver problemas. En cierto modo a nosotros nos pasó, cuando acabamos la película nos preguntábamos: ¿con cuantas copias salimos? ¿La va a ir a ver la gente? La verdad es que hasta a mí me ha sorprendido la cantidad de gente que ha ido a verla, pero nunca sabes, son prejuicios. Cuando una industria no es muy fuerte como es el caso de nuestro país, que se hacen al año 80 películas y se estrenan 40, hay mucho miedo y supongo que la gente tiene miedo a producir una película que no funcione y por prejuicios se cree que estas películas no van a funcionar como los géneros comedia...; que luego no tiene porqué, hay a veces una cierta autocensura de los autores por miedo a que no te la produzcan.

EM.— Nos imaginamos que has decidido hacer esta proyección como una forma de reconocimiento a los compañeros de la CSI por aquella lucha y a muchas de esas ideas que ellos defienden.

FL.— Claro, más allá de las frases concretas, que las hay, hay una cierta ética que salió de aquí y que está en la película, alguna pequeña trama que son ideas que te surgen a partir de cosas que escuchas, como todo lo que tiene que ver con la farola y el juicio. La relación que se creó fue muy buena y a mi me apetecía mucho devolverles la historia. La historia sale de muchos sitios, no sólo de aquí, hay cosas que vienen de Francia, de Vigo. Pero yo creo que hay un pilar importante en Gijón y venir a proyectarla era devolverles un poco la historia y agradecérselo. En la cabecera de la película las imágenes reales son ellos. Por todo eso había que venir aquí a enseñarla, con cierto valor, debo decir, porque enséñasela a ellos es lo que más miedo da, un jurado de un festival a fin de cuentas te hace una crítica general, pero aquí son ellos la fuente de inspiración y es muy importante que la gente que te ha contado su historia se vea reflejada.


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