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En estos tiempos de decadencia en que la mayoría de los hijos de la burguesía tiene como modelo las andanzas erótico-alcohólicas de Paris Hilton, es sin duda llamativo que Sofia Coppola, hija del establishment de Hollywood, decida poner su indudable capacidad técnica al servicio de una sensibilidad tan puramente burguesa que nos muestra la esencia destilada del pensamiento de la clase dominante.
En primer lugar, el hecho de que aborde con evidente simpatía la figura de la representante de una clase a punto de ser derrocada no es casual. Instintivamente se identifica con ella y trata de justificarla (y justificarse) a lo largo de toda la película.
La adolescente María Antonieta, hija del emperador de Austria, al casarse con el futuro Luis XVI entra en el frío y distante mundo de la Corte francesa donde, para sobrevivir, nuestra "pobre niña rica" se dedicará a todo tipo de fiestas y diversiones. De hecho, ya es llamativo que los puntos fuertes con que se promocionó la película en la prensa fueran las ropas, zapatos y decorados lujosos que aparecían.
El problema es que quienes en su época hacían todo ello posible, artesanos, pasteleros, mayordomos..., no aparezcan en la película sino en forma de sirvientes que nunca hablan o como una muchedumbre enardecida y sin rostro que grita bajo el balcón del palacio. Para la directora, poco importa lo que tuvieran que decir.
Es enternecedora, y seguro que conmoverá a muchos ecologistas, la escena en que cuida de sus cabras en la granja que se hizo construir en Versalles... seguro que ella misma limpiaba el establo.
El espectador sale del cine sin tener la menor idea de por qué cortaron la cabeza a nuestra simpática amiga, simple muchachita con ganas de divertirse.
El problema suele surgir en estos casos cuando quienes están pagando la fiesta sin poder entrar y viviendo entre la miseria y el hambre se cansan y deciden que ya está bien. Es lo que conocemos por revolución, y cuando se produce, la juventud dorada de la clase dominante, tan apolítica y siempre con ganas de diversión, no duda en tomar partido contra quienes quieren poner fin a su juerga permanente. Es lo que le pasó a María Antonieta, cuya correspondencia confiscada por los revolucionarios demostró su participación en numerosos complots (incluyendo la invasión de Francia por los ejércitos de su hermano) con el objetivo de "ahogar la revolución en sangre" y que costaron miles de vidas. Es también lo que les ocurrió a los señoritos españoles que entraron en la Falange en 1936, a los "sifrinos" que forman las bandas contrarrevolucionarias en Venezuela o la Unión Juvenil Cruceña en Bolivia en sus cazas de activistas... Pierden totalmente esas formas dulces y educadas que aún mantiene Sofia Coppola.