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Anotemos algunas cualidades del libro de José Ramón Garmabella, periodista mejicano, titulado "El grito de Trotsky" y publicado por la editorial Random House Mondadori, S.A. (Barcelona, mayo de 2007). La tesis principal del autor es que en el fondo Stalin y Trotsky eran la misma cosa, dos dictadores, ya que "si la historia, a partir de la muerte de Lenin, en 1924, hubiera sido distinta con Trotsky en el poder y Stalin en el destierro, el desenlace de todos modos habría sido idéntico y Stalin el sacrificado bajo el cargo de conspirar desde el exterior contra el estado soviético.  

Anotemos algunas cualidades del libro de José Ramón Garmabella, periodista mejicano, titulado "El grito de Trotsky" y publicado por la editorial Random House Mondadori, S.A. (Barcelona, mayo de 2007).

La tesis principal del autor es que en el fondo Stalin y Trotsky eran la misma cosa, dos dictadores, ya que "si la historia, a partir de la muerte de Lenin, en 1924, hubiera sido distinta con Trotsky en el poder y Stalin en el destierro, el desenlace de todos modos habría sido idéntico y Stalin el sacrificado bajo el cargo de conspirar desde el exterior contra el estado soviético. Tal como era la acusación contra Trotsky desde 1929. No cabían juntos en el mundo" (páginas 110 y 111). Tesis que por si no ha quedado clara repite más adelante: "si ciertamente Stalin encabezó uno de los regímenes más totalitarios y crueles de la historia, tampoco el destino de la Unión Soviética hubiera variado gran cosa de haber estado Trotsky en el poder" (pp. 127 y 128).

El autor del texto deja a un lado hechos históricos hoy perfectamente conocidos como que Trotsky, a pesar del poder que le daba el ser creador y jefe máximo del victorioso Ejército Rojo, no quiso dar un golpe de Estado contra Stalin y sus afines porque lo que Trosky buscaba era recuperar la democracia soviética de 1917 y no instalar al ejército en la dirección del Estado. Además de este hecho hoy bien sabido, tampoco el autor dice nada de los diferentes programas políticos de Stalin y Trotsky: el Estado autoritario de Stalin para preservar los privilegios de la casta burocrática y la recuperación de la democracia soviética de Trotsky para construir el socialismo. El "socialismo en un solo país" de Stalin  para hacer un Estado autárquico, cerrado sobre si mismo y desatendiendo los intereses de la clase trabajadora mundial y la "revolución permanente" de Trotsky para extender la revolución socialista a nivel planetario.

Estas obviedades  las sabe hoy en día cualquier lector avezado y si el autor no las menciona no será porque las desconozca sino porque las oculta. ¿Con qué objeto? Para equiparar, para meter en el mismo saco, a Stalin y a Trotsky. ¿Por qué? Porque así puede justificar el crimen de Trotsky. Justificación del crimen que realza diciendo, ya al principio de la obra, que el asesino, Ramón Mercader, era "un idealista y luchador irreconciliable contra el nazi-fascismo en España" (p.9). En fin, no sólo el autor olvida el papel contrarrevolucionario que jugó el PCE y el PSUC, al que Mercader pertenecía, en la revolución española sino también se olvida que Stalin, el que había acusado a Trotsky y a todos los bolcheviques-leninistas de agentes de Hitler, firmó con el líder nazi un pacto archiconocido.

Todos estos "olvidos" se dan en el autor para que el lector piense, bueno, al fin que más da que mataran a Trotsky si total era otro Stalin. Por si el lector no lo captara bien, el autor ya le había dicho en la página 57 que "el totalitarismo estalinista no era, al fin y al cabo, sino similar al que Lenin y el propio Trotsky habían  impuesto casi inmediatamente después de 1917. José Stalin, en razón de ser el producto más acabado de la nueva generación creada por la revolución rusa, era en verdad el heredero natural de los dos". ¿A qué viene esta sesuda reflexión? Si Lenin, Trotsky y Stalin eran unos vulgares dictadores  la revolución rusa fue una tragedia, no se debió dar y, por supuesto, no se debe repetir.

No sólo Lenin y Trotsky son equiparados a Stalin sino que otros personajes menores son también totalmente deformados. Mientras al fiscal Vishinski, el cínico, el mentiroso consciente, que tenía la desvergüenza de inventar falsedades para mandar a la cárcel y al paredón a los compañeros de Lenin y, aún por encima, insultarles y calumniarles en la propia cara, se le trata simplemente de "hombre desagradable" y con "voz chillona" (p.61), a Beria, el sicario, responsable directo de asesinatos y horrores sin cuento, se le califica de "el director más controvertido que jamás tuvo la NKVD" (p.104).  Así, Vishinski era un "desagradable" y Beria un "controvertido". Todo un ejercicio de reflexión.

Mientras diluye el ruin proceder de Vishinski y Beria, carga las tintas contra Silvia Agelov. En vez de mostrar lo obvio, que Silvia fue doblemente engañada, por una supuesta amiga (Ruby Weil) y por un supuesto enamorado (Ramón Mercader), el autor arremete contra ella con saña. A pesar de señalar que esta mujer es una persona culta la destaca en el texto por su papanatismo y fealdad. El autor no puede aguantar más su inquina y revienta en la página 149, poniendo en boca de Mercader, sin entrecomillar como cita, el siguiente comentario: "Sylvia Ageloff, además de sus muy escasos encantos físicos, era celosa en extremo y sus escenas histéricas, aparte de frecuentes, resultaban perfectamente insoportables. La mujer, para colmo, tenía una voz chillona que hacía crisparle los nervios a cualquiera". A la victima de un engaño monstruoso se la convierte en un bufón, con el parabién del autor.

Por el nivel reflexivo que muestra el autor, no podían faltar las referencias al ego y ansia de poder de Trotski. Veamos una muestra de sibilina mala leche, ya que aparenta poner lo dicho en boca de Stalin: "Stalin no ignoraba que su acérrimo enemigo, además de ambicioso, era un nostálgico del poder al que no le importaría unirse con quien fuera con tal de derrocarlo y quedar como jefe máximo" (p.109). A esto se le llama tirar la piedra y guardar la mano. Por supuesto, el proceder de Trotsky se basaba en "su soberbia" (p.34), en su "arrogancia" (p.132) y en su "sectarismo" (p.9) ya que era, entre otras cosas, un "sumo pontífice" (p.138). Mensaje: matar a un tipo así no es ningún crimen execrable, sobretodo si su asesino fue un "idealista" (p.9)

Como uno de los muchos despropósitos de elemental cultura historiográfica podemos poner aquel pasaje en que el autor nos viene a decir que Trotsky era un desconocido para las masas y Stalin, en cambio,  su intérprete. Véase esta perla: "mientras él (Trotsky) pertenecía a la élite del poder y su figura resultaba hasta lejana para las masas, Stalin era el producto más acabado de la nueva clase revolucionaria y por lo tanto contaba con el respaldo de esas mismas masas" (p.34).

Ahora bien, la guinda reflexiva sería el capítulo titulado "Cóctel explosivo" (pp.211-212) que recurriendo, una vez más, a la argucia de hacer como si quien hablase fuera otro, Ramón Mercader, y no el propio autor, pone en marcha su talento literario para justificar, en lo histórico y personal, ya de una vez por todas, el asesinato de Trotski: "Cuando Ramón Mercader se dirigía a Coyoacán por última vez, pensó, debió haber pensado, que con la muerte de Trotsky quedaban cumplidas todas las sentencias dictadas durante los procesos de Moscú por la voz chillona y desagradable del fiscal Andrei Vishinski, cuya finalidad bien puede interpretarse como una razón de Estado para fortalecer a la Unión Soviética en días cuando se veía inevitable el enfrentamiento a muerte y definitivo contra el nazismo, además del desmedido apetito de poder de Stalin. Los procesos, por otra parte, habían significado igualmente el ajuste de cuentas para todos los ideólogos de la Revolución de Octubre bajo el nombre de supuestas o reales alianzas entre el nazismo y el trotskismo" (p.211) (...), "para Mercader, en tanto militar y militante, debió constituir un privilegio y hasta un honor cumplir aquella misión histórica que él interpretaría hasta su muerte como un servicio valioso en extremo para la causa de la Revolución" (p.212). Esto en lo histórico, "ya en lo personal, y acorde a su manera particular de ver las cosas, Trotsky era responsable indirecto de la muerte de su hermano Pau, aplastado por un tanque italiano a las afueras de Madrid; la deportación a un campo de concentración de Jorge y Montserrat, los otros hermanos, y aun del exilio en la Unión Soviética de Luis, hermano por el lado materno, y sobre todo de Magdalena Imbert, aquella obrera textil catalana" (p.212), mujer de la que al parecer Mercader había estado enamorado. Así, "la ejecución de Trotsky bajo esa perspectiva, no sólo fue para Ramón Mercader la manera de contribuir a cimentar la Revolución quitando de en medio a su enemigo principal, sino remediar en lo posible la situación familiar y afectiva. Fue así como el joven militante del Partido Socialista Unificado de Cataluña, culto y talvez algo exaltado (...), se convirtió en el ejecutor de León Trotsky" (p.213).

El autor no califica a Ramón Mercader de asesino de Trotsky sino de "agresor" (pp.221...), "atacante" (p.232), "victimario" (pp.219...), "homicida" (p.284) o "ejecutor" (pp.263...). En coherencia, en el texto no se habla de asesinato sino de "homicidio" (p.119) o de "eliminación" (p.290). Así, Ramón Mercader fue "el hombre que mató a Trotsky" (pp.259...), no el que lo asesinó. Lo más que se puede encontrar es que "Jacques Mornard había asesinado a León Trotsky" (p.261). Así, Ramón Mercader fue el "autor del delito" (p.327) no del crimen. Ante esto, supongo que el "asesino" del subtítulo fue imposición comercial.

Ya en la recta final del libro el autor vuelve a afirmar algo que sabe perfectamente que es una falsedad, que Mercader fuera un "trotskista desilusionado" (p.329).

En vano se buscará en el libro un apartado bibliográfico, porque no existe. Las citas no remiten a ningún texto, excepto la ocasional y vaporosa referencia a alguna revista, memorias o obra  que ya se encargará el lector de encontrar.

Con este libro lo lógico sería poner  el "grito" en el cielo. Baste con decir que escribir mentiras a sabiendas, decir medias verdades, ocultar hasta lo obvio, es propio de mezquinos.

Madrid, 16, junio, 2007