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Salvador es un universitario en el convulso periodo del final de la dictadura franquista. Entre huelgas obreras y manifestaciones estudiantiles, Salvador opta por tomar partido y junto a unos amigos se une a una organización anarquista (Movimiento Ib Salvador es un universitario en el convulso periodo del final de la dictadura franquista. Entre huelgas obreras y manifestaciones estudiantiles, Salvador opta por tomar partido y junto a unos amigos se une a una organización anarquista (Movimiento Ibérico de Liberación). Sus acciones tendrán por objetivo atracar bancos para dar dinero a los trabajadores en lucha. Con el tiempo el grupo entra en una dinámica que le aislará más y más del movimiento obrero y quedará cada vez más cercado por la policía. El protagonista acabará por sufrir una emboscada en la que muere un policía en circunstancias poco claras. A partir de aquí su vida transcurre en prisión, acusado de la muerte del agente, a la espera de una sentencia que puede ser pena de muerte. Después del atentado contra Carrero Blanco el régimen se decide y lo utiliza de cabeza de turco condenándole a la pena máxima.

Salvador, pendiente hasta el último momento de una posible absolución por clemencia, vive sus últimas horas con la familia. La petición de clemencia no tiene respuesta y el protagonista es asesinado con garrote vil por un verdugo que le mata con la mayor frialdad. Escena brutal, como todo el podrido aparato estatal fascista que observa como es asesinado, filmada al detalle, y vivo reflejo, en sonido e imagen, de la España negra (esa en la que se caga Pepe Rubianes con razón).

Curiosamente toda esa cochambre tenebrosa dos años después se había convertido en demócratas de toda la vida (Puig-Antich fue asesinado en 1974). O eso es lo que se nos quiere hacer creer hasta hoy con el pacto de silencio firmado en la “transición”. Aun hoy ese oscuro velo acobarda a no pocos intelectuales y dirigentes de la izquierda que no quieren “reabrir heridas”.

La película aporta pues un valiente y digno granito de arena a la memoria histórica justo ahora cuando se aprueba una descafeinadísima ley sobre el tema. Mariano Rajoy no duda en decir sobre la ley que “a la gente no le interesa la guerra civil, ni Franco, ni nada de eso”. Es evidente que él si está interesado en que no se conozca el pasado de la derecha de este país que no ha podido escribir, nunca, ni un solo párrafo de su historia sin verter ríos de sangre.

Puig-Antich fue el último asesinado ofialmente por el franquismo mediante garrote vil. Pero no fue el último en morir por la represión franquista. Decenas de obreros y jóvenes dejaron en esa década también su piel asesinados por el aparato estatal y por las bandas fascistas que actuaban impunemente. Se echa de menos en la película el que no refleje más que superficialmente la situación social del momento y que no profundice en la motivación política de Salvador.

Hay que ver la película y reivindicar a Salvador por su honradez y coraje, valores que la derecha siempre ha tratado con paternal desdén. Y lo ha hecho precisamente porque teme que quien los tenga, tarde o temprano, seguirá el camino de la lucha por una sociedad más justa.