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La victoria electoral de Cristina Kirchner en las elecciones presidenciales de octubre parece haber borrado de un plumazo de la situación política nacional el cuadro de tremenda inestabilidad que acosó al gobierno de Néstor Kirchner a lo largo del último año. Mucho más lejanos parecen los días míticos de diciembre del 2001, cuando la ola de indignación popular hizo saltar hasta 4 presidentes del sillón de la Casa Rosada en el plazo de 10 días.

La victoria electoral de Cristina Kirchner en las elecciones presidenciales de octubre parece haber borrado de un plumazo de la situación política nacional el cuadro de tremenda inestabilidad que acosó al gobierno de Néstor Kirchner a lo largo del último año. Mucho más lejanos parecen los días míticos de diciembre del 2001, cuando la ola de indignación popular hizo saltar hasta 4 presidentes del sillón de la Casa Rosada en el plazo de 10 días.

Un ambiente revolucionario

El Argentinazo fue el movimiento político de masas más profundo y radical desde los años 70. Pese a lo que afirman los filisteos conservadores dentro del campo popular, el Argentinazo fue un movimiento con un elevado nivel de conciencia política que, de manera intuitiva, puso en cuestión la podrida "democracia parlamentaria" burguesa y las bases del sistema económico capitalista.

Todo el andamiaje "democrático" construido durante décadas sobre la base del engaño, el fraude y la corrupción saltó por los aires con las masas en la calle. Los políticos burgueses profesionales más conocidos, ya fueran peronistas o radicales, los altos miembros de la Magistratura, y los oficiales de mayor rango del Ejército y la policía tuvieron que esconderse durante semanas en sus quintas y "countries" para escapar de la furia popular. El "Que se vayan todos" quedará eternamente grabado como un estigma vergonzante sobre la frente de todos estos políticos y funcionarios venales y ladrones, que todavía hoy pululan por los pasillos y alfombras del Congreso, del Palacio de Justicia, del Círculo Militar, y de la Casa Rosada.

La población en las ciudades, aunque no sólo, improvisaron organismos embrionarios de poder popular, como fueron las Asambleas Populares, que reunían a miles de vecinos para discutir sus problemas cotidianos y el futuro del país. Hasta el archirreaccionario diario La Nación se vio obligado en aquellos días a compararlas con los "siniestros soviets de la Revolución Rusa".

Los grandes centros del poder económico fueron cuestionados por las masas, incluyendo sectores importantes de las clases medias, que habían sido reducidas a la ruina por la confiscación de sus ahorros por los bancos. Amplios sectores de las masas asumieron como la cosa más natural del mundo consignas democráticas muy avanzadas, e incluso socialistas, tales como la nacionalización de la banca, la reestatización de las empresas privatizadas bajo control obrero, o el no pago de la deuda externa.

Faltó un partido revolucionario de masas

Lamentablemente, la falta de una herramienta política de la clase obrera con influencia de masas que mostrara una salida socialista a la parálisis de la sociedad, impidió el aprovechamiento del ambiente revolucionario de aquellos días y permitió a la burguesía argentina, a través del gobierno de Duhalde, recomponer precariamente su dominio sobre la sociedad.

Los dirigentes, de la CGT y la CTA pusieron todo de su parte para asegurar la "gobernabilidad" del país, y no movieron un dedo para levantar un solo reclamo popular; particularmente cuando la economía se desplomó en enero del 2002 provocando la depresión económica más profunda de la historia argentina.

La izquierda creció gracias a su participación activa en el movimiento piquetero y la juventud, pero sus dirigentes no pudieron superar sus vicios sectarios y divisionistas, y ésta quedó aislada de las amplias masas populares que estaban comenzando a cuestionarse la viabilidad del sistema capitalista.

Un papel particularmente nefasto lo jugó Luis Zamora, el único diputado que pudo caminar libremente por la calle en aquellas semanas y meses, y que durante un tiempo se convirtió en el político más popular del país por su denuncia de la corrupción del sistema. Zamora frustró las ilusiones de cientos de miles de trabajadores, jóvenes y sectores de clase media al borrarse de los acontecimientos cuando Duhalde anunció elecciones presidenciales meses más tarde. Se negó a poner en pie una herramienta política a favor de los explotados y terminó diluyéndose del escenario político sin despedirse.

En aquellos momentos la burguesía argentina estaba tan desesperada que tuvo que recurrir a un político relativamente desconocido de la Patagonia, como Néstor Kirchner, para auparlo a la presidencia de la Nación. Los rescoldos del Argentinazo estaban bien calientes aun a mediados del 2003, y Kirchner se vio obligado a imprimir la política más izquierdista que ningún político burgués había implementado jamás en 20 años de democracia burguesa.

El "éxito" del kirchnerismo

La economía argentina se vio favorecida por un crecimiento importante de la economía mundial, por el aumento de las exportaciones gracias a la devaluación del peso, y por la superexplotación de los trabajadores, que habían sido abandonados por sus dirigentes en las empresas y sindicatos. Como contrapeso, Kirchner impuso una cierta disciplina a la clase dominante, aumentando los ingresos estatales por impuestos y otorgando concesiones a los trabajadores y jubilados.

Es verdad que 5 años de crecimiento económico ininterrumpido permitieron a la burguesía y al gobierno amortiguar temporalmente las contradicciones sociales del país. Pero la otra cara de la situación ha sido el fortalecimiento numérico y psicológico de la clase obrera, que está emergiendo con fuerza, recuperándose de las heridas y derrotas del pasado, con una nueva camada de luchadores que está haciéndose oír en las luchas y las empresas.

Pese al tiempo transcurrido desde el "Argentinazo", la burguesía argentina ha sido incapaz de solucionar los problemas fundamentales de la sociedad. El rechazo a las políticas del 90 y la desconfianza ante lo que aguarda el futuro siguen presentes en la conciencia de las masas.

Y no obstante, en el último año y medio, los acontecimientos habidos han mostrado la inestabilidad subyacente que sacude al país en sus bases fundamentales.

La imparable suba de precios y los cortes energéticos profundizaron el malestar social; en los servicios públicos, el estado calamitoso del transporte metropolitano de la Capital derivó en motines populares como el de la Estación de Constitución en Buenos Aires, en el mes de mayo. Los cortes de ruta en Gualeguaychú, con la participación de decenas de miles de vecinos, en protesta por la instalación de las papeleras, mantienen su impacto social y la simpatía general.

La exacerbación de los casos de violencia y represión, a diferentes niveles, actuaron como una descarga eléctrica en toda la sociedad y mostraron el rechazo instintivo de los trabajadores a la violencia del sistema y los abusos del poder, como en el caso del asesinato del docente Carlos Fuentealba en Neuquén, que propició el primer paro general desde el Argentinazo y un repudio generalizado en la población. Un impacto similar lo tuvieron las luchas docentes de Santa Cruz, donde la arrogancia y prepotencia de Kirchner y sus funcionarios generaron la protesta de masas más grande en la historia de la provincia patagónica.

La conspiración contrarrevolucionaria del aparato del Estado alcanzó su cota más elevada en 20 años con los secuestros de López y Gerez por las bandas fascistas que anidan en su seno. La incapacidad e impotencia del gobierno para responder a esta arremetida criminal fueron notorias, y continúan hasta la fecha.

En todos estos acontecimientos el gobierno demostró una incapacidad manifiesta ofreciendo una imagen de vacilación y debilidad ante los hechos que lo acosaban.

La etapa que abrió el "Argentinazo" no se cerró

De todo lo anterior se derivan conclusiones importantes que debemos señalar. En primer lugar, que la sociedad no ha podido encontrar su punto de equilibrio a 6 años de transcurrido el Argentinazo. La etapa de inestabilidad abierta por el Argentinazo no ha sido cerrada sino que continúa desarrollándose a otro nivel, contenida temporalmente por el efecto amortiguador que sobre las contradicciones sociales ejerce el auge económico y la ausencia de una alternativa revolucionaria de masas que señale a la clase trabajadora sus tareas históricas (la revolución socialista y la toma del poder) y acelere el proceso de toma de conciencia política que demandan esas tareas.

La decadencia senil que aqueja al capitalismo argentino lo incapacita para solucionar los problemas que aquejan a la sociedad.

El capitalismo argentino no puede garantizar un empleo estable y digno a los trabajadores, no puede asegurar una alimentación decente y abundante por la suba de precios y el faltante de productos de consumo básico, no puede ofrecer un sistema de salud adecuadamente dotado, carece de suficientes recursos para modernizar las infraestructuras básicas de transporte, vivienda, rutas y suministro energético debido al acaparamiento del excedente que deja el trabajo de la sociedad en una minoría de empresarios y banqueros parásitos, nacionales y extranjeros.

Como en una cadena de volcanes en actividad, las explosiones y estallidos sociales aquí y allá, en toda la geografía nacional, van a estar presentes en los próximos años, preparando explosiones más profundas acompasadas por los cambios en el ciclo económico, la lucha de clases y los acontecimientos internacionales.

Es verdad que sectores importantes de la vanguardia revolucionaria siguen mostrando una gran confusión política y un horizonte limitado, obstaculizando el avance hacia esta perspectiva. Pero no son un reflejo de la clase obrera. Ésta no ha dicho la última palabra. Realmente, sólo ha empezado a estirar sus músculos. Cuando pase a la acción de manera masiva, provocará un cambio cualitativo en el ambiente social y en su disposición para resolver las tareas que el Argentinazo dejó inconclusas.